Mundo ficciónIniciar sesión“Cásate conmigo, Daniela, y haré que el mundo caiga a tus pies,” su voz baja y controlada—del tipo que hacía vibrar su interior con recuerdos y un deseo que se negaba a admitir. “Todo lo que quieras será tuyo… incluida la venganza.” ༺✦༻ Dos días antes de su boda, Daniela Torres descubre a su prometido en la cama con su hermana en el apartamento que compartían. Traicionada y con el corazón hecho añicos, se refugia en lo único que le ofrece consuelo: el alcohol. Pero pronto descubre que la combinación de desamor, alcohol y una decisión imprudente la lleva a un encuentro ardiente de una sola noche con un extraño peligrosamente atractivo. Lo que parecía un error se convierte rápidamente en algo más profundo cuando él aparece en su oficina como su… nuevo jefe millonario. Y cuando le ofrece un contrato matrimonial que promete más de lo que podría imaginar—venganza, poder y el mundo entero—Daniela comprende que no solo está firmando un acuerdo. Está firmando su corazón… y tal vez su inocencia. ~Advertencia de contenido: Este libro contiene material destinado a un público adulto, incluyendo lenguaje fuerte, escenas sexuales explícitas y temas emocionales. Se recomienda discreción del lector.
Leer másNarra David De María Ramírez
Iba en mi auto a toda velocidad, por las avenidas casi desiertas de la ciudad. La mayoría de la gente debía estar dormida y trasnochada, desvelada y demás por la noche del año nuevo. En mi caso, estaba todo lo demás, sumándole un inmenso dolor, que se sentía como millones de cuchillos apuñalándome, mientras recorría las calles cómo un loco a toda velocidad, recordaba esos besos y esas caricias de ella, de Alondra, de mi consentida y uno de esos recuerdos, más la desvelada y la cruda me hicieron cerrar los ojos y en una fracción de segundo sentí como impacté con algo que voló por los aires y cayó desplomado en el pavimento a unos metros de mí.
Por unos momentos, perdí el control de mi auto y como pude, me orillé sobre la avenida, para darme cuenta de una dolorosa verdad, había atropellado a alguien que yacía inmóvil en medio de la avenida y no quise, ni acercarme al lugar, justo en ese momento entró a mi móvil, la llamada de mi madre, ella seguramente me estaba buscando, pues me salí de casa sin avisar a nadie. Tomé la llamada, sintiendo que el móvil temblaba en mi mano.
–Madre, sabía que eras tú, escucha, me he metido en un buen lío – Le informé asustado – Necesito ayuda.
Por mi imprudencia, esa persona podía estar muerta o muy malherida, todo por solo estar concentrado en mi dolor, he causado un daño a alguien que no lo merecía, eso no podía ser, estaba temblando de pies a cabeza y la voz de mi madre era lo único que me podía calmar.
–David, no sales de un problema cuando ya estás metido en otro, hijo – Me regañó – Ahora, ¿Qué has hecho? Y ¿Dónde estás?
No sabía cómo decirle a mi madre, lo que acababa de hacer, pues esto no era cualquier lío y más me valía decírselo, yo no iba a huir y si me llevaban preso, bien merecido me lo tenía, la persona que atropellé no tenía para nada la culpa, de todo lo que yo estaba cargando en mi mente, de todo el dolor que estaba habitando dentro de mí, por haber perdido a la mujer y al amor de mi vida, muy a mi pesar, debía enfrentar mis actos y hablarle a mi madre con la verdad.
–Madre, he atropellado a una persona – Dije con un nudo en la garganta – Lo peor, es que no sé, si esté viva o muerta.
Un silencio incómodo se manifestó en la línea. Mi madre es la mujer, más buena del mundo, y rogaba a Dios, que no le fuera a pasar algo a ella, producto de la estupidez que le acababa de confesar, que cometí. Ella no me decía nada y yo, temblando, le mandé mi ubicación, para que acudiera en mi búsqueda, no sabía en qué momento, es que iba a llegar la policía.
–David, es que no debiste salirte así de la casa – Al fin dijo algo mi madre – No puede ser, lo que he escuchado. Al menos espero, que hayas llamado ya a los servicios de emergencia.
No lo había pensado antes, pero lo haría en cuanto terminara de hablar con ella, debían venir los del servicio médico, la persona debía ser atendida, cuanto antes, si estaba todavía viva, la podían salvar, estaba tan nervioso que eso, se me había pasado por completo.
–Enseguida lo haré madre, estoy muy nervioso – Confesé – Por favor, te pido que me ayudes, ven por favor, que tengo mucho miedo de ir a la cárcel. Te he enviado ya, mi ubicación.
Mi madre, debía estar aquí conmigo, ella sabría qué hacer, porque estaba tan nervioso, ella me sabía calmar, me urgía que ya estuviera en camino y que llegara antes de que llegara la ambulancia, había sido un estúpido, no pensé que al cerrar los ojos, nada más unos segundos, iba a atropellar a alguien.
–Está bien hijo, ahora mismo salgo para allá – Dijo mi madre – Por favor, cálmate y llama a emergencias. Ahorita nos vemos.
Eso era lo que iba a hacer, para que la persona se pudiera salvar, esto no me lo voy a perdonar nunca, no había sido mi intensión, causar un accidente de esta magnitud, no quería llevar esa culpa en mi conciencia, jamás había cometido un descuido como este.
–Gracias madre.
Corté la llamada con mi madre y de inmediato, hice lo que debí hacer desde hace unos momentos, llamar a los servicios de emergencia, que no tardaron nada en tomar mi llamada y entonces, les confesé lo ocurrido. No me atrevía ni a acercarme a la persona tendida en la avenida. Solo rogaba porque no pasara otro auto y rematara el daño ya ocasionado por mí. Subí a mi auto y lloré amargamente abrazando al volante, pensando muchas cosas, entre ellas que, si yo había privado de la vida a esta persona, era algo que no podría perdonarme.
No sé cuánto tiempo tardé en ese lugar conmiserándome de mí mismo cuando vi llegar a la ambulancia y detrás de ella, a los pocos minutos, llegó mi madre y se colocó a un costado de la avenida, delante de mi auto. Ella se bajó de su auto y yo bajé del mío y nos abrazamos ahí mismo, ella era la mujer más importante de mi vida, siempre podía contar con su ayuda, en las circunstancias que me encontrara, ella es, la mejor madre del mundo.
–David, hijo – Mi madre, lloraba conmigo – Dios mío, pero ¿Qué has hecho?
Mi madre miraba hacia la dirección, donde se encontraba esta persona tendida en el pavimento, yo no me había percatado si se había movido o no, pues no me quise acercar al lugar en todo este tiempo.
–No sé, madre – Nos separamos del abrazo – Tengo mucho miedo, que esa persona esté muerta.
Sería la equivocación más grande de mi vida, no iba a poder vivir con eso, era una culpa que estaría conmigo durante toda mi existencia, el haberle quitado la vida a una persona, por una imprudencia tan garrafal como la que había ocasionado.
–Bien, vamos a averiguarlo – Dijo mi madre convencida – Tenemos que ir a ver, lo que ha pasado.
Estaba demasiado consiente, de que el accidentado, podía ya estar muerto, porque no se le había prestado la ayuda de inmediato y yo no sabía qué hacer, estaba más temeroso de causarle un daño más si lo movía, por eso no me había acercado, era un cobarde.
–Tengo miedo, que sea demasiado tarde.
Mi madre me tomó del brazo y caminamos los pocos metros que nos separaban de la ambulancia, mientras que observábamos entre más nos acercábamos a dónde estaban atendiendo a la persona, que se trataba de un adulto mayor y que le estaban dando ahí mismo, en el suelo, los primeros auxilios. Vimos después como lo colocaban en la camilla y uno de los paramédicos, se acercó a nosotros.
El trayecto de regreso a casa transcurrió en casi absoluto silencio.A mitad del camino, la cabeza de Sebastián se inclinó lentamente hacia adelante antes de que Daniela lo acomodara con suavidad contra su pecho. En cuestión de minutos, su respiración se volvió uniforme, sus pequeños dedos aferrándose débilmente a la tela de su blusa mientras el sueño lo reclamaba por completo.Daniela no habló. Alejandro tampoco.Cuando finalmente entraron en el camino de entrada, Daniela bajó primero del coche, entrando en la casa mientras Alejandro la seguía detrás.Paloma ya estaba esperando en el pasillo.“Está cansado después de un día largo,” dijo Daniela en voz baja, pasando a Sebastián a sus brazos. “Por favor, acuéstalo.”Paloma asintió con comprensión y lo llevó escaleras arriba, cuidando de no despertarlo.Daniela observó hasta que desaparecieron de su vista. Solo entonces exhaló.Cuando se giró, Alejandro estaba de pie a poca distancia.Sus miradas se encontraron.Ella sostuvo la suya un
El llanto no se detuvo de inmediato.Se prolongó otros quince minutos, el pequeño cuerpo de Santonio temblando mientras se disculpaba una y otra vez, las palabras saliendo en respiraciones desiguales. Sebastián permaneció rígido al principio, claramente poco acostumbrado a que alguien más que ella o Alejandro se aferrara a él. Sus manos quedaron suspendidas torpemente a los costados antes de que finalmente comenzara a darle palmadas en la espalda con un ritmo vacilante e incierto.Daniela casi intervino.Casi.Quería apartar a Sebastián, protegerlo, suavizar la incomodidad. Pero resistió el impulso. Momentos como este, a pesar del caos que los había provocado, importaban. Eran crudos, incómodos y reales. Y los momentos reales eran cómo los niños aprendían.Desde el otro lado de la habitación, lo sintió antes de verlo.La mirada de Alejandro.Cuando levantó la vista, él le dio un leve asentimiento. Pequeño. Casi imperceptible. Aprobación sin dramatismo.Sostuvo su mirada un segundo más
Por un momento, el silencio espesa el aire dentro de la oficina.La confusión parpadea en el rostro del director mientras su mirada pasa de Sebastián, a Daniela y finalmente a Alejandro. En la silla, la compostura de Alejandro se quiebra apenas un poco. La comisura de sus labios se eleva antes de girar la cabeza, ocultando la sonrisa que amenaza con aparecer.“¿La madre de Sebastián?” repite el director, con incertidumbre en su tono.Alejandro no dice nada.Simplemente mira al hombre—tranquilo, indescifrable, esa clase de mirada que no necesita decir absolutamente nada. ¿No era obvio?La comprensión llega y la reacción es inmediata.El director se pone de pie tan abruptamente que su silla raspa contra el suelo. “Señora… ¡señora Montemayor, bienvenida!” saluda, inclinando la cabeza con un entusiasmo repentino.Los dos profesores sentados frente a Alejandro lo imitan rápidamente, poniéndose de pie y haciendo una reverencia también. “Bienvenida, señora.”El cambio en su actitud toma a Da
Daniela llegó a la escuela de Sebastián en menos de los veinte minutos que había prometido. El taxi apenas se había detenido por completo cuando pagó al conductor, bajó y se apresuró hacia la entrada, sus tacones resonando con firmeza contra el pavimento.Las clases aún estaban en curso. Risas y murmullos se filtraban débilmente por los pasillos, casilleros cerrándose, sillas arrastrándose sobre el suelo de baldosas. En circunstancias normales, podría haberlo encontrado animado. Hoy, solo intensificaba la urgencia en su pecho.Entró completamente en el pasillo, mirando a izquierda y derecha.“¿Disculpe, señora?”Se giró para ver a un profesor sosteniendo una pila de libros contra su pecho, las gafas deslizándose ligeramente por su nariz mientras la observaba. “¿Está buscando a alguien?” preguntó con cortesía.“Sí,” respondió Daniela de inmediato. “Sebastián Montemayor.”Las cejas del profesor se alzaron con sorpresa. Luego su expresión se tornó más cautelosa. “¿Y usted es?”“Su madre,
Por un segundo, Daniela se queda atónita ante las palabras de Adriel.La sorpresa se refleja claramente en su rostro y, tomada desprevenida, da instintivamente un paso atrás. El movimiento es sutil, casi inconsciente, pero Adriel lo nota. Al segundo siguiente, su mano se adelanta y envuelve su muñeca, deteniendo su retirada antes de que realmente comience.“¿Por qué de repente estás huyendo?” pregunta, con una voz baja y suave que se siente demasiado controlada. “¿No querías respuestas?”Daniela se libera de inmediato, la irritación brillando en su rostro. “¿Te escuchas a ti mismo?” casi sisea, la ira elevándose antes de obligarse a controlarla.Hace una pausa, inhala lentamente y se recompone mientras Adriel la observa con esa expresión indescifrable suya.“Estoy casada con tu hermano,” dice tras un latido, levantando ligeramente la mano para que el anillo capte la luz.La mirada de Adriel baja hacia él. Lo estudia un segundo más de lo necesario antes de volver a alzar los ojos hacia
Daniela no sabía qué pensar.El nombre en el expediente estaba ahí, en tinta negra, firme e innegable, y aun así su mente se negaba a aceptarlo por completo.Eleanor Fernandez.La mujer a la que se había acercado durante los últimos cinco años. La mujer a la que había llegado a considerar como una abuela. La mujer cuyas facturas del hospital ahora estaba pagando sin dudar, la que le había ofrecido consuelo silencioso en pasillos estériles de hospital a las dos de la madrugada, la que le había apretado la mano y le había dicho que era más fuerte de lo que creía.Esa Eleanor era su familia.Eso… eso debería haber sido imposible, y sin embargo, no lo era.Sus dedos temblaron ligeramente mientras pasaba la siguiente página, obligándose a respirar con calma mientras la señora Teresa se acercaba, su tono tranquilo pero deliberado.“Cuando comencé a hacer preguntas,” explicó Teresa, “resultó que hace veintiséis años, dos meses después de que nacieras, la señora Fernandez estuvo involucrada e





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