Los días seguían cayendo como hojas secas al suelo, silenciosos e irreversibles.
Ángel mantenía un perfil bajo, no por cobardía ni miedo al conflicto —eso nunca había sido parte de su esencia—, sino porque comprendía que un enfrentamiento en desventaja no era una batalla digna, sino una trampa disfrazada de valentía.
Sabía que había pasos que no podía dar sin que le costaran más de lo que estaba dispuesto a perder. No se engañaba: estaba en jaque y aunque no lo admitiera en