Álvaro Duarte
Erik dormía sobre mis piernas, con su pequeño cuerpo respirando pausado, con la cabeza ladeada y los labios entreabiertos. Tenía seis meses y ya apretaba mi dedo índice como si se aferrara al mundo entero con esa manita diminuta. Y en cierta forma, lo hacía.
Levanté la vista hacia el retrovisor. Pedro me miró desde el asiento del conductor.
—¿Crees que está bien lo que voy a hacer? —pregunté, sin fingir la duda en mi voz.
Pedro desvió la mirada hacia el edificio frente a nosotros.