137. El Veneno de la Duda
El viaje de regreso a la cabaña fue un descenso al infierno del silencio. Florencio conducía con una furia fría y contenida, sus nudillos blancos sobre el volante, la mandíbula tan apretada que parecía a punto de romperse. No era la rabia caliente de un guerrero, sino la humillación helada de un rey que ha sido despojado de su corona en público. Había sido un idiota. Un principiante. Su obsesión por Selene, su miedo a la foto de Platina, lo habían convertido en una marioneta en manos de Blandin