Mundo ficciónIniciar sesiónDurante siglos, el Alfa Eterno fue una leyenda, un ser inmortal destinado a cambiar el destino de su especie. Pero cuando los humanos lo capturaron y lo encerraron en el laboratorio Delta-7, esa leyenda se convirtió en un experimento. Torturado, estudiado y reducido a una sombra de lo que fue, solo un instinto lo mantenía en pie: la certeza de que su compañera destinada estaba en algún lugar del mundo. Cuando la encontró, no fue en el mundo salvaje, sino entre los humanos. Somali Haudenschild era una científica del laboratorio, ignorante de su verdadera naturaleza. Pero él lo supo en cuanto la vio. Supo que debía reclamarla, protegerla. Y entonces, la perdió. Antes de que pudiera acercarse a ella, Somali fue secuestrada. Un clan enemigo la arrancó de su vida y la llevó al mundo de los lobos, donde la manipularon, la torturaron y la convirtieron en su prisionera. Le hicieron creer que su destino estaba en sus manos. Pero cuando el Lobo Eterno finalmente la encontró, descubrió que el daño ya estaba hecho. Somali no confiaba en él. No confiaba en nadie. Solo tenía un objetivo: venganza. Contra los que la traicionaron, contra los que la rompieron. Y aunque su vínculo con el Lobo Eterno era innegable, el abismo entre ellos crecía. Ahora, él deberá enfrentar la batalla más difícil de todas: no solo reclamar a su compañera, sino también salvarla de sí misma… antes de que sea demasiado tarde.
Leer másEl bosque de Varhallow amanecía cubierto por un velo de neblina suave, los árboles se mecían con ligereza, murmurando entre sus ramas como testigos antiguos del momento que se avecinaba. Somali llevaba varios días sintiendo cambios en su cuerpo. La vida que crecía dentro de ella había estado avisando con pequeños empujes, con una calma distinta a la de su primer embarazo. No hubo episodios alarmantes, ni signos de agotamiento, ni conexiones peligrosas entre su poder y el bebé. Esta vez, todo había sido humano, orgánicamente natural. Ella misma sentía que su cuerpo había sido bendecido por una tregua, como si su esencia hubiera aprendido, en esta segunda gestación, a dejar de luchar contra sí misma.Ese día, al despertar, lo supo. No porque el dolor la invadiera de forma brusca, como cuando trajo al mundo a Iván, sino porque su cuerpo parecía haberse preparado con suavidad. Era un aviso paciente, como si su vientre le hablara y le dijera “es hoy, ya es hora”.Dorian se encontraba en e
La tarde comenzaba a enfriar con la brisa del bosque que se colaba entre los árboles, arrastrando hojas secas que bailaban sobre la hierba. El cielo, cubierto de tonos cálidos y naranjas, se iba tiñendo de lavanda.En ese momento, Iván regresaba corriendo entre los arbustos, todavía con el cuerpo vibrando de emoción tras el entrenamiento que había tenido con Dorian. Llevaba el cabello rubio alborotado, la frente sudada, y una chispa de energía viva en sus ojos.Somali lo observaba desde el umbral de la casa, con las manos cruzadas sobre su vientre. Aún no se lo había dicho a Iván, y aunque quería esperar un poco más, Dorian la había animado a compartir la noticia con él. Su hijo era inteligente, observador, y tenía derecho a saberlo. Era parte de la familia, después de todo, y nada les emocionaba más que imaginar su reacción.Cuando Iván la vio, sonrió con toda la fuerza de su alegría. Corrió hasta ella sin detenerse, abrazándola con la misma ternura con la que siempre lo hacía, como
La noticia había sido inesperada. Somali lo había dicho con ternura y nerviosismo, esperando quizá ver en Dorian el mismo fulgor que brillaba en sus propios ojos. Pero no fue así.Dorian guardó silencio.Ella lo observó con atención. Conocía cada una de sus expresiones, cada pliegue de su rostro, y algo en su mirada la dejó inquieta.—No te ves feliz —le había dicho.Dorian se puso de pie, sin saber muy bien qué hacer con su cuerpo. Caminó un par de pasos por la habitación, pasando una mano por su nuca, manteniendo los hombros rígidos. Finalmente, se detuvo frente a una de las ventanas que daban al bosque, pero no miraba el paisaje. Sus ojos estaban lejos, atrapados en recuerdos que aún no podía soltar.—No es eso —manifestó—. No quiero que pienses que no quiero tener hijos contigo. Nada me haría más feliz que verte rodeada de ellos… escuchar sus risas, verlos correr a tu alrededor. Me encanta esa idea. Me emociona imaginar un futuro así, lleno de vida, de pequeñas almas con tu luz.H
El sol se filtraba a través de las copas de los árboles, arrojando destellos dorados sobre el suelo del bosque. Las sombras se estiraban con la brisa, y el aire olía a tierra húmeda y a hojas vivas. Dos figuras lobunas surcaban el bosque con fuerza y gracia: Dorian, con su pelaje dorado como la luz del sol, y su hijo Iván, del mismo color.Corrían uno al lado del otro, saltando sobre troncos caídos, esquivando ramas con la agilidad que solo los de su especie poseían. Iván tenía quince años y había demostrado ser rápido, atento y determinado. Su respiración era rápida pero constante, y sus patas apenas tocaban el suelo antes de impulsarse hacia el siguiente salto.—¡Allí!—gruñó Dorian telepáticamente, como lo hacían en su forma lobuna. Iván siguió la dirección indicada y se lanzó hacia una liebre que corría a toda velocidad. En un instante la alcanzó, y sin dañarla demasiado, la atrapó entre sus colmillos. Luego la dejó caer suavemente sobre la tierra.Dorian se transformó primero, con





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