Mundo de ficçãoIniciar sessãoQuinn Anderson, la chica de la que más se ha hablado en los últimos meses, está de vuelta en el instituto. Tras un año lejos y un verano al lado de su novio Adam, regresa a un mundo que no perdona: los pasillos no olvidan y su reputación la precede. Perdida y señalada, debe dar la cara ante quienes asegura haber lastimado —o ante quienes dicen que lo hizo— y soportar el rechazo de quienes fueron sus amigos. Quinn se propone resistir cada mirada y cada insulto con un único objetivo: mantener su fachada de indiferencia hasta la graduación; pero, cuando el peligro deja de ser rumor y aparece alguien que no la odia, con un pasado que no cuenta y conductas difíciles de explicar, dispuesto a derrumbarlo todo con tal de mantenerla a salvo, su plan empieza a tambalear. Y cuando los horrores que él arrastra amenazan con hundirlo, Quinn tendrá que decidir si alejarse… o quedarse y enfrentar lo que se viene.
Ler maisEmpujé la llave; giró sin resistencia y la puerta cedió. Cerré despacio. El pasillo olía a cena recalentada. Luz blanca en el comedor. Mamá junto a la mesa, brazos cruzados, mandíbula clavada. Ben en el marco del pasillo, ceño fruncido, hombros tensos.El estómago me dio un giro. El alcohol seguía en mi sangre; la lengua, pastosa; la cabeza, embotada. Respiré por la nariz para ordenar lo que pudiera. No quería exhibirme. No quería dar explicaciones. Quería una ducha, una cama y silencio. Y, sobre todo, quería dejar de sentir que cada paso mío se juzgaba con un checklist.—Llegas tarde —dijo mamá, sin rodeos—. Apagaste el teléfono. No contestaste un solo mensaje.—Ya estoy aquí —respondí. Dejé la mochila contra la pared y me quedé de pie.—No vamos a fingir que no pasó nada —subió el tono, lo justo—. Hoy debías ir con el consejero, avisar si ibas a salir y regresar temprano. Rompiste todo lo que acordamos esta mañana.Noté el ardor en la nuca, como si me hubieran frotado con papel áspe
Adam manejó con una mano en el volante y la otra jugando con un encendedor. No habló mucho. Yo tampoco. Llevaba el teléfono apagado en el bolsillo interno de la chaqueta. No quería llamadas, no quería notificaciones, no quería pensar.—¿A lo de Rew? —preguntó, sin mirarme.—Sí. -- respondí de inmediato.A cualquier lugar lejos de aquí.Asintió y subió la música. Miré las calles, las veredas, los autos, la gente que caminaba. Cualquier cosa para evitar pensar en lo que había sucedido hoy. Para no pensar en nadie, ni en Denny, ni en Holly, ni en Milo. Ni tampoco en Jamie. Sobre todo en Jamie.La casa de Rew estaba con la puerta abierta. Dentro olía a cigarrillo y limpiador. Rew peleaba con un cable que no quería desenrollarse; Leena golpeaba un platillo con el palo, casi aburrida; Gabriel tocaba algunas notas del bajo. Había más gente que otras veces: dos amigos de Rew en la cocina con una bolsa de hielo, una chica sentada en el respaldo del sillón con las piernas cruzadas y un vecino q
El resto de la mañana fue un bloque largo. En unas clases estaba Hollie, en otras Milo, en dos Denny. No pasó nada que contara como diálogo. Miradas, sí. Hollie me sostuvo los ojos una vez y los apartó de inmediato. Denny no buscó contacto: copiaba, entregaba, se iba. Yo me senté atrás siempre que pude y traté de concentrarme en nada más que mi cuaderno. No hablé con nadie. Milo en cambio, parecía verdaderamente afectado de verme, el odio en sus ojos no me pasó inadvertido en ningún momento.Acababa de salir de la última clase, pero no podía irme aún, debía ir a hablar con el consejero escolar como se lo había prometido a mamá. Faltaban diez minutos. Fui al baño primero.Me apresure a entrar a uno de los cubículos. Lo cerré. Allí, por primera vez en el día pude respirar sabiendo que nadie me estaba viendo, que allí no podían juzgarme.Levanté la vista.Las paredes estaban rayadas de arriba abajo. Insultos con marcador, con tinta de pluma. “PERRA”, “PUTA”, “LÁRGATE”, “NO TE QUEREMOS”.
La siguiente clase pasó sin más. Otro profesor, otro programa. Me senté atrás, escribí lo mínimo, entregué y salí en cuanto sonó el timbre. Nadie me habló directamente. Era la hora del almuerzo. Me quedé un segundo en el pasillo, con la billetera en la mano. Podía cruzar a la tienda de la esquina y comer allá, sola. Tenía el dinero que me dejó Ben. Fácil. Respiré. No. Si me escondía hoy, debía hacerlo siempre. Guardé la billetera y caminé a la cafetería.Abrí la puerta. Ruido de bandejas, vasos, sillas. Me puse al final de la fila, intentando no bajar la mirada. Dos chicos a mi derecha me miraron sin disimulo.—Mírala —dijo uno.—Zorra —soltó el otro.Me giré para mirarlo. No recordaba haberlo visto nunca.—¿Algo más? —pregunté, plano. – ¿Ese es tu gran insulto?Bajaron la vista. Avancé un paso. Otro más.Entonces, inevitablemente los vi. Mesa larga contra la pared, la de siempre.Denny Coleman ya estaba allí con la espalda recta, pelo oscuro corto, limpio. Camiseta azul, el teléfono
Último capítulo