Mundo ficciónIniciar sesiónIsabella Carrington lo tenía todo: el apellido más influyente de Olimpia, la presidencia de AEGIS Corporation. Pero detrás de sus ojos color café y ámbar, se escondía un secreto oscuro de una noche de excesos a los dieciocho años; un secreto que su ambicioso tío, Ebenices, está dispuesto a usar para encadenarla a un matrimonio sin amor con el arrogante Tristán. Sin embargo, el destino tiene otros planes. Un incendio devastador en los almacenes de la empresa no solo consume millones en mercancía, sino que borra la existencia de la "Reina de Olimpia". Declarada muerta ante el mundo y traicionada por su propia sangre, se ve obligada a huir con nada más que una mochila ahora es solo una voluntaria más en el remoto pueblo costero de Thalassa. Entre el olor a salitre y el estruendo de las sirenas, se estrella de frente con su mayor desafío: Gabriel Calvelli, el capitán de la Estación de Bomberos 314. es un hombre forjado en hierro, frío como el hielo y con un pasado que lo dejó jurando que ninguna mujer volvería a entrar en su vida... ni en su cama. Para él, Isabella es solo una niña caprichosa que no aguantará ni un día bajo su mando. Entre rescates al límite, la convivencia forzada y la mirada vigilante de un pueblo que no perdona errores, surge una tensión que amenaza con quemarlo todo. Isabella busca redención; Gabriel busca olvidar. Pero cuando las llamas del deseo superan a las del incendio, ambos descubrirán que el secreto más peligroso no es el que Isabella oculta... sino el fuego que arde cuando sus cuerpos se encuentran en la oscuridad. ¿Podrá la heredera caída seducir al hombre que juró no volver a amar? ¿O las cenizas de su pasado terminarán por consumirlos a ambos?
Leer másEl aire en el último piso de la Torre AEGIS siempre se sentía más frío de lo normal, o quizá era simplemente la presencia de Ebenices Carrington lo que congelaba el ambiente.
Isabella se encontraba de pie tras su escritorio de mármol negro, alisando su falda con dedos que amenazaban con temblar.
A sus veintiséis años, baja de estatura pero de presencia imponente, con su cabello negro ondulado cayendo sobre sus hombros y sus ojos color café con destellos ámbar fijos en el hombre que se sentaba frente a ella como si fuera el dueño del mundo.
—No voy a hacerlo, tío. No voy a casarme con Tristán —la voz de Isabella sonó firme, aunque por dentro su corazón martilleaba contra sus costillas.
Ebenices soltó una carcajada seca, un sonido carente de humor que erizó los vellos de la nuca de la joven CEO. Se levantó con parsimonia, rodeando el escritorio hasta quedar a escasos centímetros de ella.
—Mírate, Isabella. Tan parecida a tu padre, pero con esa terquedad que te va a hundir —Ebenices se inclinó, su aliento oliendo a café rancio—. Tristán es la clave para que la fusión con el grupo de su padre sea total. Necesitas ese apellido para blindar AEGIS.
—Lo que necesito es que dejes de tratarme como una moneda de cambio —espetó ella, irguiendo su pequeña figura—. Soy la CEO. He mantenido esta empresa a flote desde que mis padres murieron. No necesito a un heredero mimado como Tristán a mi lado para dirigir este imperio.
Ebenices sonrió de una forma que hizo que el estómago de Isabella se revolviera. Era la sonrisa de un depredador que ya tiene a su presa en el rincón.
—¿Ah, sí? ¿Y qué crees que dirán los accionistas cuando se enteren de que su "niña prodigio" tiene las manos manchadas de sangre?
Isabella palideció. El color abandonó su rostro de porcelana en un segundo.
—No te atreverías —susurró ella, su voz apenas un hilo.
—Oh, querida, me atrevería a mucho más por el control de esta empresa. Dieciocho años, borracha tras una fiesta de la universidad, el coche deportivo que papá te regaló... y un cuerpo dejado a un lado de la carretera. Un accidente que compramos para que desapareciera, pero las pruebas siguen en mi caja fuerte. Imagina los titulares: "La Reina de Olimpia es una asesina".
Isabella sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El recuerdo de aquella noche, la lluvia, el impacto y el terror regresaron como una bofetada. Sin embargo, algo en su interior se rompió. Estaba cansada de huir de sus fantasmas.
—Hazlo —dijo ella, clavando sus ojos ámbar en los de él—. Cuéntalo todo. Prefiero ir a la cárcel y ver cómo te hundes conmigo por encubrimiento que pasar un solo día de mi vida casada con ese hombre por tu culpa. ¡Lárgate de mi oficina!
Ebenices la miró con furia pura, sus facciones desencajadas por la sorpresa. No esperaba que ella lo desafiara de esa manera. Sin mediar palabra, salió de la oficina dando un portazo que hizo vibrar los cristales.
Isabella se dejó caer en su silla, respirando con dificultad. Necesitaba aire. Necesitaba trabajar. Se obligó a concentrarse en la agenda del día: una inspección en el almacén central de la planta baja antes de la reunión de socios. Se retocó el labial, se puso sus tacones y bajó, tratando de recuperar la compostura.
Al llegar al almacén, el ambiente estaba cargado. Allí se encontró con Alma, una pasante que siempre parecía estar en todas partes. Isabella recordaba haber escuchado que la chica se había unido como voluntaria a los bomberos en sus ratos libres.
—Señorita Carrington, los inventarios del sector B están listos —dijo Alma, ajustándose el chaleco reflectante.
Isabella la miró de arriba abajo con cierta altivez, escondiendo su propia vulnerabilidad tras una máscara de frialdad.
—He oído que pierdes el tiempo jugando a ser bombero, Alma. Me parece una estupidez arriesgar la vida por extraños cuando podrías estar haciendo carrera en administración —comentó Isabella con tono cortante.
Alma no bajó la mirada, simplemente sonrió con una calma que irritó a la CEO.
—Ayudar a otros nunca es una estupidez, señorita. A veces, es lo único que nos hace humanos.
Isabella iba a responder con una réplica mordaz cuando un olor extraño la detuvo. No era el olor habitual de las cajas y el polvillo. Era algo acre, químico.
—¿Hueles eso? —preguntó Isabella, frunciendo el ceño.
Alma olfateó el aire y sus ojos se abrieron con pánico.
—¡Humo! ¡Viene de la sección de químicos!
Antes de que pudieran reaccionar, una explosión sorda sacudió el edificio. Una ola de calor las golpeó, y en cuestión de segundos, las estanterías cargadas de materiales altamente inflamables se convirtieron en muros de fuego. El sistema de aspersores falló, soltando apenas un chorro patético de agua antes de detenerse.
—¡Tenemos que salir, ahora! —gritó Alma, agarrando el brazo de Isabella.
—¡Mi oficina! ¡Los documentos! —Isabella estaba en shock, viendo cómo el imperio de su padre se consumía.
—¡Olvide los documentos, Isabella! ¡Corra!
Ambas empezaron a correr por los pasillos que se volvían laberintos de sombras y llamas. El humo negro se filtraba en sus pulmones, quemando cada bocanada de aire. Isabella tropezó con una caja, cayendo de rodillas. Al levantarse, sintió un peso ausente en su cuello. Su mano fue instintivamente a su pecho.
—¡No! ¡Mi collar! —gritó con desesperación. Era la única joya de su madre que conservaba, un relicario de oro que nunca se quitaba.
—¡Isabella, muévase! —Alma intentaba arrastrarla hacia una de las salidas de emergencia laterales.
—¡Se me cayó! ¡Tengo que volver! Está ahí mismo, lo vi caer junto a la estantería del pasillo cuatro.
—¡Está loca! El techo está cediendo —Alma la miró a los ojos, viendo el dolor puro en la mirada de la CEO—. Quédese aquí, junto a esa puerta pequeña de metal. ¡No se mueva! Yo iré por él, conozco la estructura mejor que usted por mis prácticas.
—¡No, Alma!
Pero la pasante ya se había adentrado de nuevo en la cortina de humo.
Gabriel se alejó hacia su oficina con un paso decidido, dejando a Bella sola con una manguera, varios cubos de agua jabonosa y una escalera.Dos horas después, Bella era un desastre. El agua con jabón se había filtrado por su camiseta blanca, que ahora se pegaba a su cuerpo como una segunda piel, resaltando su figura de una manera que ella intentaba ignorar. El suelo del hangar estaba cubierto de espuma resbaladiza.—Vaya, vaya… parece que la Reina de Olimpia ha sido derrotada por una manguera —la voz de Lucas resonó en el hangar. El teniente estaba recostado contra una columna, sosteniendo una taza de café y aguantando la risa.—No me hables, Lucas —respondió Bella, subida en el tercer peldaño de la escalera para alcanzar la parte superior del camión—. Tu capitán es un neandertal con uniforme. ¿De verdad cree que castigándome así voy a rendirme?—Él no quiere que te rindas, Bella —dijo Lucas, volviéndose un poco más serio—. Quiere ver de qué estás hecha. Pero ten cuidado, ese suelo e
Ella se detuvo en seco al ver al Capitán parado frente a ella. Estaba cubierto de hollín, sus ojos gélidos ahora ardían con una furia volcánica. El hombre parecía un demonio surgido del mismísimo infierno.—¡Dame a ese animal y muévete! —le rugió, tomándola bruscamente del brazo para arrastrarla fuera de la zona de colapso.Justo cuando cruzaron la línea de seguridad, una parte del alero de madera cayó exactamente donde Bella había estado parada segundos antes. El estruendo fue seguido por un silencio sepulcral en la estación.Bella, jadeando y con el brazo sangrando por los arañazos del gato, se acercó a la anciana y le entregó a la mascota. La mujer la abrazó llorando, agradeciéndole como si fuera un ángel. Pero cuando Bella se giró para enfrentar a Gabriel, no encontró agradecimiento.—¿Eres idiota o solo te gusta jugar con la muerte? —preguntó Gabriel, su voz era un susurro peligroso mientras se quitaba el casco—. Te di una orden directa. Una sola.—Había una vida ahí dentro —res
Gabriel apareció de la nada, ya abrochándose la chaqueta de protección. Sus ojos se clavaron en Bella, quien se había quedado paralizada con la mochila aún al hombro.—Tú. A la unidad de apoyo —ordenó Gabriel, señalándola con un dedo enguantado—. No te vas a separar de mi vista ni un solo segundo. Si te digo que respires, respiras. Si te digo que te congeles, te conviertes en estatua. ¿Entendido, princesa?—Me llamo Bella Carrigton Capitán —replicó ella, recuperando su orgullo—. Y no necesito un guardaespaldas.—No eres mi prioridad, eres una responsabilidad que no pedí —soltó él mientras subía al camión—. ¡Sube ahora o te quedas a fregar los platos con Martha!El trayecto fue un caos de luces rojas y velocidad. Al llegar al muelle, el panorama era desolador: una antigua bodega de madera estaba siendo devorada por llamas naranjas que se alzaban contra el cielo nocturno de Thalassa. El calor se sentía incluso a metros de distancia.—¡Líneas de ataque por el flanco norte! —gritaba Gabri
—¡Pues no me voy! ¡Tengo una orden de asignación oficial! —Isabella estaba tan indignada que empezó a manotear en el aire—. ¡Si crees que puedes amedrentarme solo porque eres alto y tienes mal carácter, estás muy equivocado!En ese momento, algo se movió rápidamente por la pared de cemento, justo al lado de la bota de Isabella. Una lagartija pequeña, pero de movimientos erráticos, saltó hacia su zapato.Para una mujer que había vivido en áticos de lujo donde el único animal que veía era un gato de angora, aquello fue el fin del mundo.—¡AHHHH! ¡QUÉ ES ESO! ¡QUÉ ES ESO! —el grito de Isabella perforó los oídos de Gabriel.Sin pensarlo, y movida por un pánico irracional, Isabella dio un salto hacia adelante. Pero no saltó hacia cualquier lado; saltó directamente sobre Gabriel. En un movimiento digno de una acróbata, enredó sus piernas alrededor de la cintura del capitán y sus brazos alrededor de su cuello, hundiendo el rostro en el hueco de su hombro mientras seguía gritando.Gabriel, po
—Me dijo que ser bombero era lo que nos hacía humanos… y yo me burlé de ella. No puedo hacerle esto.—Es la única forma de que sobrevivas mientras yo busco las pruebas para hundir a tu tío desde adentro. Toma esto —le entregó una mochila vieja con algo de ropa y algo de dinero en efectivo—. Tienes que irte ya. Hay un autobús que sale hacia la costa en una hora.Isabella miró la mochila y luego a Thomas. La soberbia que la había definido durante años se desmoronó, dejando solo a una joven de veintiséis años que lo había perdido todo en una sola noche.—Thalassa… —repitió ella, el nombre sonaba extraño en sus labios—. ¿Y si no puedo hacerlo? Thomas, yo no sé ser nadie más que Isabella Carrington.—Tendrás que aprender. O tu tío ganará esta guerra.El viaje en el autobús fue un borrón de paisajes grises y lluvia. Isabella se hundió en el asiento trasero, ocultando su rostro tras una gorra que Thomas le había dado. Cada vez que el vehículo se detenía, sentía que el corazón se le salía del
Isabella se quedó pegada a la puerta pequeña de salida de incendios, tosiendo, con las lágrimas corriendo por sus mejillas de porcelana, ahora manchadas de hollín. Los segundos parecieron horas. El rugido del fuego era ensordecedor, como una bestia devorando todo a su paso.—¡Alma! ¡Sal de ahí! —gritó Isabella hacia el interior.De repente, un crujido metálico desgarrador resonó en todo el almacén. Isabella vio con horror, a través de la brecha de la puerta, cómo las vigas principales del techo se doblaban como si fueran de papel.—¡ALMA!Un estruendo final sepultó cualquier otro sonido. El almacén colapsó sobre sí mismo en una montaña de escombros y fuego. La onda expansiva lanzó a Isabella hacia atrás, golpeando su cabeza contra el pavimento del callejón exterior. Lo último que vieron sus ojos color café y ámbar antes de que la oscuridad la reclamara fue el resplandor naranja del edificio que alguna vez fue su hogar, convirtiéndose en una pira funeraria.El silencio la envolvió mien
Último capítulo