LA CENIZA DEL DESEO: El capitán de la 314

LA CENIZA DEL DESEO: El capitán de la 314ES

Romance
Última actualización: 2026-03-04
L. Alejandra  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Isabella Carrington lo tenía todo: el apellido más influyente de Olimpia, la presidencia de AEGIS Corporation. Pero detrás de sus ojos color café y ámbar, se escondía un secreto oscuro de una noche de excesos a los dieciocho años; un secreto que su ambicioso tío, Ebenices, está dispuesto a usar para encadenarla a un matrimonio sin amor con el arrogante Tristán. Sin embargo, el destino tiene otros planes. Un incendio devastador en los almacenes de la empresa no solo consume millones en mercancía, sino que borra la existencia de la "Reina de Olimpia". Declarada muerta ante el mundo y traicionada por su propia sangre, se ve obligada a huir con nada más que una mochila ahora es solo una voluntaria más en el remoto pueblo costero de Thalassa. Entre el olor a salitre y el estruendo de las sirenas, se estrella de frente con su mayor desafío: Gabriel Calvelli, el capitán de la Estación de Bomberos 314. es un hombre forjado en hierro, frío como el hielo y con un pasado que lo dejó jurando que ninguna mujer volvería a entrar en su vida... ni en su cama. Para él, Isabella es solo una niña caprichosa que no aguantará ni un día bajo su mando. Entre rescates al límite, la convivencia forzada y la mirada vigilante de un pueblo que no perdona errores, surge una tensión que amenaza con quemarlo todo. Isabella busca redención; Gabriel busca olvidar. Pero cuando las llamas del deseo superan a las del incendio, ambos descubrirán que el secreto más peligroso no es el que Isabella oculta... sino el fuego que arde cuando sus cuerpos se encuentran en la oscuridad. ¿Podrá la heredera caída seducir al hombre que juró no volver a amar? ¿O las cenizas de su pasado terminarán por consumirlos a ambos?

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Capítulo 1

Capítulo 1: El Trono de Cristal y Cenizas

El aire en el último piso de la Torre AEGIS siempre se sentía más frío de lo normal, o quizá era simplemente la presencia de Ebenices Carrington lo que congelaba el ambiente.

Isabella se encontraba de pie tras su escritorio de mármol negro, alisando su falda con dedos que amenazaban con temblar.

A sus veintiséis años, baja de estatura pero de presencia imponente, con su cabello negro ondulado cayendo sobre sus hombros y sus ojos color café con destellos ámbar fijos en el hombre que se sentaba frente a ella como si fuera el dueño del mundo.

—No voy a hacerlo, tío. No voy a casarme con Tristán —la voz de Isabella sonó firme, aunque por dentro su corazón martilleaba contra sus costillas.

Ebenices soltó una carcajada seca, un sonido carente de humor que erizó los vellos de la nuca de la joven CEO. Se levantó con parsimonia, rodeando el escritorio hasta quedar a escasos centímetros de ella.

—Mírate, Isabella. Tan parecida a tu padre, pero con esa terquedad que te va a hundir —Ebenices se inclinó, su aliento oliendo a café rancio—. Tristán es la clave para que la fusión con el grupo de su padre sea total. Necesitas ese apellido para blindar AEGIS.

—Lo que necesito es que dejes de tratarme como una moneda de cambio —espetó ella, irguiendo su pequeña figura—. Soy la CEO. He mantenido esta empresa a flote desde que mis padres murieron. No necesito a un heredero mimado como Tristán a mi lado para dirigir este imperio.

Ebenices sonrió de una forma que hizo que el estómago de Isabella se revolviera. Era la sonrisa de un depredador que ya tiene a su presa en el rincón.

—¿Ah, sí? ¿Y qué crees que dirán los accionistas cuando se enteren de que su "niña prodigio" tiene las manos manchadas de sangre?

Isabella palideció. El color abandonó su rostro de porcelana en un segundo.

—No te atreverías —susurró ella, su voz apenas un hilo.

—Oh, querida, me atrevería a mucho más por el control de esta empresa. Dieciocho años, borracha tras una fiesta de la universidad, el coche deportivo que papá te regaló... y un cuerpo dejado a un lado de la carretera. Un accidente que compramos para que desapareciera, pero las pruebas siguen en mi caja fuerte. Imagina los titulares: "La Reina de Olimpia es una asesina".

Isabella sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El recuerdo de aquella noche, la lluvia, el impacto y el terror regresaron como una bofetada. Sin embargo, algo en su interior se rompió. Estaba cansada de huir de sus fantasmas.

—Hazlo —dijo ella, clavando sus ojos ámbar en los de él—. Cuéntalo todo. Prefiero ir a la cárcel y ver cómo te hundes conmigo por encubrimiento que pasar un solo día de mi vida casada con ese hombre por tu culpa. ¡Lárgate de mi oficina!

Ebenices la miró con furia pura, sus facciones desencajadas por la sorpresa. No esperaba que ella lo desafiara de esa manera. Sin mediar palabra, salió de la oficina dando un portazo que hizo vibrar los cristales.

Isabella se dejó caer en su silla, respirando con dificultad. Necesitaba aire. Necesitaba trabajar. Se obligó a concentrarse en la agenda del día: una inspección en el almacén central de la planta baja antes de la reunión de socios. Se retocó el labial, se puso sus tacones y bajó, tratando de recuperar la compostura.

Al llegar al almacén, el ambiente estaba cargado. Allí se encontró con Alma, una pasante que siempre parecía estar en todas partes. Isabella recordaba haber escuchado que la chica se había unido como voluntaria a los bomberos en sus ratos libres.

—Señorita Carrington, los inventarios del sector B están listos —dijo Alma, ajustándose el chaleco reflectante.

Isabella la miró de arriba abajo con cierta altivez, escondiendo su propia vulnerabilidad tras una máscara de frialdad.

—He oído que pierdes el tiempo jugando a ser bombero, Alma. Me parece una estupidez arriesgar la vida por extraños cuando podrías estar haciendo carrera en administración —comentó Isabella con tono cortante.

Alma no bajó la mirada, simplemente sonrió con una calma que irritó a la CEO.

—Ayudar a otros nunca es una estupidez, señorita. A veces, es lo único que nos hace humanos.

Isabella iba a responder con una réplica mordaz cuando un olor extraño la detuvo. No era el olor habitual de las cajas y el polvillo. Era algo acre, químico.

—¿Hueles eso? —preguntó Isabella, frunciendo el ceño.

Alma olfateó el aire y sus ojos se abrieron con pánico.

—¡Humo! ¡Viene de la sección de químicos!

Antes de que pudieran reaccionar, una explosión sorda sacudió el edificio. Una ola de calor las golpeó, y en cuestión de segundos, las estanterías cargadas de materiales altamente inflamables se convirtieron en muros de fuego. El sistema de aspersores falló, soltando apenas un chorro patético de agua antes de detenerse.

—¡Tenemos que salir, ahora! —gritó Alma, agarrando el brazo de Isabella.

—¡Mi oficina! ¡Los documentos! —Isabella estaba en shock, viendo cómo el imperio de su padre se consumía.

—¡Olvide los documentos, Isabella! ¡Corra!

Ambas empezaron a correr por los pasillos que se volvían laberintos de sombras y llamas. El humo negro se filtraba en sus pulmones, quemando cada bocanada de aire. Isabella tropezó con una caja, cayendo de rodillas. Al levantarse, sintió un peso ausente en su cuello. Su mano fue instintivamente a su pecho.

—¡No! ¡Mi collar! —gritó con desesperación. Era la única joya de su madre que conservaba, un relicario de oro que nunca se quitaba.

—¡Isabella, muévase! —Alma intentaba arrastrarla hacia una de las salidas de emergencia laterales.

—¡Se me cayó! ¡Tengo que volver! Está ahí mismo, lo vi caer junto a la estantería del pasillo cuatro.

—¡Está loca! El techo está cediendo —Alma la miró a los ojos, viendo el dolor puro en la mirada de la CEO—. Quédese aquí, junto a esa puerta pequeña de metal. ¡No se mueva! Yo iré por él, conozco la estructura mejor que usted por mis prácticas.

—¡No, Alma!

Pero la pasante ya se había adentrado de nuevo en la cortina de humo. 

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Capítulo 1: El Trono de Cristal y Cenizas
Capítulo 2: El Despertar de un Fantasma
Capítulo 3: El Capitán y la "Princesa" de Ciudad
Capítulo 4: Bautismo de Fuego y Desobediencia
Capítulo 5: Alientos Contenidos
Capitulo 6: Sistema automático
Capítulo 7 Jabon y besos?
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