Mundo de ficçãoIniciar sessãoValeria Montenegro solo quería terminar sus estudios, cuidar a su madre enferma y conseguir una vida estable. Nunca imaginó que un accidente bajo la lluvia la pondría frente a Adrián Castillo, heredero de una de las familias más poderosas del país. La atracción entre ellos crece rápidamente, pero su relación amenaza los planes de Ernesto Castillo y de los Alcántara, quienes pretenden unir a Adrián con Camila mediante un matrimonio conveniente. Las amenazas comienzan cuando Valeria descubre que su madre guarda un secreto relacionado con Corporación Belmonte, una empresa desaparecida hace veinticinco años. Aun así, Adrián y Valeria deciden casarse. El día de la boda, unas pruebas aparentemente irrefutables presentan a Valeria como una cazafortunas que se acercó a Adrián para recuperar una herencia. Él duda de ella frente a todos y la ceremonia termina en tragedia. Humillada, destrozada y sin la mujer que siempre la protegió, Valeria descubre la verdad: parte del imperio Castillo fue construido con bienes que pertenecían a su familia. Años después regresa convertida en una poderosa empresaria. Adrián todavía la ama. Valeria también recuerda al hombre que estuvo a punto de convertirse en su esposo, pero ya no confía en él. Y esta vez no ha regresado para entrar en el imperio Castillo. Ha regresado para reclamarlo.
Ler maisLa lluvia comenzó antes del mediodía y, en poco tiempo, convirtió las calles de Santo Domingo en un caos. Valeria Montenegro apenas lo notó. Llevaba desde temprano recorriendo el área administrativa del Hospital Universitario, revisando expedientes y terminando un informe que debía entregar antes de salir.
A sus veinticinco años estaba acostumbrada a vivir con prisa. Estudiaba Administración Hospitalaria, realizaba sus prácticas profesionales y aceptaba trabajos temporales cuando el dinero no alcanzaba. Su madre, Elena, padecía una enfermedad cardíaca y buena parte de lo que ambas conseguían reunir terminaba entre consultas y medicamentos. Por eso Valeria no podía darse el lujo de desperdiciar oportunidades. Aquella mañana, el licenciado Herrera revisó su informe y prestó especial atención a los errores que ella había detectado durante los cambios de turno. Había expedientes duplicados, citas modificadas y pacientes obligados a esperar por fallas que podían evitarse. Antes de marcharse, Herrera le pidió que preparara una propuesta para corregir el problema. Valeria aceptó. Ya pensaría después en el examen y los trabajos universitarios que también debía terminar. Poco antes de salir recibió un mensaje de Elena. La consulta había terminado y el médico quería repetir algunos estudios. Su madre aseguró que no era urgente, pero Valeria conocía demasiado bien su forma de restar importancia a cualquier noticia preocupante. Decidió hablar con ella al llegar a casa. Terminó la jornada cerca de las dos. Tenía hambre, aunque evitó comprar comida en el hospital. El dinero que llevaba debía alcanzar para el transporte y uno de los medicamentos de Elena. Guardó los documentos dentro de su vieja carpeta azul y salió bajo una lluvia que no parecía dispuesta a detenerse. A varias calles de allí, Adrián Castillo acababa de abandonar una reunión del Grupo Castillo. Su padre había pasado la última hora hablándole de Camila Alcántara y de las ventajas que supondría unir ambas familias mediante un matrimonio. Adrián conocía a Camila, pero nunca habían tenido una relación seria. Para Ernesto Castillo aquello importaba poco. Veía la boda como una alianza capaz de fortalecer dos imperios empresariales. Adrián se negó. Había aceptado demasiadas decisiones tomadas por otros. Estudió lo que esperaban de él, regresó al país y ocupó su lugar dentro de la compañía familiar. No permitiría que también eligieran a su esposa. La discusión terminó mal. Adrián tomó las llaves y salió antes de que su padre pudiera convertir la conversación en otra orden. Condujo sin un destino concreto, ignorando las llamadas que comenzaron a aparecer en su teléfono. Necesitaba unos minutos sin escuchar hablar de apellidos, negocios o responsabilidades. Fue entonces cuando Valeria perdió el autobús. Lo vio alejarse cuando apenas llegaba a la parada. El siguiente tardaría demasiado y todavía debía pasar por la farmacia, así que decidió caminar hasta otra avenida. Guardó la carpeta debajo de la chaqueta y avanzó cerca de la acera mientras pensaba en los nuevos estudios de Elena. Aquella preocupación fue suficiente para distraerla. Tampoco Adrián prestaba demasiada atención. Una de las ruedas del automóvil negro atravesó un charco profundo. El agua cayó directamente sobre Valeria. Se quedó inmóvil durante un segundo, completamente empapada. Después miró el automóvil que continuaba avanzando y sintió que toda la frustración del día encontraba finalmente un culpable. Adrián vio lo ocurrido por el retrovisor y frenó. Regresó de inmediato. Encontró a Valeria intentando proteger la carpeta mientras el agua descendía por su cabello y su ropa. Se disculpó y explicó que no había visto el charco, una aclaración que solo consiguió empeorar la expresión de ella. Cuando Valeria abrió la carpeta y descubrió que varias páginas comenzaban a humedecerse, dejó de prestar atención al conductor. Adrián comprendió que aquellos documentos eran más importantes que la ropa mojada. Se quitó la chaqueta y la utilizó para cubrirlos. Valeria levantó la mirada. Fue entonces cuando realmente lo vio. Alto, bien vestido y junto a un automóvil que dejaba claro que no tenía que preguntarse cuánto costaría reparar algo si se rompía. Aun así, lo único que le importaba en aquel momento era evitar que su trabajo terminara convertido en papel mojado. Adrián también la observó con atención. Había algo extraño en la forma en que ella lo miraba. No había reconocimiento. No parecía saber quién era. Para Valeria, él era únicamente el hombre que acababa de arruinarle la tarde. Después de pasar toda la mañana siendo tratado como el heredero de un imperio, aquella indiferencia le resultó inesperadamente agradable. Intentó ofrecerle dinero para compensar el daño, pero Valeria lo rechazó. Solo quería salvar los documentos y llegar a casa. La lluvia aumentó. Adrián señaló una cafetería al otro lado de la avenida y propuso esperar allí hasta que disminuyera. Valeria dudó. Entrar en un local con un desconocido que acababa de empaparla no figuraba entre sus planes del día. Sin embargo, tenía frío, había perdido el autobús y todavía necesitaba esperar antes de continuar caminando. Aceptó. Solo sería un café. Cruzaron la avenida juntos. Adrián continuó protegiendo la carpeta con su chaqueta mientras Valeria trataba de evitar nuevos charcos. Por primera vez desde que salió del Grupo Castillo, él dejó de pensar en Camila y en la discusión con su padre. Valeria, en cambio, solo intentaba decidir si aquel hombre era realmente amable o simplemente estaba acostumbrado a solucionar cualquier problema con facilidad. Ninguno vio el automóvil gris estacionado cerca de la cafetería. Desde el interior, una mujer observó cómo Adrián abría la puerta y dejaba pasar a Valeria. Sacó el teléfono y tomó una fotografía. La envió de inmediato. Necesitaban identificar a la joven. La respuesta llegó pocos segundos después. La mujer volvió a mirar la imagen. Adrián aparecía inclinado hacia Valeria mientras protegía sus documentos de la lluvia. Podía tratarse de un accidente sin importancia. Pero había ocurrido apenas unas horas después de que él rechazara la unión con Camila Alcántara. Eso bastaba para convertir a aquella desconocida en un problema. Mientras la puerta de la cafetería se cerraba detrás de ellos, alguien ya comenzaba a investigar a Valeria Montenegro.Ernesto Castillo no esperó al día siguiente. A primera hora ordenó a Salcedo que localizara cualquier persona que hubiera trabajado en Corporación Belmonte durante los años en que Elena Montenegro aparecía en los registros. No quería informes resumidos ni bases de datos incompletas. Necesitaba saber por qué una empleada administrativa tenía autorización para entrar al piso ejecutivo y, sobre todo, quién había solicitado su expediente seis meses atrás. Mientras más información aparecía, menos creía que la relación entre Valeria y Adrián fuera una simple coincidencia.Salcedo consiguió una primera respuesta esa misma tarde. Un antiguo responsable de archivos de Belmonte seguía vivo y residía fuera de Santo Domingo. Su memoria era irregular, pero recordaba algunos nombres. Elena Montenegro estaba entre ellos. Según explicó, no ocupaba un cargo importante en el organigrama, aunque Esteban Belmonte confiaba en ella más de lo que indicaban los documentos oficiales. Elena llevaba corresponde
Valeria recibió la invitación de Ernesto Castillo dos días después de la cena. No llegó por medio de Adrián ni mediante una llamada personal. Una asistente del Grupo Castillo se comunicó con ella y pidió una reunión privada en un restaurante cercano al hospital. Valeria comprendió de inmediato que aquello no tenía nada que ver con disculpas. Después de pensarlo durante unos minutos, aceptó. Si Ernesto quería decirle algo, prefería escucharlo de frente. No se lo contó a Adrián antes del encuentro porque no quería que apareciera para impedirlo. Aquella conversación era entre ella y el hombre que llevaba semanas intentando decidir si era digna de estar junto a su hijo.Ernesto ya estaba esperando cuando Valeria llegó. Había elegido una mesa apartada, pero visible desde el resto del restaurante. Valeria agradeció ese detalle. Después de las amenazas y las fotografías, no pensaba encerrarse en una oficina privada con nadie relacionado con los Castillo o los Alcántara. Se sentó frente a él
La llegada de los Alcántara cambió por completo el ambiente de la casa. Valeria no necesitó que nadie le explicara que aquello había sido planeado. Camila conocía la residencia demasiado bien para ser una invitada inesperada y sus padres saludaron a Ernesto con la confianza de quienes habían compartido aquella mesa muchas veces. Adrián permaneció de pie, visiblemente molesto, mientras su padre insistía en que no tenía sentido convertir una cena entre familias cercanas en un problema. Valeria entendió entonces que Ernesto no había querido conocerla. Había querido colocarla frente a Camila y observar qué ocurría.Camila tomó asiento casi frente a ella. Su sonrisa era impecable, pero sus ojos no ocultaban la curiosidad. Durante semanas había recibido fotografías e informes sobre Valeria. Ahora podía estudiarla personalmente. Comenzó con preguntas aparentemente inocentes sobre el hospital, sus estudios y el proyecto piloto. Valeria respondió con calma. No pensaba regalarle la satisfacción
Valeria pasó todo el día diciéndose que aquella cena no debía importarle tanto. Ya conocía a Adrián, sabía lo que sentía cuando estaba con él y no necesitaba la aprobación de su familia para decidir si quería continuar a su lado. Sin embargo, mientras se preparaba frente al espejo, comprendió que no era tan sencillo. Ernesto Castillo había investigado su vida, conocía las deudas médicas de Elena y sabía incluso dónde había trabajado su madre veinticinco años atrás. Entrar voluntariamente en su casa significaba sentarse frente a un hombre que probablemente sabía más sobre ella de lo que ella sabía sobre él.Elena la ayudó a escoger un vestido sencillo que Valeria ya tenía desde hacía tiempo. No era de diseñador ni necesitaba serlo. Después de probarse dos opciones, eligió uno azul oscuro y unos zapatos que podía llevar durante varias horas sin arrepentirse. Elena percibió sus nervios, pero evitó convertir aquella noche en algo más grande de lo que era. Solo le recordó que no debía inte
Último capítulo