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CAPÍTULO 9 Una cena llena de humillaciones

La llegada de los Alcántara cambió por completo el ambiente de la casa. Valeria no necesitó que nadie le explicara que aquello había sido planeado. Camila conocía la residencia demasiado bien para ser una invitada inesperada y sus padres saludaron a Ernesto con la confianza de quienes habían compartido aquella mesa muchas veces. Adrián permaneció de pie, visiblemente molesto, mientras su padre insistía en que no tenía sentido convertir una cena entre familias cercanas en un problema. Valeria entendió entonces que Ernesto no había querido conocerla. Había querido colocarla frente a Camila y observar qué ocurría.

Camila tomó asiento casi frente a ella. Su sonrisa era impecable, pero sus ojos no ocultaban la curiosidad. Durante semanas había recibido fotografías e informes sobre Valeria. Ahora podía estudiarla personalmente. Comenzó con preguntas aparentemente inocentes sobre el hospital, sus estudios y el proyecto piloto. Valeria respondió con calma. No pensaba regalarle la satisfacción de verla incómoda. El verdadero golpe llegó cuando Camila comentó que debía ser difícil estudiar, trabajar y cubrir al mismo tiempo los gastos médicos de una madre enferma. La información era demasiado privada para surgir en una conversación casual.

Adrián reaccionó de inmediato.

«Eso no tenías por qué saberlo.»

Camila fingió sorpresa y explicó que en ciertos círculos era normal conocer los antecedentes de las personas que entraban en contacto con la familia. Valeria no respondió enseguida. Miró primero a Ernesto, después a los padres de Camila. Ninguno parecía escandalizado. Aquello confirmó lo que ya sospechaba: todos sabían que había sido investigada.

Valeria dejó los cubiertos sobre el plato. No iba a avergonzarse de Elena ni de las dificultades económicas que habían enfrentado. Explicó con serenidad que su madre estaba enferma, que trabajaba para ayudar a pagar su tratamiento y que no consideraba ninguna de esas cosas motivo de humillación. Si alguien esperaba descubrir un secreto vergonzoso, había perdido su tiempo y probablemente bastante dinero contratando investigadores.

La madre de Adrián bajó la mirada. Ernesto permaneció inmóvil. Camila sonrió con menos seguridad que antes.

La conversación continuó, aunque ya nadie podía fingir que se trataba de una cena cordial. El padre de Camila habló de las posibilidades de expansión del Grupo Castillo y mencionó varias inversiones conjuntas entre ambas familias. Era evidente que intentaba recordar a todos lo que estaba en juego si la relación entre Adrián y Camila se rompía definitivamente. Valeria escuchó sin intervenir. Aquellos acuerdos no tenían nada que ver con ella y se negaba a aceptar la responsabilidad de una alianza negociada mucho antes de conocer a Adrián.

Camila, sin embargo, decidió llevar la conversación nuevamente hacia ella. Comentó que algunas relaciones podían resultar emocionantes precisamente porque eran nuevas, pero que las diferencias sociales terminaban apareciendo tarde o temprano. Según ella, no era cuestión de despreciar a nadie. Simplemente había personas preparadas desde pequeñas para ciertas responsabilidades y otras que nunca habían tenido contacto con ese mundo.

Valeria comprendió perfectamente el mensaje.

Esta vez no permitió que Adrián respondiera por ella.

«Tener dinero desde que naciste puede enseñarte muchas cosas. No necesariamente te enseña a respetar a los demás.»

El silencio cayó sobre la mesa.

Adrián tuvo que contener una sonrisa.

Camila no.

Su expresión se endureció apenas un instante antes de recuperar el control. Después insinuó que Valeria había tenido mucha suerte desde que conoció a Adrián. Su proyecto comenzaba a recibir atención dentro del hospital y ella estaba entrando en espacios que antes parecían muy lejos de su alcance. No formuló una acusación directa, pero no era necesario. La intención era evidente.

Aquello sí tocó un punto sensible.

Valeria había trabajado demasiado para permitir que alguien redujera su primer logro profesional a la influencia de un hombre. Explicó que su proyecto había sido presentado antes de que su relación con Adrián avanzara y que la dirección del hospital podía demostrar quién había realizado cada informe. Si algún día necesitaba el apellido Castillo para conseguir un puesto, preferiría renunciar al puesto.

Adrián intervino entonces, no para defenderla, sino para confirmar que jamás había hablado con nadie del hospital ni utilizado sus contactos a favor de Valeria. También dejó claro que cualquier insinuación diferente era una mentira.

Ernesto observó a su hijo durante toda la conversación. Lo preocupante no era que Adrián estuviera atraído por aquella joven. Las atracciones podían terminar. Lo preocupante era la forma en que la miraba y, sobre todo, la facilidad con que Valeria se mantenía firme en un ambiente diseñado para hacerla sentir inferior.

La cena continuó algunos minutos más, pero Valeria ya había tomado una decisión. No permanecería allí simplemente para demostrar que podía soportar nuevas ofensas. Agradeció a la madre de Adrián por haberla recibido y se levantó.

Adrián hizo lo mismo.

Ernesto intentó detenerlo, recordándole que la reunión todavía no había terminado. Adrián respondió que para él sí.

Valeria tomó su bolso y se dirigió hacia la salida. Camila la alcanzó antes de que cruzara el vestíbulo. Esta vez no había padres ni conversaciones empresariales detrás de las cuales esconder las palabras. Camila se acercó lo suficiente para que solo ella pudiera escucharla y le hizo saber que Adrián podía sentirse fascinado ahora, pero que pertenecía a un mundo donde las relaciones tenían consecuencias. Valeria no necesitó preguntar si aquello era otra amenaza.

Se giró hacia ella.

«Entonces tendrás que acostumbrarte a que Adrián decida por sí mismo.»

No añadió nada más.

Salió de la casa.

Adrián la alcanzó cerca del automóvil. Estaba furioso con su padre y avergonzado por haberla llevado allí. Valeria no quería disculpas interminables. Le explicó que la situación no era culpa suya, pero que necesitaba comprender algo: jamás volvería a sentarse voluntariamente en una mesa donde tuviera que demostrar que merecía respeto.

Adrián lo entendió.

También comprendió que, si quería mantener a Valeria en su vida, tendría que enfrentarse a su familia de una manera mucho más definitiva.

Dentro de la residencia, Camila abandonó la mesa poco después. Sus padres permanecieron hablando con Ernesto, pero él apenas los escuchaba. Había observado suficiente.

Valeria no se había intimidado.

Tampoco parecía interesada en el dinero de Adrián.

Eso complicaba las cosas.

Cuando quedó solo en su despacho, Ernesto abrió nuevamente el informe sobre los Montenegro. Sus ojos se detuvieron en las deudas médicas de Elena y después en la dirección del pequeño apartamento donde vivían madre e hija.

Había intentado permitir que Adrián resolviera aquella situación.

Ya no pensaba esperar.

Tomó el teléfono y pidió que prepararan una reunión privada con Valeria Montenegro.

Esta vez no habría familia, cena ni sonrisas.

Solo una oferta que, según Ernesto Castillo, ninguna mujer en su situación podría permitirse rechazar.

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