La lluvia comenzó antes del mediodía y, en poco tiempo, convirtió las calles de Santo Domingo en un caos. Valeria Montenegro apenas lo notó. Llevaba desde temprano recorriendo el área administrativa del Hospital Universitario, revisando expedientes y terminando un informe que debía entregar antes de salir.A sus veinticinco años estaba acostumbrada a vivir con prisa. Estudiaba Administración Hospitalaria, realizaba sus prácticas profesionales y aceptaba trabajos temporales cuando el dinero no alcanzaba. Su madre, Elena, padecía una enfermedad cardíaca y buena parte de lo que ambas conseguían reunir terminaba entre consultas y medicamentos. Por eso Valeria no podía darse el lujo de desperdiciar oportunidades.Aquella mañana, el licenciado Herrera revisó su informe y prestó especial atención a los errores que ella había detectado durante los cambios de turno. Había expedientes duplicados, citas modificadas y pacientes obligados a esperar por fallas que podían evitarse. Antes de marchars
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