Valeria casi no durmió. Cada ruido del edificio le parecía demasiado cercano y, aunque el número desconocido no volvió a escribir, la fotografía seguía guardada en su teléfono como una prueba de que alguien había estado observándola. Por la mañana se la mostró a Elena. Su madre no reaccionó con pánico, pero le pidió algo sencillo: que no volviera a ver a Adrián hasta saber exactamente en qué clase de problema se estaba metiendo. Valeria estuvo de acuerdo en una cosa. Necesitaba respuestas.
Adrián había escrito temprano para preguntarle si Elena se encontraba bien. Valeria no respondió de inmediato. Esperó hasta llegar al Hospital Universitario y, durante su descanso, le envió un mensaje breve pidiéndole que se encontraran a la hora del almuerzo en un restaurante cercano y concurrido. No quería subir a su automóvil ni ir a ningún lugar apartado. Adrián aceptó sin hacer preguntas.
Valeria llegó primero. Había elegido una mesa desde la que podía ver la entrada y parte de la calle. Cuando Adrián apareció, la expresión de ella bastó para borrar la sonrisa con la que se acercaba. Valeria colocó el teléfono sobre la mesa y abrió la fotografía.
Adrián tardó apenas unos segundos en comprender la gravedad de la situación.
La imagen había sido tomada durante el paseo de la noche anterior. No podía tratarse de una fotografía casual. La persona había tenido tiempo suficiente para seguirlos, escoger un ángulo y conseguir el número de Valeria antes de que ella llegara a casa.
Valeria le explicó que el mensaje le ordenaba alejarse de él. No quería promesas ni una explicación preparada para tranquilizarla. Quería saber quién podía tener motivos para vigilarla.
Adrián guardó silencio unos segundos.
Hasta ese momento había evitado contarle todo sobre el conflicto con su familia porque no quería que una situación que detestaba contaminara lo que comenzaba a existir entre ellos. Ahora comprendía que callar había sido un error.
Le contó que Ernesto Castillo llevaba meses intentando convencerlo de aceptar una unión con Camila Alcántara. No existía un compromiso oficial, pero ambas familias habían preparado cenas, acuerdos comerciales y planes como si el matrimonio fuera inevitable. Adrián se había negado repetidamente.
Valeria sintió que la incomodidad se convertía en enojo. Aquello no era un detalle menor que él pudiera haber olvidado mencionar. Mientras ella pensaba que su conflicto familiar estaba relacionado con negocios, existía una mujer a la que dos familias poderosas consideraban su futura esposa.
Adrián intentó dejar claro que nunca había prometido casarse con Camila. Tampoco mantenían una relación. Habían salido algunas veces por insistencia de las familias, pero él había rechazado cualquier posibilidad de continuar.
Valeria escuchó sin interrumpir. No estaba celosa de una relación que, según Adrián, nunca había existido. Lo que le molestaba era descubrir que nuevamente había tenido que llegar a la verdad después de que él decidiera qué información podía soportar.
«No vuelvas a hacer eso.»
Fue lo único que dijo durante varios segundos.
Adrián comprendió.
Valeria no quería que decidiera por ella. Si conocerlo implicaba problemas con su padre, Camila o cualquier otra persona, necesitaba saberlo antes de elegir si estaba dispuesta a continuar.
Adrián aceptó. También le pidió que conservara el mensaje y no bloqueara ninguna nueva comunicación antes de guardar una copia. Su equipo podía intentar rastrear el número.
Valeria rechazó de inmediato cualquier intento de colocar personas vigilándola sin su permiso. Podía aceptar ayuda para investigar la amenaza, pero no quería descubrir después que hombres desconocidos seguían a Elena o esperaban frente al hospital para protegerla.
Adrián estuvo a punto de discutir.
No lo hizo.
Aquella pequeña decisión fue más importante para Valeria que cualquier promesa. Por primera vez desde que se conocieron, él parecía entender que proteger a alguien no significaba controlar cada una de sus decisiones.
Terminaron el encuentro sin resolver qué ocurriría entre ellos. Valeria necesitaba tiempo. Adrián prometió enviar únicamente la información que consiguiera sobre el número y esperar a que ella decidiera cuándo volver a verlo.
Al regresar al hospital, Valeria intentó concentrarse en la propuesta que debía presentar el lunes. No fue fácil. La amenaza había cambiado la forma en que observaba a las personas a su alrededor. Un desconocido detenido demasiado tiempo cerca de la entrada podía parecer sospechoso. Un automóvil estacionado frente al edificio conseguía llamar su atención.
Aun así, se obligó a trabajar.
No permitiría que Camila Alcántara, si realmente estaba detrás del mensaje, comenzara a controlar también su carrera.
Mientras Valeria revisaba cifras, Adrián regresó al Grupo Castillo con una furia que apenas conseguía ocultar. Daniel, su asistente, recibió instrucciones de investigar el número utilizado para enviar la amenaza y averiguar quién había tomado la fotografía. También debía revisar cómo los Alcántara habían obtenido información sobre Valeria.
Adrián no necesitó esperar demasiado para encontrar otro problema.
Don Ernesto lo esperaba en su oficina.
Sobre el escritorio había una carpeta más gruesa que la del día anterior. Los Alcántara habían ampliado la investigación sobre Valeria y su familia. Adrián se negó a leerla, pero su padre no mostró la misma consideración. Habían revisado trabajos anteriores, deudas médicas, dirección, estudios y antecedentes familiares.
Adrián perdió la paciencia cuando escuchó el nombre de Elena.
Le exigió a Ernesto que detuviera la investigación.
Su padre respondió que ya era demasiado tarde. El informe había revelado algo inesperado.
Elena Montenegro había trabajado, veinticinco años atrás, para una empresa llamada Corporación Belmonte.
Adrián no reconoció el nombre.
Ernesto sí.
Durante un instante, la expresión del hombre cambió. Fue un gesto pequeño, pero Adrián lo conocía demasiado bien para no notarlo. Su padre cerró la carpeta y evitó seguir hablando del tema.
Aquella reacción despertó más preguntas de las que respondió.
Cuando Adrián salió de la oficina, Ernesto esperó hasta quedarse solo. Después volvió a abrir el expediente y buscó la página donde aparecía el antiguo empleo de Elena.
Corporación Belmonte.
Durante más de dos décadas había evitado pensar en aquella empresa. Belmonte había desaparecido después de una crisis financiera y varios de sus activos terminaron incorporados al crecimiento del Grupo Castillo.
Elena Montenegro figuraba en los registros como empleada administrativa.
Pero Ernesto recordaba aquel nombre.
Y recordaba algo más.
La joven que trabajaba cerca del despacho privado de Esteban Belmonte no era una simple empleada.
Tomó el teléfono y llamó a uno de sus investigadores. Le pidió que revisara los antiguos archivos de la compañía, especialmente cualquier documento relacionado con Elena. También dejó una orden clara: nadie debía acercarse a ella ni a Valeria.
Todavía no.
Al terminar la llamada, Ernesto permaneció mirando la fotografía incluida en el expediente.
Por primera vez, la relación de Adrián con Valeria dejó de preocuparle únicamente por el matrimonio con Camila.
El verdadero peligro podía haber comenzado veinticinco años antes.