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CAPÍTULO 2 Una atracción imposible de ignorar Parte 1

La cafetería estaba casi llena. El aroma a café recién hecho y pan caliente contrastaba con el frío que Valeria llevaba pegado a la ropa. Eligió una mesa cerca del ventanal y dejó la carpeta sobre la silla vacía, todavía protegida por la chaqueta de Adrián. Durante unos segundos ninguno supo muy bien qué hacer con una situación que había comenzado con un charco y terminado con ambos sentados frente a frente. Valeria tenía hambre, pero evitó mirar demasiado la vitrina. Había aceptado un café, no una comida, y todavía necesitaba comprar los medicamentos de Elena antes de regresar a casa.

Adrián pidió un espresso y dejó que ella eligiera su bebida. La pequeña consideración no pasó inadvertida. Parecía haber comprendido que Valeria no toleraba demasiado bien que alguien decidiera por ella. Cuando llegaron las bebidas, el calor de la taza consiguió que sus manos dejaran de temblar. Adrián se interesó por la carpeta y ella le explicó que estudiaba Administración Hospitalaria y realizaba sus prácticas en el Hospital Universitario. Esperaba la típica pregunta sobre por qué no había elegido Medicina, pero él quiso saber qué esperaba conseguir con aquella carrera.

Valeria dudó antes de responder. No acostumbraba hablar de su vida con desconocidos, aunque conversar con él estaba resultando más sencillo de lo esperado. Le contó que Elena padecía una enfermedad cardíaca y que, desde adolescente, había pasado demasiadas horas en hospitales. Había visto expedientes desaparecer, citas retrasarse y familias obligadas a recorrer oficinas cuando deberían estar acompañando a sus enfermos. Por eso quería dedicarse a mejorar aquella parte del sistema. Algún día esperaba dirigir un hospital donde los pacientes no fueran tratados como números.

Adrián no se rio ni respondió con una frase vacía. Le preguntó qué cambiaría primero si realmente tuviera la oportunidad. Valeria habló de reducir tiempos de espera, mejorar los registros y crear programas para pacientes con dificultades económicas. Mientras lo hacía, olvidó durante unos minutos la ropa mojada y el autobús perdido. Adrián también dejó de pensar en la discusión con su padre. Estaba acostumbrado a escuchar proyectos construidos alrededor de cifras y beneficios. Valeria hablaba de eficiencia, pero siempre terminaba regresando a las personas.

Cuando ella quiso saber a qué se dedicaba, Adrián respondió únicamente que trabajaba en una empresa familiar. No mencionó el Grupo Castillo ni su cargo. Por primera vez en mucho tiempo disfrutaba de una conversación en la que su apellido no estaba sentado junto a él. Valeria supuso que debía ocupar un puesto importante por la manera en que hablaba, el automóvil y la ropa, pero no insistió. Su estómago, sin embargo, decidió intervenir con un sonido imposible de ignorar. Adrián pidió un sándwich para compartir antes de que ella pudiera protestar.

—No necesitaba pedir comida.

—Puede dejarla si no quiere comer.

Valeria lo miró con desconfianza, pero cuando el plato llegó terminó aceptando la mitad. Comió con más hambre de la que pretendía demostrar y Adrián tuvo la prudencia de no mencionarlo. Después la conversación se volvió más ligera. Hablaron del tránsito, de la lluvia y de algunos lugares de Santo Domingo donde podía tomarse un buen café sin gastar demasiado. Valeria descubrió que Adrián tenía sentido del humor cuando dejaba de comportarse como si estuviera en una reunión. Él descubrió que ella podía burlarse de su manera de hablar sin sentir la menor necesidad de impresionarlo.

La atracción apareció sin que ninguno tuviera que nombrarla. No fue algo extraordinario, solo miradas que duraban un poco más de lo necesario y silencios que no resultaban incómodos. Cuando la lluvia disminuyó, Valeria comprobó la hora. Todavía debía pasar por la farmacia y regresar a casa para hablar con Elena sobre los nuevos estudios. Adrián se ofreció a llevarla. Ella estuvo a punto de negarse, pero no quería perder otro autobús y aceptó con la condición de que la dejara cerca de la farmacia, no frente a su casa. Adrián respetó la decisión sin pedir explicaciones.

Durante el trayecto condujo con una prudencia exagerada frente a cada charco. Valeria terminó riéndose al darse cuenta. Después de comprar el medicamento, regresó al automóvil con una pequeña bolsa en las manos. Adrián la miró, pero no preguntó cuánto había costado ni intentó pagarlo. Aquello le gustó más de lo que esperaba. Cuando llegaron a la esquina que ella indicó, Valeria tomó la carpeta y se dio cuenta de que todavía tenía su chaqueta.

—Tendré que devolvérsela.

Adrián aprovechó la oportunidad para pedirle su número. Valeria comprendió inmediatamente que la chaqueta era una excusa, pero también sabía que podía negarse. No lo hizo. Intercambiaron teléfonos y, antes de que bajara, Adrián hizo sonar el suyo para comprobar que el contacto estaba guardado. En la pantalla apareció simplemente Valeria. Ella hizo lo mismo y guardó el suyo como Adrián. Ninguno había mencionado todavía su apellido.

Valeria cerró la puerta y comenzó a caminar. Al llegar a la esquina miró hacia atrás y descubrió que el automóvil negro continuaba detenido. Adrián esperaba verla alejarse antes de marcharse. Por alguna razón, aquel gesto le produjo más efecto que el traje, el reloj o cualquier señal de dinero. Sonrió y siguió caminando.

A varios kilómetros de allí, Camila Alcántara recibió un mensaje. La fotografía tomada frente a la cafetería venía acompañada de información básica: Valeria Montenegro, veinticinco años, estudiante de Administración Hospitalaria y practicante en el Hospital Universitario. Camila leyó el nombre dos veces. Había esperado descubrir a una empresaria, una modelo o alguna mujer perteneciente al mismo círculo social. Encontrar a una estudiante desconocida no la tranquilizó. Solo aumentó su curiosidad.

Pidió que continuaran investigando con discreción. Quería saber dónde vivía Valeria, con quién y cómo había conocido a Adrián. Hasta aquella mañana, Camila había pensado que el rechazo de Adrián al matrimonio era una rebeldía pasajera. Ahora tenía un nombre frente a ella.

Valeria Montenegro.

Y por primera vez consideró la posibilidad de que otra mujer pudiera convertirse en un verdadero problema.

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