CAPÍTULO 6 No voy a desaparecer

Tres semanas después, Valeria había descubierto que conocer a Adrián Castillo era mucho más sencillo cuando conseguía olvidar todo lo que acompañaba su apellido. No se veían todos los días. Ella tenía el proyecto piloto del hospital, clases y las constantes preocupaciones por la salud de Elena. Adrián, por su parte, enfrentaba una tensión creciente dentro del Grupo Castillo después de negarse nuevamente a cualquier negociación matrimonial con los Alcántara. Aun así, encontraban tiempo para almorzar cerca del hospital, caminar al final de alguna jornada o intercambiar mensajes cuando ambos estaban demasiado ocupados para verse. Adrián había cumplido la promesa de no interferir con su trabajo y Valeria también había mantenido la suya: no desaparecería simplemente porque otras personas consideraran que no pertenecía al mundo de él.

La amenaza no se había repetido, pero tampoco estaba olvidada. Daniel seguía intentando identificar a la persona que había contratado la línea utilizada para enviar el mensaje, y la conexión con una agencia relacionada con los Alcántara continuaba siendo la única pista. Valeria había reforzado algunas precauciones sin permitir que el miedo alterara por completo su rutina. No publicaba lugares en tiempo real, evitaba regresar sola demasiado tarde y Elena conocía los números necesarios en caso de emergencia. Era suficiente. No estaba dispuesta a vivir mirando por encima del hombro cada vez que saliera del hospital.

Aquella tarde recibió una noticia que llevaba semanas esperando. Los primeros datos del proyecto piloto mostraban una reducción importante en los errores de registro durante los cambios de turno. Herrera todavía necesitaba evaluar el mes completo, pero adelantó que la dirección estaba interesada en extender el procedimiento a otra área si los resultados se mantenían. Valeria salió de la reunión con una satisfacción difícil de esconder. El proyecto estaba funcionando porque ella lo había diseñado, defendido y corregido. No había necesitado el apellido Castillo para abrir aquella puerta.

Adrián apareció cerca del hospital al terminar la jornada. Habían acordado cenar en un pequeño restaurante que Valeria había elegido por recomendación de una compañera. Durante las últimas semanas había aprendido que Adrián podía adaptarse perfectamente a lugares donde nadie apartaba una mesa privada para él ni conocía su apellido antes de verlo entrar. Esa noche, sin embargo, parecía distraído. Valeria tardó poco en descubrir la razón. Ernesto había convocado una cena familiar para el fin de semana y esperaba que Adrián asistiera. Los Alcántara también estarían presentes.

Valeria entendió inmediatamente lo que significaba. Adrián llevaba semanas negándose a participar en encuentros organizados para acercarlo a Camila, pero Ernesto seguía actuando como si la resistencia de su hijo fuera temporal. Esta vez Adrián pensaba asistir únicamente para terminar el asunto delante de ambas familias. No quería que existiera ninguna duda sobre su posición.

Valeria no intentó detenerlo. Le preocupaba la reacción de Camila, pero también sabía que el problema no desaparecería mientras Adrián evitara enfrentarlo. Le recordó algo que le había dicho durante su primera cena: huir de una decisión también permitía que otros la tomaran por él. Adrián reconoció que precisamente por eso acudiría. No pretendía mencionar a Valeria ni utilizarla como explicación. Su negativa a casarse con Camila no dependía de estar interesado en otra mujer. Era una decisión que debería haber defendido mucho antes de conocerla.

Aquello cambió la forma en que Valeria miró la situación. Durante las últimas semanas había temido convertirse en la excusa perfecta para una guerra entre dos familias. Escuchar que Adrián estaba dispuesto a asumir su decisión sin colocarla en medio le dio una tranquilidad que no esperaba. Sin embargo, también dejó claro que si Camila volvía a amenazarla, ya no se limitaría a guardar las pruebas. Acudiría a las autoridades y al hospital si fuera necesario. No iba a permitir que nadie jugara con su seguridad o con la de Elena.

Adrián estuvo de acuerdo.

Esa misma noche, Camila recibió la noticia de que la cena del sábado seguía confirmada. Durante semanas había esperado que Adrián terminara cansándose de la novedad que representaba Valeria. Había ocurrido exactamente lo contrario. Los informes mostraban encuentros frecuentes, aunque discretos, y ninguna señal de que aquella relación estuviera perdiendo fuerza. Camila no necesitaba estar enamorada de Adrián para sentir que la situación era una humillación. Sus familias habían hablado durante años de una futura unión, y ahora una desconocida estaba ocupando un lugar que ella consideraba suyo.

Aun así, decidió no volver a amenazarla. El primer mensaje había conseguido que Adrián reforzara la investigación y cualquier error podía conducir directamente hasta ella. Necesitaba algo diferente. Algo que hiciera que Valeria se alejara por decisión propia.

Mientras Camila comenzaba a pensar en una nueva estrategia, Valeria y Adrián salieron del restaurante. Había llovido poco antes y el pavimento todavía estaba húmedo. Adrián bromeó con mantenerse lejos de cualquier charco y Valeria recordó inevitablemente el día en que se conocieron. En apenas unas semanas aquel accidente absurdo había colocado en su vida a un hombre que pertenecía a un mundo completamente distinto al suyo.

Caminaron hasta un pequeño parque cercano. Valeria le contó los resultados preliminares del proyecto y Adrián celebró la noticia sin intentar convertirla en algo relacionado con él. Después hablaron de Elena. Los nuevos estudios no mostraban una emergencia inmediata, pero el cardiólogo había recomendado ajustar el tratamiento y realizar controles más frecuentes. Adrián preguntó si necesitaba algo. Valeria respondió que no, y él no insistió.

Aquello también había cambiado.

Al principio, Adrián intentaba solucionar cualquier dificultad en cuanto aparecía. Ahora comenzaba a comprender que algunas veces ayudar significaba simplemente estar presente.

Se detuvieron cerca de una zona iluminada del parque. La conversación se apagó con naturalidad y ninguno pareció tener prisa por romper el silencio. Adrián levantó una mano y apartó con cuidado un mechón del rostro de Valeria. No avanzó más. Esperó.

Valeria comprendió la pregunta que no había pronunciado.

Durante semanas había tratado de mantener una distancia prudente. Primero estuvo el apellido Castillo, después Camila, las amenazas y los secretos familiares. Había suficientes razones para marcharse antes de involucrarse demasiado.

También había una razón para quedarse.

Adrián había respetado cada límite que ella estableció.

Valeria acortó la distancia.

El beso fue breve y tranquilo, sin promesas imposibles ni declaraciones que todavía no podían hacerse. Cuando se separaron, Valeria sintió que algo había cambiado entre ellos. Ya no podían fingir que simplemente estaban compartiendo cafés mientras decidían qué ocurriría.

Ella había elegido continuar.

Adrián también.

A varios kilómetros de allí, Camila observaba una nueva fotografía en su teléfono. Esta vez no había sido tomada por orden suya. Uno de sus conocidos los había visto juntos y reconoció a Adrián.

La imagen mostraba el beso.

Camila amplió la fotografía y permaneció inmóvil unos segundos.

Después abrió el contacto de su padre.

Valeria Montenegro acababa de dejar de ser una curiosidad.

Ahora era un obstáculo.

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