El lunes llegó antes de que Valeria se sintiera preparada. Había pasado buena parte del fin de semana trabajando en la propuesta del Hospital Universitario y otra parte intentando no pensar en la amenaza que seguía guardada en su teléfono. Adrián había cumplido su palabra. No apareció frente a su casa, no envió seguridad para vigilarla y tampoco insistió en verla. Solo le informó que Daniel estaba tratando de rastrear el número desde el que recibió el mensaje. Para Valeria, aquel respeto era importante. Todavía estaba molesta porque él había ocultado la situación con Camila, pero al menos empezaba a demostrar que había entendido sus límites.
A las nueve de la mañana, Valeria entró en una pequeña sala de reuniones con su computadora y varias hojas impresas. Frente a ella estaban el licenciado Herrera, dos coordinadores administrativos y la doctora encargada del área de calidad. La propuesta era sencilla: crear un sistema de verificación durante los cambios de turno para reducir expedientes duplicados, citas modificadas y errores en la información de los pacientes. Valeria había usado casos reales del hospital para demostrar cuánto tiempo se perdía corrigiendo problemas que podían prevenirse desde el principio.
La reunión no resultó fácil. Uno de los coordinadores consideró que modificar el procedimiento significaría añadir más trabajo al personal. Valeria explicó que ocurriría lo contrario si el sistema funcionaba correctamente. Otra pregunta la obligó a reconocer un punto débil relacionado con la edición simultánea de registros. Recordó entonces la observación que Adrián había hecho durante la cena y presentó una solución que había investigado durante el fin de semana: establecer permisos diferentes según el área y registrar automáticamente cada modificación.
Durante casi cuarenta minutos defendió su propuesta sin pensar en Adrián, Camila ni los Castillo. Allí no era la muchacha fotografiada junto a un hombre rico. Tampoco la hija de una mujer enferma que contaba cada peso antes de entrar en una farmacia. Era una profesional intentando demostrar que tenía una buena idea.
Cuando terminó, Herrera pidió unos minutos para hablar con los demás. Valeria salió al pasillo con las manos frías y caminó hasta una máquina de agua. Había preparado respuestas para casi todas las preguntas, pero no podía controlar la decisión final. Diez minutos después la llamaron nuevamente.
El hospital aprobaría una prueba piloto durante treinta días.
Valeria tardó unos segundos en reaccionar. Si los resultados eran buenos, el procedimiento podría aplicarse en otras áreas y ella participaría en la coordinación del proyecto. Herrera le recordó que aquello implicaría más responsabilidad y trabajo adicional. Valeria aceptó antes de que terminara de explicarlo.
Al salir de la sala llamó a Elena. Su madre celebró la noticia con una alegría que hizo que Valeria olvidara durante un momento los estudios médicos pendientes. Después envió un mensaje a Adrián. No necesitó explicar demasiado. Él conocía la importancia de aquella propuesta y respondió casi inmediatamente felicitándola. También añadió que esperaba no atribuirse ningún mérito por la observación sobre los registros.
Valeria sonrió.
Por primera vez desde que recibió la amenaza, tuvo ganas de verlo.
Aceptó encontrarse con él al terminar su jornada, pero eligió el lugar: una cafetería concurrida a pocas calles del hospital. Adrián llegó sin conductor y sin ninguno de los hombres de seguridad que Valeria había temido encontrar. Tampoco intentó cambiar el sitio. Aquel comportamiento le confirmó que la conversación anterior no había caído en el vacío.
Hablaron primero del proyecto. Adrián escuchó mientras Valeria explicaba la prueba piloto y la posibilidad de que el sistema se extendiera si conseguía reducir errores. Ella esperaba algún comentario sobre contactos, inversiones o personas que él pudiera presentarle. No ocurrió. Adrián se limitó a felicitarla por haber conseguido que aprobaran una idea propia. Valeria agradeció que entendiera la diferencia.
Después llegó la conversación que ambos habían estado evitando. Daniel había descubierto que el número utilizado para amenazarla pertenecía a una línea comprada con información falsa. Sin embargo, parte del material enviado había circulado anteriormente por servidores utilizados por una agencia de comunicaciones vinculada a empresas de los Alcántara. No era suficiente para acusar directamente a Camila, pero tampoco parecía una coincidencia.
Valeria sintió un nudo en el estómago. Conocer a Adrián durante unos días había bastado para que una desconocida consiguiera su número, la siguiera y fotografiara. No quería imaginar hasta dónde podía llegar aquella situación si continuaba viéndolo.
Adrián no intentó convencerla de que no existía peligro. Reconoció que su familia y los Alcántara podían ser invasivos, y que él debía resolver el problema que había permitido crecer durante demasiado tiempo. También dejó claro que entendería si Valeria prefería alejarse.
La decisión le correspondía a ella.
Eso fue precisamente lo que inclinó la balanza.
Valeria no estaba dispuesta a iniciar una relación basada en secretos, pero tampoco quería permitir que una amenaza decidiera por ella. Le hizo saber que podían continuar conociéndose, sin prisas y sin promesas que ninguno estaba preparado para hacer. Adrián tendría que decirle la verdad incluso cuando fuera incómoda. Ella, por su parte, no permitiría que su apellido ni su dinero interfirieran con su trabajo o con Elena.
Adrián aceptó.
No hubo beso ni declaración romántica. Solo una decisión sencilla entre dos personas que sabían que acababan de complicarse la vida.
Mientras ellos salían de la cafetería, Ernesto Castillo estaba encerrado en su despacho observando unos documentos que Salcedo, su investigador privado, había conseguido recuperar de antiguos archivos empresariales. La información sobre Corporación Belmonte era incompleta. Elena Montenegro figuraba entre el personal administrativo, pero varios registros situaban su firma en documentos que normalmente no estaban disponibles para una empleada de su categoría.
Eso no era lo peor.
Faltaban páginas.
Salcedo había localizado referencias a un expediente personal de Elena y a varios documentos firmados durante los meses anteriores a la desaparición de Corporación Belmonte. El inventario confirmaba que esos papeles existieron, pero las copias habían desaparecido del archivo hacía aproximadamente veinticinco años.
Ernesto revisó las fechas una segunda vez.
Alguien había eliminado aquellos documentos mucho antes de que Valeria conociera a Adrián.
Pidió a Salcedo que averiguara quién tuvo acceso a los archivos originales y si quedaba alguna copia fuera del Grupo Castillo. La investigación debía mantenerse en secreto, incluso para Adrián.
Cuando terminó la llamada, Ernesto abrió nuevamente la fotografía de Valeria.
Hasta entonces había creído que el verdadero problema era impedir que su hijo arruinara la alianza con los Alcántara.
Ahora sabía que estaba equivocado.
El problema era el apellido Montenegro.
Y en algún lugar existían documentos que alguien se había tomado muchas molestias en hacer desaparecer.