CAPÍTULO 7 Ahora somos nosotros

Durante las semanas siguientes, Valeria y Adrián dejaron de necesitar excusas para verse. La chaqueta ya había sido devuelta, el accidente bajo la lluvia se había convertido en una anécdota y el café ocasional terminó transformándose en una rutina que ambos protegían como podían. Algunas veces se encontraban cerca del hospital durante el almuerzo. Otras, Adrián la esperaba al final de sus clases y caminaban juntos durante una hora antes de que Valeria regresara a casa. Ninguno intentaba acelerar aquello. Después de las amenazas, de Camila y de los secretos que Adrián había tardado demasiado en contar, avanzar lentamente parecía la única forma sensata de continuar.

El proyecto piloto también ocupaba buena parte del tiempo de Valeria. Los resultados seguían mejorando y el licenciado Herrera había comenzado a incluirla en reuniones que antes estaban reservadas para personal con más experiencia. Ella sabía que una prueba de treinta días no cambiaría su carrera de inmediato, pero era suficiente para demostrar que podía hacer algo más que seguir instrucciones. Adrián celebraba cada avance sin ofrecer contactos ni dinero, una lección que había aprendido después de varias conversaciones con ella. Valeria no quería que nadie pudiera atribuir sus logros al hombre con el que estaba saliendo.

Elena observaba aquella relación con una mezcla de curiosidad y cautela. Había conocido a Adrián brevemente cuando él acompañó a Valeria hasta el edificio una tarde y terminó ayudando a subir unas bolsas del supermercado. Elena fue amable, pero después le recordó a su hija que enamorarse de un hombre poderoso no eliminaba las diferencias entre sus mundos. Valeria lo sabía. Precisamente por eso no quería imaginar demasiado lejos. Le gustaba Adrián, disfrutaba estar con él y empezaba a confiar en lo que veía, pero todavía no estaba dispuesta a construir un futuro sobre unas pocas semanas felices.

Adrián, en cambio, tenía que enfrentar cada día las consecuencias de haber rechazado el futuro que su padre había diseñado. La cena con los Alcántara terminó peor de lo esperado. Frente a ambas familias dejó claro que no aceptaría ningún compromiso con Camila y que no quería volver a participar en conversaciones sobre un matrimonio entre ellos. Ernesto lo acusó de poner una relación reciente por encima de años de acuerdos empresariales. Adrián respondió que su negativa existía desde antes de conocer a Valeria. Por primera vez, Camila escuchó de su propia boca que no había nada que negociar.

El rechazo público cambió la situación. Los Alcántara abandonaron la cena antes del postre y Ernesto pasó varios días sin hablar con su hijo fuera de asuntos estrictamente empresariales. Algunas negociaciones conjuntas comenzaron a enfriarse. Adrián sabía que su padre intentaría responsabilizar a Valeria, aunque ella no había participado en ninguna de aquellas decisiones. Por eso decidió no contarle todos los detalles inmediatamente. Esta vez, sin embargo, comprendió el riesgo de repetir antiguos errores y terminó explicándole lo sucedido antes de que pudiera enterarse por otra persona.

Valeria no celebró la ruptura entre ambas familias. Le preocupaba que Adrián estuviera perdiendo alianzas importantes por una guerra que podía terminar alcanzándolos a los dos. Él le explicó que aquellas relaciones comerciales habían funcionado durante años sin necesidad de un matrimonio y que cualquier acuerdo incapaz de sobrevivir a su negativa nunca había sido tan sólido como Ernesto pretendía.

Esa noche se encontraron en el malecón. Habían pasado varios días sin verse por sus horarios y la tensión entre ellos desapareció casi en cuanto comenzaron a caminar. Adrián le contó que estaba cansado de hablar de Valeria como si fuera una situación temporal que necesitaba explicar a todo el mundo. Durante semanas habían evitado ponerle un nombre a lo que estaban construyendo, en parte por prudencia y en parte porque ambos temían que definirlo añadiera una presión innecesaria.

Valeria entendió lo que quería decir antes de que terminara.

También llevaba días haciéndose la misma pregunta.

No quería ser el secreto de Adrián ni la mujer que aparecía en fotografías clandestinas mientras su familia continuaba actuando como si Camila siguiera ocupando un lugar en su futuro. Pero tampoco pretendía iniciar una relación para demostrarle algo a los Castillo o a los Alcántara. Si daban ese paso tenía que ser porque ambos lo querían.

Adrián dejó claro que eso era exactamente lo que buscaba. No quería esconderla ni usarla para desafiar a Ernesto. Quería que fuera su pareja porque, después de semanas conociéndola, era la persona a la que deseaba llamar al final del día, contarle lo que había ocurrido y escuchar incluso cuando discutían.

Valeria sonrió. No necesitaba una declaración perfecta. Prefería aquella verdad sencilla.

Aceptó.

A partir de esa noche dejaron de hablar de lo que tenían como algo indefinido.

Eran pareja.

La decisión no produjo un cambio espectacular. Adrián no publicó fotografías ni Valeria anunció nada en sus redes. Simplemente dejaron de tratar lo que sentían como algo provisional. Para ella, aquella tranquilidad tenía más valor que cualquier gesto exagerado.

Sin embargo, mantenerlo en privado resultó imposible durante mucho tiempo.

Dos días después, una fotografía de ambos saliendo de un restaurante comenzó a circular entre personas relacionadas con el Grupo Castillo. No había beso ni nada comprometedor, pero Adrián llevaba la mano apoyada en la espalda de Valeria y la cercanía entre ellos era evidente. La imagen llegó a Ernesto antes del mediodía.

Esta vez no llamó a su investigador.

Tampoco llamó a los Alcántara.

Esperó a que Adrián llegara a su oficina.

La conversación duró menos de diez minutos. Ernesto quería saber si la relación con Valeria era seria. Adrián respondió que sí. Su padre permaneció en silencio durante unos segundos y después hizo algo que Adrián no esperaba.

Pidió conocerla.

No se trataba de una invitación amable. Ernesto quería verla dentro de su casa, frente a la familia Castillo, donde pudiera evaluar personalmente a la mujer que había conseguido permanecer junto a su hijo después de semanas de presión.

Adrián sospechó inmediatamente que existía una segunda intención, pero negarse solo permitiría que Ernesto continuara construyendo una imagen de Valeria sin conocerla.

Aquella noche se lo contó.

Valeria permaneció en silencio mientras entendía lo que significaba.

Hasta ese momento había conocido a Adrián lejos de su apellido.

Ahora tendría que entrar directamente en el mundo Castillo.

Y Ernesto ya sabía mucho más sobre ella de lo que estaba dispuesto a admitir.

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