Valeria pasó todo el día diciéndose que aquella cena no debía importarle tanto. Ya conocía a Adrián, sabía lo que sentía cuando estaba con él y no necesitaba la aprobación de su familia para decidir si quería continuar a su lado. Sin embargo, mientras se preparaba frente al espejo, comprendió que no era tan sencillo. Ernesto Castillo había investigado su vida, conocía las deudas médicas de Elena y sabía incluso dónde había trabajado su madre veinticinco años atrás. Entrar voluntariamente en su casa significaba sentarse frente a un hombre que probablemente sabía más sobre ella de lo que ella sabía sobre él.
Elena la ayudó a escoger un vestido sencillo que Valeria ya tenía desde hacía tiempo. No era de diseñador ni necesitaba serlo. Después de probarse dos opciones, eligió uno azul oscuro y unos zapatos que podía llevar durante varias horas sin arrepentirse. Elena percibió sus nervios, pero evitó convertir aquella noche en algo más grande de lo que era. Solo le recordó que no debía intentar parecerse a las personas que encontraría allí. Si Adrián la había elegido como pareja, tendría que aprender también a defender esa elección frente a su familia.
Adrián llegó puntual. Cuando Valeria bajó del edificio, él la observó durante un segundo más de lo normal y sonrió. Ella notó que llevaba un traje diferente a los que usaba en la oficina y comprendió que él también estaba nervioso, aunque intentara ocultarlo. Durante el trayecto explicó que su madre estaría presente y que Ernesto había prometido mantener la cena en un ambiente familiar. Valeria no confió demasiado en aquella promesa. Los hombres capaces de contratar investigadores privados no solían organizar reuniones inocentes.
La residencia de los Castillo confirmó de inmediato la distancia entre ambos mundos. No era simplemente una casa grande. Todo parecía diseñado para recordar a quien entrara que aquella familia llevaba generaciones acumulando dinero, influencia y seguridad. Valeria observó obras de arte, fotografías antiguas y empleados que conocían exactamente cuándo aparecer y cuándo desaparecer. No permitió que nada de aquello modificara su comportamiento. Había pasado demasiadas noches contando dinero para comprar medicamentos como para sentirse menos por no haber nacido entre paredes costosas.
La madre de Adrián fue la primera en recibirlos. Su trato resultó correcto, incluso amable, aunque Valeria percibió cierta cautela detrás de cada pregunta. Quiso saber sobre sus estudios, el hospital y Elena. Valeria respondió con naturalidad, evitando dar más información de la necesaria. Ernesto apareció pocos minutos después. Saludó sin hostilidad, pero también sin el menor intento de fingir entusiasmo. Su mirada recorrió a Valeria con una calma que le recordó inmediatamente el expediente que sabía que existía sobre ella.
Durante los primeros minutos, la conversación se mantuvo en temas generales. Adrián habló del hospital y mencionó el proyecto piloto de Valeria. Ella habría preferido que no lo hiciera, pero pronto comprendió que no estaba presumiendo de ella. Simplemente quería que su familia conociera aquello que más admiraba de su trabajo. Ernesto se interesó de inmediato y comenzó a hacer preguntas sobre los resultados, los costos y la posibilidad de aplicar el sistema a mayor escala. Valeria respondió sin dificultad. Era terreno conocido y, por unos minutos, dejó de sentirse como una invitada sometida a evaluación.
La situación cambió cuando Ernesto preguntó por Elena.
Quiso saber cuánto tiempo llevaba enferma, dónde recibía tratamiento y si Valeria era responsable de todos los gastos. Las preguntas parecían corteses, pero eran demasiado específicas. Adrián intervino antes de que ella tuviera que hacerlo.
«Papá, eso no es asunto tuyo.»
Ernesto respondió que solo intentaba conocer a la familia de la mujer que estaba saliendo con su hijo. Valeria decidió no permitir que Adrián peleara por ella cada vez que algo la incomodara.
«Mi madre lleva varios años en tratamiento. Nos ocupamos de ello juntas y no necesitamos ayuda económica.»
La respuesta produjo un silencio breve. Ernesto la observó con una expresión difícil de interpretar. Valeria sospechó que esperaba encontrar vergüenza cuando hablara de dinero. No la encontró. Había dificultades en su vida, pero ninguna razón para sentirse avergonzada de ellas.
La madre de Adrián cambió el tema y preguntó por los padres de Valeria. Ella explicó que Rafael Montenegro había muerto cuando era pequeña y que Elena la había criado prácticamente sola desde entonces. La reacción de Ernesto fue mínima, apenas una ligera tensión en el rostro, pero Adrián volvió a notarla. Desde que descubrió la antigua relación de Elena con Corporación Belmonte, su padre se comportaba de forma extraña cada vez que escuchaba su nombre.
Valeria no sabía nada de eso.
Para ella, Elena había trabajado en distintas empresas antes de que naciera y nunca había mostrado interés en hablar de aquella etapa de su vida. Si Ernesto conocía a su madre, no lo mencionó. En lugar de eso, preguntó cuánto tiempo pensaba continuar en el hospital antes de buscar un puesto mejor remunerado en una empresa privada.
Valeria respondió que no había elegido la administración sanitaria para abandonar el sector en cuanto apareciera un salario mayor. Quería crecer profesionalmente, pero su objetivo seguía siendo dirigir algún día una institución capaz de ofrecer atención eficiente sin olvidar a las personas.
Por primera vez aquella noche, la madre de Adrián sonrió con verdadera aprobación.
Ernesto no hizo ningún comentario.
Adrián, en cambio, apoyó discretamente una mano sobre la de Valeria debajo de la mesa. Ella entendió el gesto sin necesidad de mirarlo. No necesitaba que la defendiera, pero agradecía saber que no estaba enfrentando sola aquella prueba.
La cena todavía no había comenzado formalmente cuando un empleado se acercó a Ernesto para avisarle que habían llegado otros invitados. Adrián frunció el ceño. Su padre había asegurado que sería una reunión familiar.
Ernesto se levantó sin mostrar sorpresa.
Valeria supo inmediatamente que algo estaba mal.
Las voces llegaron desde el vestíbulo segundos después.
Adrián reconoció una de ellas y apartó la mano de la mesa.
Camila Alcántara entró acompañada por sus padres.
Vestía con una elegancia calculada y caminaba como alguien que conocía perfectamente aquella casa. Saludó primero a la madre de Adrián, después a Ernesto y finalmente dirigió la mirada hacia Valeria.
No parecía sorprendida de encontrarla allí.
Eso fue lo que más inquietó a Valeria.
Adrián se puso de pie.
«Me dijiste que sería una cena familiar.»
Ernesto sostuvo la mirada de su hijo.
Para él, los Alcántara también eran familia.
Camila se acercó a la mesa y sonrió a Valeria por primera vez.
La mujer que había ocupado durante semanas el centro de tantas amenazas, discusiones y secretos estaba finalmente frente a ella.
Y Valeria comprendió que la verdadera cena apenas estaba comenzando.