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CAPÍTULO 11 El nombre de Elena Montenegro

Ernesto Castillo no esperó al día siguiente. A primera hora ordenó a Salcedo que localizara cualquier persona que hubiera trabajado en Corporación Belmonte durante los años en que Elena Montenegro aparecía en los registros. No quería informes resumidos ni bases de datos incompletas. Necesitaba saber por qué una empleada administrativa tenía autorización para entrar al piso ejecutivo y, sobre todo, quién había solicitado su expediente seis meses atrás. Mientras más información aparecía, menos creía que la relación entre Valeria y Adrián fuera una simple coincidencia.

Salcedo consiguió una primera respuesta esa misma tarde. Un antiguo responsable de archivos de Belmonte seguía vivo y residía fuera de Santo Domingo. Su memoria era irregular, pero recordaba algunos nombres. Elena Montenegro estaba entre ellos. Según explicó, no ocupaba un cargo importante en el organigrama, aunque Esteban Belmonte confiaba en ella más de lo que indicaban los documentos oficiales. Elena llevaba correspondencia privada, entregaba expedientes y tenía acceso a reuniones a las que otros empleados de su nivel jamás entraban. Cuando la empresa comenzó a tener problemas, desapareció de los registros casi de un día para otro.

Ernesto leyó el informe dos veces. Aquello coincidía con recuerdos que llevaba años evitando. Había visto a Elena en las oficinas de Belmonte cuando todavía era joven y acompañaba a su propio padre en negociaciones. No sabía qué función cumplía, pero recordaba que Esteban Belmonte la trataba con una familiaridad poco habitual. Después llegó la crisis, las deudas, las ventas apresuradas y la desaparición de la compañía. El Grupo Castillo adquirió parte de aquellos activos y, con el paso de los años, Belmonte terminó convertido en poco más que un nombre dentro de archivos antiguos.

Pero alguien había vuelto a buscarlo.

Salcedo todavía no podía identificar a la persona que solicitó el expediente seis meses atrás. La petición había sido realizada por medio de un despacho jurídico que ya no operaba con el mismo nombre. Lo único seguro era que el interesado había buscado específicamente documentos relacionados con Elena Montenegro, no información general sobre Corporación Belmonte.

Ernesto ordenó seguir la pista en silencio. Adrián no debía saber nada.

Mientras tanto, Valeria vivía un día completamente distinto. Los resultados de su proyecto piloto habían mejorado y Herrera le permitió presentar una actualización ante otro grupo administrativo. Era un avance pequeño, pero importante. Algunas personas que antes apenas conocían su nombre comenzaron a pedirle información sobre el sistema. Valeria disfrutaba aquella sensación porque provenía de algo que había construido sola. En medio del ruido provocado por los Castillo, el hospital seguía siendo el lugar donde podía recordar quién quería ser.

La tranquilidad duró hasta que Elena la llamó durante el almuerzo. Había recibido una comunicación extraña en casa. Un hombre preguntó por antiguos documentos laborales y mencionó Corporación Belmonte. Elena afirmó que había terminado la llamada de inmediato, pero su voz sonaba más alterada de lo normal.

Valeria conocía muy poco de aquella empresa. Recordaba haber escuchado el nombre alguna vez cuando era niña, aunque nunca había mostrado interés por los trabajos anteriores de su madre. Ahora todo parecía conectarse de una manera incómoda: Ernesto investigaba a Elena, alguien había registrado la casa semanas atrás y aparecían preguntas sobre una compañía desaparecida hacía décadas.

Al terminar su jornada, Valeria fue directamente a casa.

Encontró a Elena organizando medicamentos en la cocina. Intentó abordar el tema con calma, pero la reacción de su madre fue inmediata. Elena aseguró que Belmonte había sido únicamente un empleo antiguo y que no existía razón para preocuparse. Valeria no le creyó. Había visto aquel mismo gesto otras veces, especialmente cuando Elena quería protegerla de una noticia médica o económica.

Esta vez insistió.

Elena terminó admitiendo que trabajó varios años para la compañía y que conoció personalmente a Esteban Belmonte. No quiso explicar mucho más. Según ella, aquellos años estaban llenos de problemas que prefería dejar enterrados. Cuando Valeria preguntó por qué alguien buscaría sus archivos después de tanto tiempo, Elena no tuvo una respuesta convincente.

Valeria decidió no presionarla más por su salud, pero comprendió algo importante: su madre estaba ocultando información.

Esa noche se lo contó a Adrián. No mencionó la conversación completa, solo que alguien había llamado preguntando por el pasado laboral de Elena y que el nombre Belmonte comenzaba a aparecer con demasiada frecuencia. Adrián reconoció el nombre de inmediato porque lo había visto en los documentos de su padre. Dudó unos segundos antes de hablar, pero recordó la promesa que había hecho de no volver a ocultarle información.

Le explicó que Ernesto también estaba investigando Corporación Belmonte.

Valeria quedó en silencio.

Aquello cambiaba la situación. Si su madre no tenía importancia dentro de aquella empresa, no existía ninguna razón para que Ernesto Castillo gastara tiempo y dinero investigando su pasado veinticinco años después.

Adrián prometió averiguar qué sabía su padre, aunque no confiaba en obtener una respuesta directa. Valeria le pidió una sola cosa: si encontraba información sobre Elena, debía entregársela primero a ella. No quería volver a descubrir fragmentos de la vida de su madre a través de expedientes ajenos.

Adrián aceptó.

En otro punto de la ciudad, Camila Alcántara también tenía un expediente abierto sobre Valeria. Después del fracaso de la cena y de enterarse de que Ernesto no había conseguido comprarla, comprendió que presionarla directamente solo fortalecía la relación con Adrián. Necesitaba atacar algo que Valeria protegiera más que aquella relación.

Su carrera era la respuesta.

Camila revisó los informes sobre el hospital y descubrió el proyecto piloto que Valeria coordinaba. También encontró fotografías recientes de Adrián entrando y saliendo de la zona varias veces. No importaba que nunca hubiera intervenido en el proyecto. Para destruir una reputación no siempre hacía falta demostrar una mentira. Bastaba con lograr que suficientes personas comenzaran a preguntarse si podía ser cierta.

Contactó a una persona vinculada a una página digital de noticias locales y le hizo llegar información de forma anónima. No pidió que publicaran una acusación directa. Solo sugirió investigar cómo una estudiante en prácticas había obtenido tanta atención dentro de un hospital al mismo tiempo que comenzaba una relación con uno de los herederos empresariales más conocidos del país.

La pregunta era venenosa precisamente porque parecía inocente.

A la mañana siguiente, Valeria llegó al Hospital Universitario sin saber nada.

Notó las primeras miradas antes de entrar al ascensor.

Dos empleados dejaron de hablar cuando pasó junto a ellos. Una compañera evitó sostenerle la mirada y otra revisó el teléfono antes de observarla con expresión incómoda.

Valeria siguió caminando hasta que Herrera salió de su oficina con el rostro serio.

Le pidió que entrara.

Sobre el escritorio había una publicación abierta en una computadora.

El titular no afirmaba que Valeria hubiera recibido favores.

Solo hacía una pregunta:

¿Influencia empresarial detrás del nuevo proyecto del Hospital Universitario?

Debajo aparecía una fotografía de Adrián Castillo.

Y otra de Valeria Montenegro.

En menos de una mañana, el trabajo que había tardado semanas en construir acababa de convertirse en sospecha.

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