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CAPÍTULO 10 El precio para desaparecer

Valeria recibió la invitación de Ernesto Castillo dos días después de la cena. No llegó por medio de Adrián ni mediante una llamada personal. Una asistente del Grupo Castillo se comunicó con ella y pidió una reunión privada en un restaurante cercano al hospital. Valeria comprendió de inmediato que aquello no tenía nada que ver con disculpas. Después de pensarlo durante unos minutos, aceptó. Si Ernesto quería decirle algo, prefería escucharlo de frente. No se lo contó a Adrián antes del encuentro porque no quería que apareciera para impedirlo. Aquella conversación era entre ella y el hombre que llevaba semanas intentando decidir si era digna de estar junto a su hijo.

Ernesto ya estaba esperando cuando Valeria llegó. Había elegido una mesa apartada, pero visible desde el resto del restaurante. Valeria agradeció ese detalle. Después de las amenazas y las fotografías, no pensaba encerrarse en una oficina privada con nadie relacionado con los Castillo o los Alcántara. Se sentó frente a él y rechazó el café que le ofrecieron. Tenía menos de una hora antes de regresar al hospital y no estaba dispuesta a convertir aquella reunión en una larga ceremonia de cortesía.

Ernesto tampoco perdió demasiado tiempo. Comenzó reconociendo que la cena había sido incómoda y que Camila había llevado algunas preguntas demasiado lejos. Sin embargo, su tono dejó claro que no estaba arrepentido de haber permitido la situación. Según él, Adrián tenía responsabilidades que Valeria todavía no comprendía. El Grupo Castillo mantenía miles de empleos, inversiones y acuerdos que podían verse afectados por decisiones personales. La relación con los Alcántara no dependía exclusivamente de un matrimonio, pero la unión de ambas familias habría garantizado estabilidad durante muchos años.

Valeria escuchó sin interrumpir. Ya conocía aquel argumento. Lo había oído indirectamente a través de Adrián y había visto cómo Ernesto lo utilizaba para convertir la vida de su hijo en una extensión de la empresa. Cuando él terminó, Valeria le recordó que ella nunca había pedido participar en esos acuerdos. Tampoco había conocido a Adrián sabiendo quién era. Si la alianza entre dos familias dependía de que un hombre se casara con una mujer que no amaba, ese problema existía mucho antes de que ella apareciera.

Ernesto la observó durante unos segundos y cambió de estrategia. Habló de Elena, del costo de sus tratamientos y de las dificultades que suponía mantener una casa mientras Valeria todavía estudiaba. Mencionó incluso algunos gastos médicos recientes. La precisión de los datos produjo en ella más indignación que vergüenza. Ernesto había investigado hasta los detalles más delicados de la vida de su madre y ahora pretendía utilizarlos para conseguir algo.

Entonces colocó un sobre sobre la mesa.

Valeria no lo tocó.

Dentro había un cheque.

La cantidad era suficiente para pagar durante años los tratamientos de Elena, cubrir las deudas que ambas arrastraban y permitirle terminar sus estudios sin preocuparse por trabajar al mismo tiempo. Durante un instante, Valeria sintió el peso real de aquella cifra. Pensó en los medicamentos que había dejado de comprar para ella misma porque el dinero no alcanzaba, en las veces que Elena había dicho que se encontraba bien para evitar otra consulta y en todas las noches en que ambas habían hecho cuentas sobre una mesa pequeña.

Ernesto interpretó su silencio como una señal de que finalmente había encontrado el punto débil.

«Puede resolver muchos problemas con ese dinero.»

Valeria levantó la mirada.

«¿Qué tendría que hacer?»

Ernesto respondió sin rodeos. Terminar la relación con Adrián, dejar de verlo y no volver a involucrarse con la familia Castillo. No le importaba qué explicación utilizara. Podía decir que las diferencias entre ellos eran demasiado grandes o que había decidido concentrarse en su carrera. Si lo hacía, el dinero sería suyo y nadie volvería a investigar a Elena.

La última frase cambió algo dentro de Valeria.

Ya no era una oferta.

Era una advertencia.

Tomó el sobre y Ernesto creyó durante un segundo que había ganado. Valeria lo abrió, miró la cifra y volvió a colocar el cheque delante de él.

«Mi madre necesita tratamiento. No necesita que yo me venda para pagarlo.»

Ernesto permaneció inmóvil.

Valeria continuó antes de que pudiera responder. Le dejó claro que su relación con Adrián podía terminar algún día. Podían descubrir que eran demasiado diferentes o simplemente dejar de quererse. Pero si eso ocurría, sería una decisión de ellos. No de Ernesto Castillo, no de Camila Alcántara y mucho menos de un cheque.

Se levantó de la mesa.

Ernesto intentó advertirle que la vida junto a Adrián sería mucho más difícil de lo que imaginaba. Valeria ya lo sabía. Lo que él todavía no parecía entender era que haber crecido sin dinero no significaba estar dispuesta a hacer cualquier cosa por conseguirlo.

Regresó al hospital con el corazón acelerado. Durante el trayecto estuvo tentada a guardar silencio. Adrián ya enfrentaba suficientes problemas con su padre y aquella conversación podía empeorar la relación entre ambos. Después recordó lo que había exigido desde el principio: ninguna verdad a medias.

Lo llamó.

Adrián llegó al hospital después de su jornada y Valeria le contó exactamente lo ocurrido. No omitió el dinero, la información médica utilizada por Ernesto ni la condición para recibirlo. La furia apareció inmediatamente en el rostro de Adrián, pero Valeria le pidió que no convirtiera aquello en otra pelea por ella. Si enfrentaba a Ernesto debía hacerlo porque él mismo consideraba inaceptable la conducta de su padre.

Adrián entendió la diferencia.

Esa misma noche entró en el despacho de Ernesto y dejó el cheque sobre su escritorio. La discusión fue breve y mucho más fría que las anteriores. Adrián no gritó. Solo dejó claro que si su padre volvía a investigar la salud de Elena o intentaba comprar a Valeria, la relación entre ellos dejaría de limitarse a desacuerdos familiares.

Ernesto esperaba que su hijo terminara defendiendo a Valeria.

Lo que no esperaba era que ella rechazara el dinero.

Después de que Adrián se marchara, permaneció solo en el despacho observando el cheque. Había conocido personas capaces de vender información, amistades y lealtades por cantidades mucho menores. Valeria tenía problemas económicos reales y aun así había devuelto una suma capaz de cambiar su vida.

Eso eliminaba una explicación cómoda.

Si no estaba con Adrián por dinero, Ernesto tendría que encontrar otra manera de separarlos.

El teléfono sonó poco antes de la medianoche.

Era Salcedo.

El investigador había localizado un archivo externo relacionado con Corporación Belmonte. No contenía el expediente completo de Elena, pero sí un antiguo registro de seguridad. Durante varios meses, Elena Montenegro había tenido autorización para entrar al piso ejecutivo y consultar documentos reservados de Esteban Belmonte.

Aquello no correspondía a una simple empleada administrativa.

Ernesto dejó de mirar el cheque.

Salcedo añadió que existía una referencia a un segundo expediente, uno que nunca había sido transferido a los archivos del Grupo Castillo.

Y alguien había solicitado una copia de ese mismo expediente hacía apenas seis meses.

Ernesto sintió que el problema acababa de cambiar.

Ya no se trataba únicamente de sacar a Valeria de la vida de Adrián.

Alguien más estaba buscando el pasado de Elena Montenegro.

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