Valeria despertó pensando que el encuentro del día anterior había sido demasiado extraño para repetirse. Tenía otras preocupaciones más importantes: los nuevos estudios de Elena, la propuesta que debía preparar para el hospital y una cuenta de medicamentos que parecía crecer cada mes. Aun así, cuando tomó el teléfono y encontró un mensaje de Adrián, sonrió antes de poder evitarlo. Él quería saber si los documentos habían sobrevivido y, después de intercambiar algunos mensajes, la invitó a cenar aquella misma noche.
Valeria no respondió de inmediato. Le gustaba Adrián, aunque admitirlo después de conocerlo durante apenas unas horas le parecía absurdo. También sabía muy poco sobre él. Tenía dinero, trabajaba en una empresa familiar y estaba acostumbrado a resolver problemas con facilidad. Eso no bastaba para subir nuevamente a su automóvil y marcharse a cenar. Antes de aceptar, le pidió su nombre completo. La respuesta llegó segundos después: Adrián Castillo.
El apellido despertó algo en su memoria. Valeria abrió el buscador del teléfono y escribió el nombre completo. No necesitó revisar demasiados resultados. Fotografías de eventos empresariales, entrevistas y noticias aparecieron en la pantalla. Adrián Castillo no era simplemente un hombre que trabajaba para la compañía de su familia. Era hijo de Ernesto Castillo, vicepresidente ejecutivo del Grupo Castillo y uno de los posibles sucesores del conglomerado.
Valeria dejó el teléfono sobre la cama. De pronto, el automóvil, el traje y la seguridad de Adrián adquirieron otro significado. Lo que más la incomodó no fue descubrir que tenía dinero, sino recordar cómo había evitado mencionar el nombre de la empresa durante el café. Podía existir una explicación razonable, pero no le gustaba empezar a conocer a alguien sintiendo que debía investigar para completar las partes que había decidido callar.
Elena notó su expresión durante el desayuno. Valeria terminó contándole que el hombre de la lluvia la había invitado a cenar y que acababa de descubrir quién era. Su madre conocía el apellido Castillo, como casi cualquiera que hubiera vivido suficiente tiempo en Santo Domingo. En lugar de emocionarse por la posición de Adrián, le recomendó precaución. El dinero podía facilitar muchas cosas, pero también podía complicar relaciones que apenas empezaban.
Valeria estuvo de acuerdo. Aceptaría la cena, pero no pensaba fingir que no había descubierto la verdad.
El resto del día transcurrió entre el hospital y la propuesta que debía entregar. El licenciado Herrera le pidió algunos datos adicionales sobre los registros duplicados y Valeria agradeció tener suficiente trabajo para mantener la cabeza ocupada. Aun así, cada vez que miraba la hora recordaba que esa noche tendría delante al hombre cuyo apellido aparecía en edificios, empresas y noticias.
Adrián llegó puntual al lugar acordado, un restaurante frente al mar que no era tan ostentoso como Valeria había imaginado. Había mesas al aire libre, música suave y suficiente gente alrededor para hacerla sentir cómoda. Ella había insistido en llegar por su cuenta, y él no discutió.
La primera mirada entre ambos dejó claro que la atracción del día anterior seguía allí. Sin embargo, Valeria no permitió que eso borrara la conversación pendiente. Apenas se sentaron, le hizo saber que había buscado su nombre.
Adrián comprendió de inmediato.
No intentó negar nada. Admitió que debería haberle contado quién era desde el principio, pero había disfrutado de unas horas en las que alguien lo trataba sin tener en cuenta el apellido Castillo. No pretendía engañarla. Simplemente había querido conservar aquella normalidad un poco más.
Valeria podía comprenderlo, pero no justificarlo por completo. Le explicó que no le interesaba cuánto dinero tenía ni qué cargo ocupaba. Lo que sí le importaba era decidir si podía confiar en la persona que tenía delante. Si deseaba seguir conociéndola, tendría que permitirle hacerlo con información real.
Adrián aceptó sin discutir.
Aquella reacción redujo parte de su molestia.
La cena avanzó con mayor naturalidad después de eso. Adrián quiso saber cómo iba la propuesta del hospital y Valeria terminó explicándole algunos problemas del sistema. Él señaló una dificultad que ella no había considerado: si dos empleados podían editar un registro al mismo tiempo, el nuevo sistema también podría generar errores. Valeria anotó la observación en su teléfono para investigarla después.
A cambio, ella quiso saber por qué Adrián parecía tan aliviado cuando hablaba de cualquier cosa que no estuviera relacionada con su familia. Él evitó entrar en detalles, pero reconoció que su padre esperaba demasiado de él y que estaban enfrentados por una decisión importante. No dijo que se trataba de un matrimonio con Camila Alcántara.
Valeria percibió que todavía se guardaba algo.
No insistió.
Había decidido darle una oportunidad, no exigirle toda su vida durante la segunda cita.
Después de cenar caminaron por el paseo frente al mar. La noche estaba despejada y el viento hacía más soportable el calor. Por primera vez desde que conoció a Adrián, Valeria no pensó en la diferencia entre sus vidas. Él tampoco parecía el heredero de un conglomerado. Era simplemente un hombre caminando junto a ella, escuchando sus planes y haciendo preguntas que demostraban que realmente prestaba atención.
En un momento, Adrián le pidió que no abandonara su sueño de dirigir un hospital, incluso si el camino terminaba siendo más difícil de lo esperado. Valeria sonrió. Nadie fuera de Elena había hablado de aquel sueño como si realmente pudiera convertirse en algo concreto.
Ella le pidió algo a cambio: que enfrentara el problema que tenía con su familia en lugar de continuar huyendo cada vez que aparecía.
Adrián aceptó.
No hicieron grandes juramentos. Eran dos personas que apenas comenzaban a conocerse y ambos lo sabían. Aun así, cuando sus manos se rozaron durante el paseo, ninguno se apartó. Adrián terminó entrelazando sus dedos con los de Valeria y ella permitió que permanecieran así.
Más tarde, él la dejó en una esquina cercana a su casa. Valeria había decidido mantener su dirección exacta en privado y Adrián respetó nuevamente el límite.
Subió al apartamento todavía pensando en la cena.
El teléfono vibró antes de que pudiera abrir la puerta.
Esperó encontrar un mensaje de Adrián.
Era un número desconocido.
Había una fotografía tomada aquella misma noche. En ella, Adrián sostenía su mano junto al mar.
Debajo aparecía una sola advertencia:
Aléjate de Adrián Castillo. Esta es la única vez que te lo pediré.
La sonrisa de Valeria desapareció.
Miró hacia la calle.
Por primera vez comprendió que conocer a Adrián podía traer consigo algo mucho más peligroso que un corazón roto.