Iván Mendoza estaba sentado detrás de un escritorio sucio y astillado, en un galpón que había convertido en su nuevo cuartel. El lugar olía a grasa rancia, pólvora y sudor. Varias cajas de municiones abiertas estaban desperdigadas en el suelo, junto con botellas vacías de alcohol y trozos de metal oxidado.
Sus hombres iban y venían, cargando armas, revisando mapas y listas. En un rincón, un par de tipos jugaban a las cartas sobre una tabla improvisada, con rostros ajados por noches interminable