Sofía estaba sentada en uno de los bancos improvisados del refugio, sosteniendo una taza humeante de agua con unas hierbas que Sarah había preparado. No sabía si calmaba algo realmente, pero le gustaba sentir el calor contra sus manos frías.
Sus ojos estaban fijos en Santi. Él dormía en un colchón al otro lado de la sala, envuelto en mantas raídas, con la cabeza apenas girada hacia el costado. Aun así, incluso dormido, parecía preparado para saltar. Sus manos asomaban de la manta, tensas, como