La noche aún cubría el bosque como un manto denso y húmedo. Dentro de la cabaña, las luces eran tenues y cálidas. Santi estaba de pie, con la recortada de caño corto entre sus manos, observando el arma con la que una vez Víctor Mendoza se creyó invencible. La misma escopeta que ahora reposaba entre sus dedos, pesada, letal y cargada de una promesa.
—Esta vez no va a morir nadie —dijo con firmeza—. No vamos a perder a nadie más.
Todos lo miraban. En la mesa había mapas, anotaciones, nombres de p