El amanecer filtraba una luz tenue por las rendijas de las paredes de concreto. Aquel refugio improvisado, con sus sombras danzantes y su silencio expectante, se convertía en testigo de las emociones que crecían como raíces entre los escombros. Sofía, sentada sobre un colchón viejo al lado de una pequeña mesa, sostenía entre sus manos una taza de metal con café tibio. No bebía. Solo miraba el vapor perderse, como si allí flotaran sus pensamientos.
Sarah entró con paso tranquilo, con los labios