La habitación estaba en penumbras. El suave vaivén de la cortina acariciando la ventana era lo único que interrumpía el silencio. Luna, con paciencia maternal, se había ofrecido a cuidar de Alma, dándole a Santi y Sarah un momento a solas. Un momento necesario.
Santi estaba sentado en la cama, con la espalda apoyada en la pared. A su lado, Sarah, abrazando una de las almohadas, lo miraba en silencio. Había una carga emocional suspendida entre los dos. No era incómoda, era densa… como un río de