La luz de la mañana no trajo claridad a la mansión Marchetti; trajo un aura de muerte.
Victtorio salió de su oficina como una bestia herida que finalmente ha encontrado el rastro de su presa. Su saco, mal abotonado, no era descuido, era la prisa de un hombre que ya no tiene tiempo para la cortesía. Su mandíbula estaba tan tensa que el roce de sus dientes crujía en el silencio del pasillo.
—Repítelo —ladró. No era una petición; era una orden que cortaba el aire como un látigo.
Carter, un hombre