Vega estaba en su oficina privada de una de sus propiedades, destruyendo documentos, cuando su teléfono rojo —la línea directa que solo una persona conocía— comenzó a vibrar. El Senador sintió un sudor frío recorrerle la espalda. Contestó con la mano temblorosa.
—¿Señor Presidente?
—¡Escúchame bien, Vega! —la voz al otro lado del teléfono era un rugido contenido, cargado de una autoridad letal—. Vi la conferencia. Vi las fotos de los muelles y las cuentas en las Islas Caimán. ¡Son una maldita h