La habitación estaba en penumbra.
El pitido suave del monitor marcaba el tiempo como una condena lenta. Aria abrió los ojos despacio, como si despertar fuera un esfuerzo que no deseaba hacer.
El techo no era el del lugar donde la habían tenido.
Eso lo entendió primero.
—Aria… —susurró una voz quebrada.
Ella giró apenas la cabeza.
Sofía estaba ahí.
Con los ojos rojos, el cabello desordenado, las manos aferradas a la baranda de la cama como si temiera que su hermana desapareciera otra vez.
—Estás