En la opulenta habitación de la residencia principal de los Marchetti, el aire estaba viciado por el perfume de jazmín y el rastro del incienso que Ginna había encendido. Estaba sentada frente al tocador, cepillando su cabello con una lentitud rítmica, casi hipnótica. La puerta se cerró con un clic definitivo. Alessandra, con la mejilla todavía encendida por el golpe de Elio, permanecía de pie como una estatua de mármol.
—Deja el teatro, Ginna —dijo Alessandra, su voz era un látigo de seda—. T