Desperté con el hueco frío a mi lado. No es que esperara encontrar su brazo rodeando mi cintura, ni su respiración acariciándome la nuca, pero una parte de mí —esa parte idiota que todavía creía en finales felices— lo había deseado. Solo un poco. Solo esta vez.
Me senté en la cama, envuelta en una sábana que aún olía a su piel. A madera quemada, a menta oscura y promesas rotas. La habitación estaba en silencio, pero no el tipo de silencio reconfortante, sino uno denso. Un silencio que pesaba co