La villa olía a sangre seca, pólvora, y algo peor: silencio.
Ese tipo de silencio que se instala como una lápida sobre los hombros, que pesa más que cualquier grito, porque guarda todo lo que se perdió… y todo lo que aún puede perderse.
Entramos por el ala oeste, donde las paredes seguían intactas, aunque las ventanas parecían mirarnos como ojos testigos de una masacre reciente.
Mi costado dolía con cada respiración, pero el dolor era útil. Me mantenía despierta. Humana. Presente.
Viktor no hab