El silencio en la sala de reuniones es tan espeso que podría cortarse con un cuchillo.
Sasha se mantiene de pie junto a la ventana, los brazos cruzados, la mandíbula apretada. El resto del equipo—Gregori, Illya, Nadia—evitan mirarme directamente, como si les diera miedo leerme. Lo entiendo. Estoy a punto de estallar.
—Quiero a Marina —digo—. Viva o muerta.
Nadia, tan eficiente como siempre, abre su libreta digital con una serenidad que casi me resulta insultante.
—¿Rastreamos por los últimos mo