La villa olía a humo y a hierro oxidado.
A derrota, aunque hubiésemos ganado.
Las alfombras lujosas estaban ennegrecidas por el fuego. Las paredes, marcadas por disparos y salpicaduras secas de una guerra interna. Caminé descalza por uno de los pasillos, arrastrando una manta sobre los hombros, como si eso pudiera protegerme de lo que ya había pasado.
Voces apagadas se oían en la planta baja. Los hombres de Viktor comenzaban a reagruparse. Algunos estaban heridos, otros simplemente rotos. Yo me