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Capítulo 40: Alianzas rotas y planes secretos.

La mansión en Nueva York se sentía más como una fortaleza sitiada que como un hogar esa mañana, con guardias apostados en cada esquina y el eco distante de explosiones recordando que la guerra chechena no daba tregua.

Viktor se paseaba por la oficina con el teléfono pegado al oído, su voz ronca y endurecida mientras confrontaba a Volkov, el padre de Anastasia, en una llamada que había estado posponiendo demasiado tiempo.

—Volkov, escúchame bien—, gruñó, su mandíbula tensa como un cable de acero, —tu hija fue un error del pasado, una distracción que casi me cuesta todo. Sofía es mi reina ahora, y si eso rompe nuestra alianza, que así sea. No voy a ceder ante tus amenazas veladas.

Al otro lado de la línea, Volkov respondió con una risa fría y calculada, confirmando lo que Viktor ya sospechaba, las rutas clave en Moscú estaban perdidas, cortadas como venas sangrantes, dejando a su operación expuesta y vulnerable. La guerra se ponía fea, con chechenos ganando terreno y aliados dispersándose como humo en el viento.

Sofía observaba desde el sofá de cuero, su presencia una ancla silenciosa en medio del caos, mientras procesaba el dolor fresco por la muerte de su padre.

No era un resentimiento constante que la consumiera, pero el grief la había endurecido, transformando su vulnerabilidad en una determinación afilada como una navaja.

Cuando Viktor colgó, lanzando el teléfono sobre el escritorio con un golpe sordo, ella se levantó con gracia deliberada y se acercó a él, sus dedos rozando su brazo en un toque que era a partes iguales consuelo y provocación.

—No todo está perdido—, murmuró con voz suave pero firme, inclinándose lo suficiente para que su aliento cálido rozara su cuello.

—Sugiero negociar con Leonid para contrarrestar esto. Él tiene contactos en las sombras que podrían cubrir las rutas perdidas, y si jugamos bien, podemos voltear la mesa contra Volkov y su hija vengativa.

Viktor la miró, sus ojos grises brillando con una mezcla de admiración y posesión, y asintió lentamente, reconociendo que sus ideas se habían convertido en un arma esencial en esta batalla.

La reunión con Leonid se organizó esa misma tarde en un café discreto del centro, un lugar neutral donde el socio guapo llegó con su sonrisa confiada y ojos verdes que se demoraban un segundo de más en Sofía.

Mientras Viktor exponía la ruptura con Volkov, Sofía intervino con sugerencias precisas, coqueteando sutilmente con Leonid para avivar los celos de Viktor y fortalecer su propio control, fue algo que se le ocurrió en un momento repentino, recordando que Viktor despertó celos por él cuando Anastasia lo llevó a la mansión y era la primera vez que Viktor se ponía así, y ahora... ahora quizá provocando, Viktor sienta esa molestia, esa espina en el costado, así que para provocar, Sofía se acerca a Leonid, un roce casual en el brazo del socio al pasar un mapa, una risa baja ante uno de sus comentarios ingeniosos, todo calculado para que Viktor sintiera el pinchazo sin explotar del todo.

—Leonid, tus ideas encajan perfectamente con las mías—, dijo ella con tono firme pero ligeramente juguetón, inclinándose hacia adelante para que sus palabras flotaran como una promesa velada.

Viktor tensó la mandíbula, su mano bajo la mesa apretando la de ella posesivamente, pero el acuerdo se selló, Leonid proporcionaría refuerzos y rutas alternativas a cambio de una porción mayor de los beneficios, un trato que equilibraba las pérdidas pero dejaba a Viktor dependiendo más de Sofía para navegar el tablero.

De regreso en la mansión, la tensión acumulada durante el día se desbordó en la oficina, donde Sofía decidió probar su poder de una forma más íntima. Cerró la puerta con un click suave, girándose hacia Viktor con una mirada que prometía tormenta y placer a partes iguales.

Ahora está gordita, se había convertido en la fruta prohibida de este hombre al que llaman jefe de mafia, rebajándolo un poco de su trono, y a él... parece que le encanta cuando Sofía toma el control.

—Has estado frío desde lo de mi padre, susurró, acercándose despacio para desabotonar su camisa con dedos deliberados, rozando su piel expuesta en toques que lo hicieron jadear.

Él intentó tomarla con urgencia, pero ella lo empujó contra el escritorio, montándose a horcajadas sobre él con una sonrisa victoriosa que mezclaba odio residual por su crueldad y una necesidad cruda que no podía negar.

Sus movimientos fueron lentos al principio, provocándolo con roces sugestivos que lo llevaron al borde una y otra vez, sus labios besando su cuello mientras susurraba promesas de control.

—Siente cómo te rompo, Viktor, pero solo porque yo lo permito—. Él gruñó, lágrimas de placer y frustración rodando por sus mejillas esculpidas, su cuerpo temblando bajo ella mientras el odio se transformaba en rendición absoluta, culminando en un clímax que los dejó a ambos exhaustos y entrelazados sobre el escritorio, respiraciones entrecortadas llenando el aire.

Mientras Viktor se recuperaba, murmurando palabras vulnerables sobre su necesidad de ella, Sofía planeaba en secreto usar el caos creciente para una "huida" temporal, no real sino estratégica, solo para probar los límites de su control y ver hasta dónde podía empujarlo sin romperlo del todo.

La guerra se intensificaba afuera, con informes de Dimitri confirmando ataques masivos chechenos en los suburbios, almacenes ardiendo y hombres cayendo como piezas sacrificadas en un juego cruel.

Sofía sintió un latido diferente en su pecho, un eco de algo que no quería admitir aún, pero que la impulsaba a actuar, no era solo venganza por su padre, sino una evolución personal que la convertía en una jugadora indispensable.

Viktor, aún frío en momentos de presión, la abrazó esa noche en la cama, susurrando planes para contraatacar, pero ella ya visualizaba su próximo movimiento, un paso que la posicionaría como la verdadera reina en este tablero ensangrentado.

El cliffhanger llegó al amanecer, con sirenas ululando y Dimitri irrumpiendo en la habitación.

—Jefe, ataque masivo checheno en la mansión. Anastasia lidera, con refuerzos de Volkov. Evacuación ya.

Viktor saltó de la cama, pistola en mano, mientras Sofía se vestía con calma calculada, su mente girando y maquinando en los próximos movimientos.

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