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Capítulo 179: La autorización que Viktor tiene que pedir.

El plan avanzaba con la precisión de un reloj que no se permite errores. Las maletas ya empezaban a llenarse en silencio: ropa cómoda para Sofía, abrigos gruesos para los niños, juguetes favoritos que no ocuparan mucho espacio, la cuna portátil de la pequeña Sofía, el arenero y la comida de Dragón Gris.

Doña María preparaba paquetes de arepas secas y dulce de guayaba “por si en Nueva York no encuentran nada que sepa a casa”.

Irina y Olga doblaban ropa con manos rápidas, susurrando entre ellas sobre cómo “la señora Sofía necesita aire puro y paz”. Ana había aprobado el viaje como “recomendación médica estricta”: reposo absoluto en un lugar sin estrés, sin contaminación, sin nada que pudiera alterar el equilibrio hormonal de Sofía y Elena.

Nadie sospechaba nada más, ni Sofía, ni Elena, ni los niños.

Pero quedaba un cabo suelto que Viktor no podía dejar al azar: la escuela.

Alexei y Misha estaban en primer grado. Faltaban meses para terminar el curso. Viktor no quería que perdieran el año. No quería que los maestros preguntaran. No quería que nadie levantara sospechas.

Así que esa tarde, después de dejar a Sofía descansando con una manta y una taza de té de jengibre, Viktor se dirigió a la escuela privada donde los niños estudiaban. Llevaba traje negro, camisa blanca sin corbata, el cabello peinado hacia atrás y esa calma fría que ponía nerviosos a cualquiera que lo conociera.

La rectora lo recibió en su oficina con una sonrisa profesional, pero con los ojos alerta.

La señora Petrova, una mujer serena ya de buena edad, a quien había visto la última vez cuando había sucedido todo con Misha en aquel entonces.

Esa señora conocía bien a Viktor Ivanov, no por rumores sino por hechos.

—Señor Ivanov… ¿en qué puedo ayudarlo hoy?

Viktor se sentó frente a ella, sin cruzar las piernas, sin apoyarse en el respaldo, fue directo al grano.

—Necesito permiso para retirar a Alexei y a Misha Kuzmin de clases por un tiempo indefinido. Hasta que se resuelva un… asunto familiar delicado.

La rectora alzó una ceja.

—¿Asunto delicado? ¿De qué se trata? Los niños están en buen rendimiento. Alexei es de los mejores del curso. Misha ha mejorado mucho desde que se hizo amigo de él.

Viktor asintió.

—Lo sé. Y no quiero que pierdan el curso. Por eso le pido que me facilite tareas complementarias. Tareas vacacionales. Exámenes enviados por correo. Lo que sea necesario para que sigan el ritmo. No quiero que se atrasen. Pero no pueden venir a clases. No ahora.

La señora Petrova lo miró fijamente.

—¿Es por seguridad? ¿Algo relacionado con… el incidente anterior?

Viktor no parpadeó.

—Sí. Algo relacionado. No quiero poner en peligro a nadie más. Ni a los maestros. Ni a los otros niños. Solo quiero que Alexei y Misha sigan estudiando aunque sea desde lejos, con supervisión, pero de lejos.

La rectora suspiró, abrió un cajón y sacó un formulario.

—Puedo autorizarlo. Bajo la figura de ‘estudio remoto temporal por motivos de fuerza mayor’. Firmo yo misma. Les enviaré el plan de estudios semanal por correo. Tareas, lecturas, exámenes. Pero necesito que me prometan que los niños van a cumplir. Que van a avanzar. No quiero que pierdan el año.

Viktor tomó el formulario y lo firmó sin leerlo dos veces.

—Lo prometo. Alexei es responsable. Misha también. Y yo voy a estar encima.

Petrova lo miró un segundo más.

—Cuídelos, señor Ivanov. Y… cuídese usted también. Sé que no es fácil ser padre en su mundo.

Viktor se levantó, le tendió la mano.

—Gracias, rectora. No lo olvidaré.

Salió de la oficina con el permiso en el bolsillo interno de la chaqueta. El camino de vuelta a casa lo hizo en silencio. Pensó en Sofía, en la niña que venía, en los niños que ya tenía.

Pensó en Elena y en su bebé. Pensó en Misha, que ahora era parte de la familia.

Y... pensó en Krasnova Volkov. En la anciana que había pasado por el jardín como si nada. En la amenaza que aún no había golpeado. Pero que golpearía muy pronto, Viktor apretó el volante sintiendo impotencia.

—Que lo intente— murmuró para sí mismo.

—Que lo intente.

Y mientras el auto entraba por la puerta principal de la mansión, supo que el tiempo se acababa. Pero también supo que no iba a perder.

Esa misma noche, cuando la mansión ya había caído en esa quietud profunda que solo llega cuando todos los niños están dormidos, Viktor subió las escaleras con pasos suaves, casi silenciosos.

La luz del pasillo estaba apagada, solo quedaba el resplandor cálido de la lámpara de noche que salía por debajo de la puerta de Alexei. Doña María ya había pasado a dar las buenas noches, dejando el cuarto oliendo a lavanda y a cuentos susurrados.

Nikolai dormía en la habitación contigua, con la respiración tranquila y el pulgar en la boca.

La pequeña Sofía roncaba bajito en su cuna portátil, Dimitri y Ana ya la habían dejado aquí, pues en dos días ya era la preparación para irse a Nueva York.

Viktor abrió la puerta de Alexei despacio.

El niño estaba sentado en la cama, con la lámpara encendida y un libro de dragones abierto en el regazo, aunque los ojos ya se le cerraban por el sueño. Dragón Gris dormía hecho un ovillo a sus pies, ronroneando como un motorcito.

Alexei levantó la vista al verlo entrar.

—Papi… ¿ya llegaste?

Viktor sonrió, se acercó y se sentó al borde de la cama, revolviéndole el cabello.

—Sí, campeón. Llegué. ¿Todavía no duermes?

Alexei negó con la cabeza, aunque bostezó.

—Estaba esperando a que vinieras. Quería contarte que hoy Misha me dijo que su mamá también va a tener un bebé. ¡Vamos a tener hermanitos al mismo tiempo! ¿Verdad que es genial?

Viktor sintió que el pecho se le llenaba de algo cálido y pesado al mismo tiempo.

—Sí, campeón, desde la fiesta pasada te ha estado diciendo eso todo emocionado, y... es genial. Y por eso… quería hablar contigo de algo importante.

Alexei cerró el libro y se sentó más derecho, con los ojos grandes y atentos.

—¿Qué pasa, papi?

Viktor respiró hondo, buscando las palabras justas.

—Vamos a ir de vacaciones. Todos juntos, tú, Nikolai, mami, la pequeña Sofía, abuelita, Irina y Olga. Y también tía Ana, tío Dimitri y Misha con sus papás. Vamos a Nueva York. A una cabaña muy bonita en el bosque. Con nieve, árboles grandes y un lago donde podemos pescar.

Alexei abrió los ojos enormes.

—¿Vacaciones? ¿Ahora? ¿Y la escuela?

Viktor asintió despacio.

—Sí, ahora. Pero no vas a perder el curso. Hablé con la rectora. Ella me dio permiso para que te manden las tareas y los exámenes por correo. Vas a tener que ser muy responsable, campeón. Vas a estudiar todos los días. Vas a hacer las tareas. Vas a mandárselas a la maestra. Y cuando volvamos… vas a estar al día con todo. ¿Puedes hacerlo? ¿Puedes hacer eso por mí y por mamá?

Alexei pensó un segundo, con seriedad, como si le hubieran dado la misión más importante del mundo.

—Sí, papi, sí puedo. Voy a ser el mejor estudiante del mundo. Para que mami no se preocupe. Y para que la hermanita que viene vea que soy fuerte y listo cuando nazca.

Viktor sintió que se le cerraba la garganta.

Se inclinó y abrazó a su hijo fuerte, besándole la coronilla.

—Ese es mi campeón. Mi dragón rojo. Sabía que podía contar contigo.

Alexei se pegó más a él.

—¿Y por qué ahora, papi? ¿Es porque mami está malita?

Viktor dudó un segundo, pero decidió no mentir del todo.

—Es porque mami necesita descansar. Mucho descanso. Y aire puro. Y nosotros también, para que todos estemos fuertes cuando nazca la bebé. Y para que puedas jugar en la nieve con Misha y Nikolai. Y para que la hermanita nazca sabiendo que tiene los mejores hermanos del mundo.

Alexei sonrió enorme.

—Entonces sí. ¡Quiero ir! ¡Quiero hacer un muñeco de nieve gigante y ponerle alas de dragón!

Viktor rio bajito, revolviéndole el cabello otra vez.

—Lo haremos. Pero ahora… a dormir. Mañana empiezas a preparar tu maleta. Y recuerda: es secreto. No le digas a nadie por qué vamos. Solo que son vacaciones. ¿Prometido?

Alexei levantó la mano pequeña.

—Prometido, papi. Secreto de dragones.

Viktor le besó la frente.

—Buenas noches, campeón. Te quiero.

—Te quiero más, papi.

Viktor apagó la lámpara, dejó la puerta entreabierta y bajó las escaleras. Sofía lo esperaba en el salón, sentada en el sofá con una manta sobre las piernas y una taza vacía en la mesita.

—¿Le dijiste?”, preguntó bajito.

Viktor se sentó a su lado, la abrazó por los hombros y le besó la sien.

—Sí. Le dije que son vacaciones. Que es por ti y por el bebé. Que necesita aire puro. Y que va a tener que ser muy responsable con las tareas. Que la rectora le va a mandar todo por correo.

Sofía apoyó la cabeza en su hombro.

—¿Se emocionó?

Viktor sonrió.

—Mucho. Dice que va a hacer un muñeco de nieve con alas de dragón. Y que va a ser el mejor estudiante del mundo para que la hermanita vea que es fuerte y listo.

Sofía sintió que los ojos se le humedecían.

—Es un niño increíble. Los tres lo son. Y esta niña… esta niña va a tener los mejores hermanos del mundo.

Viktor le puso la mano en la barriga, sintiendo una patadita suave.

—Y la mejor mamá. Y el mejor papá. Vamos a estar bien, reina mía. Todos. Te lo prometo.

Sofía levantó la vista, con una sonrisa traviesa a pesar del cansancio.

—¿Incluyendo que me abraces toda la noche sin hacer nada más?

Viktor gruñó bajito, besándole el cuello.

—Incluyendo eso. Aunque me mates de ganas. Pero cuando estés mejor… te lo cobro todo. Con intereses.

Sofía rio suave, acurrucándose contra él.

—Trato hecho, mi rey. Con intereses altos.

Se quedaron abrazados en el sofá, con la casa en silencio alrededor, con los niños durmiendo arriba, con el gato ronroneando en algún rincón, con la niña creciendo dentro de ella.

Y con la promesa silenciosa de que, aunque el peligro estuviera ahí fuera… aquí dentro… aquí dentro estaban a salvo, por ahora.

Y mientras Sofía se quedaba dormida, Viktor seguía despierto viendo el techo, puede que estén planificado esta escapada, pero él todavía no sabe que pueda pasar mañana, o antes del viaje, o ¿cómo sabe si ya están siendo rastreados o no? hay muchas cosas que le preocupan, y da miedo, mucho miedo, pero por ahora prefiere pensar que tiene todas las cartas sobre la mesa... por ahora.

Mientras tanto, fuera de aquel tumulto y pensamientos invadidos de Viktor, en casa de Kuzmin, ya Carl había confirmado todo, ya le había dicho a Misha adónde irían, gracias a que Viktor le había enviado un mensaje diciendo que ya tenían el permiso pero de que debían ser responsables con las tareas que les serían enviadas.

Ahora todo se sentía completo, mientras que él estaba en el escritorio, un pequeño golpe lo despertó de sus pensamientos, un golpe en el ventanal de su oficina, él no se acercó, no todavía, pero sintió un extraño escalofrío, dejó que los minutos pasaran, y luego de lo que pareció una eternidad, se levantó de su escritorio, pero antes de salir de su oficina, abrió el cajón sacando el arma que Ivanov le había dado, solo por si acaso... solo si era sumamente necesaria la usaría.

Al salir de la mansión con cautela y el arma guardada en el bolsillo de atrás, Kuzmin miró a su alrededor primero, se veía algo oscuro pero las luces de afuera le permitían deslumbrar la mayoría del campo, camina hasta el jardín por donde queda el ventanal que llega a su oficina y con el arma casi apunto de sacarla, se asoma a ver qué fue lo que había golpeado el vidrio, había sido un golpe sordo no muy fuerte, pero lo suficiente como para hacerlo salir de la mansión.

Cada vez que se acercaba, notó algo, un papel envuelto, con algo de mancha oscura que aún no podía definir, con el sudor corriendo por su sien, se agacha y agarra apenas con un dedo intentando desenvolver lo que estaba ahí dentro del papel, sentía un frío recorrer su columna vertebral mientras intentaba descubrir qué había ahí...

Abrió el papel por completo, y al descubrir lo que había dentro, quedó anonadado, el frío se instaló por todo su cuerpo al ver aquella atrocidad grotesca con un mensaje...

"Ya sabemos donde estás, tu hijo es muy bonito, y tu esposa... todavía más."

junto con una cabeza de paloma.

Kuzmin tuvo que taparse la boca con una mano para no gritar, miró a su alrededor y rápidamente agarra aquella amenaza antes de que algún guardia o mayordomo viera, lo agarra y se regresa apresurado dentro de casa resguardado y protegido, llega a su oficina con el corazón en la garganta, y obviamente iba a dejarle el mensaje a Viktor.

Con manos temblorosas, Kuzmin escribe un mensaje a Ivanov:

"Lo encontré a las afueras de mi jardín..."

Seguido de mandarle una foto de lo que encontró.

Viktor, que seguía despierto, abre los ojos y revisa el teléfono, al ver el mensaje de Carl, todo el cuerpo se le entumeció, y el miedo creció.

—Maldita sea...— susurra bajito para no despertar a Sofía.

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