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Capítulo 184: La hora de partir a Nueva York.

El aeropuerto privado estaba envuelto en esa calma tensa que solo se respira cuando un avión está listo para despegar y todos los que van a bordo saben que no es un viaje cualquiera.

El jet negro mate de Viktor esperaba en la pista, motores en bajo ronroneo, luces de navegación parpadeando como ojos vigilantes en la penumbra del amanecer.

El personal de tierra, cuatro hombres de confianza que Viktor había llamado personalmente, revisaba por tercera vez la carga: maletas discretas, cunas portátiles, comida especial para Sofía y Elena, el arenero y la jaula de viaje de Dragón Gris, juguetes de los niños y hasta una caja con arepas y dulce de guayaba que Doña María había insistido en llevar “por si en Nueva York no encuentran nada decente”.

Viktor estaba en la escalerilla, contando cabezas como un general antes de la batalla.

Sofía subía primero, apoyada en su brazo, la barriga prominente bajo el abrigo largo y suave que él mismo le había puesto. Llevaba una sonrisa cansada pero serena, aunque sus ojos seguían buscando los de Viktor cada dos pasos, como si necesitara confirmar que todo estaba bien.

—¿Seguro que no se nos olvida nada, mi rey?— preguntó bajito mientras subían.

Viktor le besó la sien como siempre le encantaba hacerlo.

—Nada, reina mía. Ni el gatito, ni las mantas, ni tu té de jengibre, todo está adentro, tú solo siéntate y descansa, El vuelo será corto, en cuanto aterricemos, la cabaña te va a abrazar.

Sofía rio suave, apoyando la cabeza en su hombro.

—Eres un exagerado… pero me gusta.

Detrás subían los niños: Alexei y Misha tomados de la mano, hablando sin parar sobre cómo iban a construir un fuerte de nieve “para proteger a los hermanitos”. Nikolai iba en brazos de Doña María, chupándose el pulgar y mirando todo con ojos enormes. La pequeña Sofía iba con Ana, dormida contra su pecho, con una mantita rosa cubriéndole la cabecita.

Irina y Olga cerraban el grupo, cargando las últimas bolsas y susurrando entre ellas sobre cómo “la señora Sofía necesita paz absoluta” y “la señora Elena también”.

Carl y Elena subieron de últimos. Elena llevaba una mano en la barriga y la otra en la de Misha, que saltaba emocionado.

—¿Seguro que no nos olvidamos de nada?— preguntó Elena a Carl en voz baja.

Carl le besó la coronilla respirando su aroma delicioso a champú.

—Seguro, mi amor, todo está en el avión y si falta algo… lo compramos allá. Lo importante es que estemos juntos. Y seguros.

Elena asintió, pero su mirada buscó a Sofía un segundo.

Sofía la vio y le sonrió desde arriba.

—Ven, Elena. Siéntate conmigo. Podemos hablar de nombres mientras volamos.

Elena sonrió de vuelta, aliviada.

—Me encantaría.

Cuando todos estuvieron dentro, Viktor se quedó un segundo en la escalerilla, mirando el aeropuerto desierto, el cielo gris que empezaba a aclararse, el horizonte donde Moscú se perdía en la niebla.

Dimitri subió a su lado, apoyando una mano en su hombro.

—Todo listo, el piloto dice que despegamos en quince minutos. Seguridad en la cabaña ya está en posición, las cámaras ya están activas, nadie nos sigue, y nadie sabe.

Viktor asintió despacio complacido y aliviado por ahora.

—Bien. Que nadie baje la guardia. Ni siquiera en Nueva York. Krasnova tiene tentáculos largos. Pero la cabaña es segura para nosotros, Por suerte nunca he llevado a nadie conocido allá de mi pasado, Está bien oculta y pasa por desapercibida, ahí estaremos fuera del radar.

Dimitri miró hacia la cabina, donde Ana ya estaba acomodando a la pequeña Sofía en una cuna portátil.

—¿Y cuando lleguemos? ¿Nos quedamos los tres?

Viktor asintió.

—Sí. Sofía y Elena van a creer que es solo reposo. Que estaremos con ellas. Pero cuando estemos instalados… tú, Carl y yo volvemos en secreto, el piloto nos trae de regreso. Y terminaremos esto aquí en Moscú. No dejaremos que nos sigan. No dejaremos que nos alcancen.

Dimitri apretó su hombro.

—Entonces que así sea. Terminaremos lo que empezó hace años, por el bien de las chicas y los niños, hay que destruir todo desde raíz, y eso es lo que vamos a hacer cueste lo que cueste.

Viktor miró una última vez hacia el horizonte.

—Por ellas, hermano.

Bajó la escalerilla y entró al jet. La puerta se cerró con un clic definitivo. El avión rodó despacio hacia la pista y despegó hacia Nueva York, hacia la cabaña que ya esperaba, el refugio que necesitaban.

Y mientras el suelo se alejaba debajo de ellos, Viktor miró a Sofía, que ya se había acomodado en el asiento con una manta y una sonrisa tranquila. Le tomó la mano.

—¿Lista para volar, reina mía?

Sofía entrelazó sus dedos con los suyos.

—Lista. Contigo… siempre lista.

Viktor le besó los nudillos con adoración y amor.

—Y yo contigo. Siempre.

El jet se elevó y Moscú quedó atrás. Con Krasnova Volkov esperándolos en las sombras. Pero ellos ya no estaban ahí para ser encontrados. Estaban en camino a un lugar donde el pasado no podía alcanzarlos, donde los niños podían jugar sin miedo, donde las mujeres podían descansar sin sombras, donde los próximos bebés que venían podían nacer en paz.

Y donde tres hombres… tres hombres que ya no eran solo rivales… estaban listos para volver y terminar lo que había empezado, el viaje no era una huida como tal, era una estrategia, un paso adelante, y por ahora, cada hombre tenía a su familia en alivio por ahora.

Por otro lado, Krasnova estaba en su propia oficina, escribiendo cartas a mano, en ese momento tocaron la puerta, era Yuri, comentándole cerca de su oído, que el grupito ya partió.

Ella solo sonríe.

...

¿Cuál grupito?...

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