Mundo ficciónIniciar sesiónViktor no había pegado ojo en toda la noche.
Se había quedado mirando el techo hasta que el cielo empezó a aclararse por las rendijas de las cortinas, con Sofía acurrucada contra su pecho, respirando tranquila y profunda, ajena a la tormenta que le rugía por dentro. La niña daba pataditas suaves cada tanto, como si quisiera recordarle que seguía ahí, que seguía viva, que seguía siendo suya ya desde temprano que es la madrugona. Pero el nombre de Krasnova Volkov no se le iba de la cabeza. Ni la cabeza de paloma que Carl le había mostrado en foto, aquella mujer que había pasado por el jardín hablando con Sofía como si nada. A las seis y media de la mañana ya estaba despierto del todo, con los ojos irritados y el cuerpo pesado de tanto pensar. Sofía se removió a su lado, murmuró algo ininteligible y volvió a dormirse. Él le besó la frente con cuidado, un beso cálido para intentar calmarse a sí mismo, se levantó sin hacer ruido y se puso una camiseta negra y pantalones de chándal. Mañana era el día del viaje, las maletas ya estaban casi listas, escondidas en el garaje. El plan estaba en marcha. Bajó las escaleras en silencio. La casa empezaba a despertar: Doña María ya estaba en la ducha del baño de abajo, canturreando bajito una canción que siempre tarareaba y le salía cuando estaba feliz. Irina y Olga se movían por la cocina, preparando el desayuno: olor a café suave (para Sofía), a arepas calentitas y a huevos revueltos que Nikolai adoraba. Alexei ya estaba despierto, sentado en el suelo del salón con pijama de dragones, jugando con Dragón Gris. El gato se dejaba revolcar, ronroneando fuerte mientras el niño le rascaba la barriguita y le hablaba bajito. —Vas a ser el guardián de la hermanita cuando nazca, ¿eh? Vas a cuidarla como yo cuido a Nikolai. Viktor sonrió desde la escalera, pero no bajó todavía. Se quedó mirando a su hijo mayor, sintiendo ese nudo familiar en el pecho: amor mezclado con miedo. Miedo de que todo lo que había construido se derrumbara por culpa de un fantasma del pasado. Entonces sonó el timbre, uno normal, todo casual, pero en esa en esa casa nunca sonaba el timbre a las siete de la mañana, es que ni eso... ellos nunca recibían visitas tan temprano. Viktor sintió que el pulso se le aceleraba. Miró por la ventana del pasillo alto. Era un cartero, pero qué car*jo... ¿un cartero?... tenía un uniforme azul, gorra, una caja pequeña en las manos. Doña María estaba en la ducha así que no iba a atender, Irina y Olga estaban en la cocina, lejos de la entrada. Y Alexei era quien estaba más cerca y ya se había levantado del suelo, con curiosidad ya caminaba hacia la puerta principal con Dragón Gris siguiéndolo. Viktor sintió una descarga eléctrica en la espalda. —¡Alexei!— gritó bajito, pero con urgencia. Bajó las escaleras de tres en tres, descalzo, el corazón en la garganta. Alexei ya tenía la mano en el picaporte. —¿Quién es, papi? ¿No puedo abrir? Viktor llegó justo a tiempo, puso la mano sobre la de su hijo y lo apartó con suavidad pero firme. —Espera, campeón. Déjame a mí. Abrió la puerta solo una rendija, manteniendo a Alexei detrás de su cuerpo. El cartero, un hombre joven, uniforme impecable, gorra ladeada, sonrió amablemente. —Buenos días. Paquete para Sofía Ivanov. Viktor lo miró fijo. —¿De quién? El cartero miró la etiqueta. —No dice remitente. Solo el destinatario y la dirección. Firma aquí, por favor. La caja era pequeña y algo ligera, nada se movía dentro, según lo que parece. Viktor sintió que el pulso le latía en las sienes. Tomó el paquete con una mano, firmó con la otra y cerró la puerta sin decir gracias. Alexei lo miró confundido. —¿Qué es, papi? ¿Es para mi mamá? Viktor forzó una sonrisa. —Sí, campeón. Para mami. Pero es sorpresa. No le digas nada todavía. Ve a desayunar con abuelita. Alexei asintió, emocionado, y corrió hacia la cocina con Dragón Gris detrás. Viktor se quedó en la entrada, mirando la caja, pero... no tenía remitente, no había ni sello ni postal visible, solo su dirección escrita a mano, con tinta negra. Subió al despacho sin decir nada a nadie, subiendo de dos en dos las escaleras hasta llegar a su oficina y ahí cerró la puerta con llave. Puso la caja sobre el escritorio, j*der, para qué abrirla... ¿Y si también había una cabeza de paloma? ¿Y si era algo todavía peor que lo de Carl? Él se quedó mirándola un buen rato sin querer tocarla más, primero intenta maquinar, pensar, recordar... Anastasia. Volkov. Krasnova. Y el miedo que todavía no se iba y que se había instalado temporalmente según sus propios pensamientos, no iba a actuar solo, así que sacó el teléfono y le envió un mensaje a Dimitri. El mensaje: “Llegó un paquete sin remitente, acaba de llegar un cartero diciendo que era para Sofía. Alexei casi abre la puerta, apenas lo tomé entré al despacho, no se lo he mostrado a más nadie y tampoco pienso abrirlo todavía. Ven.” Dimitri respondió en segundos. “Voy para allá, espera a que yo llegue y lo abrimos.” Viktor se sentó pesadamente en la silla mirando la caja sin pestañear y sintió que el pasado volvía a llamar a la puerta... una jod*ida mal*dita vez más...






