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Capítulo 180: El primer aviso.

La mansión Kuzmin estaba sumida en un silencio espeso esa noche. Elena dormía arriba, con la luz del pasillo apagada y la mano instintivamente sobre la barriga, como si incluso en sueños quisiera proteger al bebé. Misha roncaba suave en su habitación, abrazado al dibujo del dragón doble que Alexei le había regalado.

Carl, sin embargo, no había podido cerrar los ojos, esperando con mucho miedo la respuesta de Viktor.

Y ahí lo sintió, el tono de llamada en su teléfono, él contestó de inmediato.

—Viktor...

Carl habló bajo, casi susurrando, aunque estaba solo, su voz aún temblaba.

—Son las dos y media. Me acaban de dejar una cabeza de paloma en el ventanal del despacho, como ya viste en la foto... j*der... qué hago?

Hubo un silencio al otro lado.

Luego la voz de Viktor, fría como acero pero algo alarmante.

—¿Estás solo?

—Sí. Elena y Misha duermen arriba. Nadie entró. Solo la tiraron desde afuera.

—Maldita sea…— se le sale a Viktor volviendo a ver la foto en su teléfono, luego Viktor volvió a la llamada una vez más.

—Es ella. O alguien que trabaja para ella. El estilo es el mismo: amenaza personal, mensaje corto, símbolo de muerte. La paloma significa ‘paz’ rota. O ‘mensaje de muerte’ en algunos códigos viejos. Krasnova sabe cómo jugar con el miedo.

Carl apretó la mandíbula.

—¿Qué hacemos?

Viktor respiró hondo.

—Lo mismo que acordamos. Aceleramos todo. Mañana mismo hablamos con Dimitri. Preparamos la salida. Tú, Elena y Misha vienen con nosotros a Nueva York. No hay discusión. Y cuando estemos fuera… nosotros tres nos quedamos. Y la cazamos. No va a tocar a nadie. Ni a tu hijo. Ni a tu esposa. Ni al bebé que viene.

Carl cerró los ojos un segundo.

—Está bien. Mañana le digo a Elena que adelantamos las vacaciones. Que el médico insistió. Que es por su salud. Ella va a creerlo. Confía en mí.

Viktor habló más bajo.

—Cuídala esta noche. Duerme con ella. Con el arma cerca. Y mantén a Misha cerca. No estamos solos en esto. Pero hasta que salgamos… nadie está a salvo.

Carl asintió aunque Viktor no pudiera verlo.

—Lo haré. Gracias, Viktor.

—No me agradezcas todavía. Agradece cuando estemos en Nueva York y esa bruja esté muerta.

Colgaron.

Carl guardó el teléfono, tomó la cabeza de paloma con una bolsa plástica y la metió en el congelador del despacho. Luego subió las escaleras, entró a la habitación y se acostó al lado de Elena sin despertarla. La abrazó por detrás, con cuidado, y puso la mano en su barriga.

—Duerme tranquila, amor… nadie va a tocarlos. Nadie.

Elena se removió un poco, murmurando algo ininteligible, y se acurrucó más contra él. Carl cerró los ojos. Pero no durmió. Se quedó vigilando. Con el arma en la mesita de noche. Con el miedo que no se iba. Y con la certeza de que, esta vez… esta vez no iba a quedarse esperando, iba a pelear, por ella, por Misha, por el bebé que venía.

Y por la familia que, poco a poco, empezaba a considerar suya. Aunque fuera la familia de Viktor Ivanov. Aunque fuera una familia que nunca pensó tener. Pero que ahora… ahora no iba a soltar.

Carl se quedó un rato más mirando la bolsa plástica en el congelador del despacho, como si al cerrarla pudiera encerrar también la amenaza que acababa de llegar. La cabeza de paloma seguía ahí dentro, envuelta en papel manchado, con los ojos abiertos y esa expresión vacía que parecía acusarlo.

El mensaje seguía resonando en su cabeza, y eso era lo que la causaba mucho más miedo, saber quiénes eran los integrantes de su familia.

Se obligó a cerrar la puerta del congelador con un golpe seco y salió del despacho. Subió las escaleras despacio, apagando las luces del pasillo para no despertar a nadie. Entró a la habitación principal en silencio, se quitó los zapatos y se acostó al lado de Elena sin tocarla demasiado. Ella se removió un poco, murmurando algo ininteligible, y se acurrucó contra su pecho como si incluso dormida supiera que él estaba ahí.

Carl le pasó el brazo por la cintura con cuidado, apoyando la palma abierta sobre su barriga.

Sintió una patadita suave, casi imperceptible, y cerró los ojos con fuerza.

—No voy a dejar que te pase nada— susurró contra su cabello. —Ni a ti. Ni a Misha. Ni a él.

Elena no respondió, solo suspiró en sueños y se pegó más.

Carl no durmió. Se quedó vigilando la puerta, la ventana, el pasillo oscuro que se veía por la rendija. Con la Glock en la mesita de noche, cargada y al alcance. Con el corazón latiéndole en los oídos.

Y pensando en Viktor.

En cómo ese hombre, que había sido su enemigo durante años, ahora era el único que entendía exactamente lo que sentía. El único que sabía lo que era tener una familia que proteger.

El único que no dudaría en matar por ellos.

Carl cerró los ojos por fin, pero no durmió. Solo esperó. Esperó el amanecer. Esperó que el miedo se convirtiera en rabia. Y esperó que, cuando llegara el momento… estuviera listo para pelear.

Porque esta vez… esta vez no iba a quedarse mirando. Esta vez… iba a actuar. Por Elena.

Por Misha. Por el bebé que aún no tenía nombre.

Y por la familia que, aunque no lo admitiera en voz alta… ya empezaba a sentir como propia.

La noche siguió su curso. Silenciosa. Fría. Pero Carl ya no estaba solo en la oscuridad. Y eso… eso ya cambiaba todo. Porque el miedo, cuando se comparte… se hace más pequeño. Y la rabia… la rabia se hace más grande.

Y Carl Kuzmin… Carl Kuzmin ya no iba a esperar. Iba a pelear. Con todo lo que tenía. Con todo lo que era.

Por ellos.

Viktor cerró la puerta del despacho con un clic suave, pero no apagó la luz. Se quedó de pie un momento, mirando el teléfono como si el mensaje de Carl aún estuviera ardiendo en la pantalla. La cabeza de paloma.

El mensaje. La amenaza directa a Elena, a Misha, al bebé que venía. Krasnova no jugaba. Nunca había jugado.

Bajó las escaleras despacio, apagando las luces del pasillo para no despertar a nadie. La casa estaba en silencio absoluto, solo interrumpido por el ronroneo lejano de Dragón Gris que dormía en algún rincón y el leve crujido de la madera vieja. Entró a la habitación de invitados donde Dimitri se había quedado esa noche.

La puerta estaba entreabierta; la luz de la lámpara de noche seguía encendida.

Dimitri estaba sentado en el borde de la cama, con la camisa desabotonada y el teléfono en la mano, revisando algo en la pantalla.

Levantó la vista al verlo entrar.

"¿Ya llegó el paquete de Carl?”

Viktor cerró la puerta detrás de sí y se apoyó en la pared, cruzando los brazos.

—Sí. Me mandó la foto. Cabeza de paloma. Mensaje pegado con cinta, ahora ya saben quien es él de que tiene un hijo. Una esposa. Y un bebé en camino. Dos millones. Viernes. O ellos pagan primero.

Dimitri soltó el aire por la nariz, dejando el teléfono en la mesita.

—La misma firma. Letras recortadas, papel común, amenaza personal. Es ella. O alguien que aprendió muy bien de ella.

Viktor se acercó, se sentó en la silla frente a la cama y apoyó los codos en las rodillas.

—Carl la encontró en el ventanal del despacho. Golpe sordo. Esperó antes de salir. Armado. La recogió y me llamó. No entró nadie. Solo la tiraron desde afuera. Desde el jardín. Como la anciana que pasó por aquí.

Dimitri lo miró fijo.

—¿Elena lo sabe?

Viktor negó con la cabeza.

—No todavía. Carl no quiso despertarla. Dice que está durmiendo tranquila. Que no quiere alarmarla hasta que tengamos un plan sólido.

Dimitri se pasó la mano por la nuca.

—Bien. Pero no puede esperar mucho. Si Krasnova ya sabe dónde vive Carl… sabe que está conectado contigo. Sabe que RUBCOL es un proyecto conjunto. Y si sabe eso… sabe que Sofía está embarazada. Que hay una niña en camino. Y que tú… tú eres el objetivo principal.

Viktor apretó los puños.

—Lo sé. Por eso aceleramos todo. Mañana le digo a Sofía que nos vamos a Nueva York. Le digo que es por el embarazo. Reposo extremo. Aire puro. Ana lo respalda. Doña María, Irina y Olga también vienen. Los niños piensan que es diversión. Y Carl… Carl convence a Elena. Le dice lo mismo.

Dimitri asintió despacio.

—¿Y nosotros?

Viktor lo miró fijo.

—Nos quedamos. Tú, yo, Carl si quiere. Tus contactos. Los míos. Cazamos a la bruja. La encontramos. La terminamos. No va a tocar a nadie. Ni a Sofía. Ni a Elena. Ni a los niños. Ni a las niñas que vienen.

Dimitri se levantó, caminó hasta la ventana y miró hacia el jardín oscuro.

—Sabes que si es Krasnova… no va a ser fácil. Tiene dinero. Tiene contactos. Tiene paciencia. Y tiene rabia. Mucha rabia. Mataste a su hijo. Mataste a su nieta favorita. Para ella… esto no es negocio. Es personal.

Viktor se levantó también, acercándose a su lado.

—Lo sé. Pero para mí también es personal. Sofía es mía. Los niños son míos. La niña que viene es mía. Y nadie… nadie va a tocarlos. Nadie va a hacerles daño. Porque si lo intentan… van a tener que pasar por mí. Y por ti. Y por Carl. Y por todos los que ya estamos hartos de que el pasado siga respirando.

Dimitri giró la cabeza y lo miró.

—¿Estás listo para volver a mancharte las manos?

Viktor sonrió, fría y decidida.

—Nunca dejé de estarlo. Solo estaba esperando a que alguien me diera una razón. Y Krasnova… Krasnova me dio la mejor de todas.

Dimitri asintió despacio.

—Entonces mañana hablamos con Carl. Aceleramos la salida. Y empezamos a cazar.

Viktor le dio una palmada en el hombro.

—Mañana. Y cuando salgamos… que esa bruja se prepare. Porque esta vez no vamos a esperar a que ataque.

Dimitri sonrió de lado.

—No. Esta vez… atacamos primero.

Se quedaron en silencio un momento, mirando el jardín oscuro desde la ventana.

El plan estaba en marcha. Y Krasnova Volkov… Krasnova Volkov no sabía que ya la habían visto venir. No sabía que ya la estaban cazando. Y cuando lo supiera… sería demasiado tarde. Porque ahora… ahora no era solo Viktor. Era Viktor.

Dimitri. Carl. Tres hombres que ya no peleaban por poder. Peleaban por familia. Y por familia… mataban sin dudar.

Sin remordimiento. Sin piedad. Solo con la promesa de que, al final… sus hijos crecerían sin miedo. Sin sombras. Sin brujas que pasaran sin escoba. Porque esta vez… esta vez la bruja iba a arder. Y ellos… ellos iban a encender el fuego. Juntos. Por siempre.

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