Capítulo 34: Primer dominio dulce.
Hablaron durante horas, planeando movimientos, capturarlo vivo, interrogarlo sin matarlo, usar su traición para unir facciones. Viktor le explicaba con voz ronca, sus manos rozando las de ella, y Sofía absorbía todo, su mente bullendo con ideas propias.
Pero en el fondo, el resentimiento por su padre ardía, no odio, solo un dolor sordo por ser vendida como mercancía. Y Viktor, con su culpa latente, la besaba cada tanto, murmurando promesas de protección.
La noche cayó sobre la mansión, y en esa oficina, entre mapas y secretos, Sofía sintió que el juego cambiaba, ya no era presa, sino jugadora. Y Viktor, roto pero ardiente, era su pieza principal.
Cuando terminaron, exhaustos pero cargados de tensión deliciosa, Viktor la levantó en brazos, llevándola al dormitorio.
—Mañana hablamos con tu madre —susurró contra su cuello, depositándola en la cama—. Pero esta noche... déjame mostrarte cuánto te necesito.
Sofía sonrió interna, dejando que la desvistiera despacio, sus manos explorando su cuerpo cuadrado con reverencia nueva.
No era maldad, era equilibrio. Y mientras el placer los envolvía, la guerra chechena y las torres tambaleantes esperaban afuera, listas para caer.
Viktor la depositó en la cama king size con una delicadeza que contrastaba con su tamaño imponente, su torso musculoso tenso bajo la camisa desabotonada, cicatrices antiguas brillando a la luz tenue de la lámpara de noche.
Sofía, aún en su chándal gris y camisa holgada, se recostó contra las almohadas de seda, su cuerpo cuadrado, hombros anchos erguidos con esa confianza nueva, panza redonda temblando levemente de anticipación, rollitos laterales invitando a toques prohibidos, sintiéndose como una reina en su propio reino.
Por dentro, esa burbuja bullía más fuerte que nunca, no era maldad plena, pero sí un deseo ardiente de probar el control, de ver al rey mafioso romperse por ella.
Viktor se arrodilló al pie de la cama, sus ojos grises ardiendo con ese ardor rico que había confesado en la oficina, su respiración ya entrecortada.
—Déjame mostrarte cuánto te necesito, Sofía...
Murmuró, su voz ronca como un gruñido bajo, extendiendo una mano para rozar su pierna flaca, subiendo despacio por el chándal, posesivo pero suplicante.
—Te besaré cada centímetro, cada rollo... te haré mía esta noche.
Pero Sofía, con una sonrisa interna curvando su lunar coqueto, decidió que esta vez sería diferente. Extendió una mano para detenerlo, sus dedos rozando su muñeca con un toque ligero, travieso, que lo hizo tensarse.
—No tan rápido, Viktor —susurró, su voz baja y sugerente, como un secreto compartido en la oscuridad.
—Esta noche... yo decido. Tú solo mira... y sufre un poquito por mí.
Él parpadeó, sorprendido, pero el deseo en sus ojos se intensificó, un brillo vulnerable que la hizo bullir por dentro. Sofía se levantó despacio, arrodillándose frente a él en la cama, su panza redonda rozando su pecho al inclinarse.
Comenzó a provocarlo con lentitud deliberada, sus manos explorando su propia camisa holgada primero, levantándola un poco para revelar un atisbo de piel suave en su vientre, trazando círculos perezosos alrededor de sus rollitos laterales con las uñas, gimiendo suavemente como si se tocara solo para él.
—Mira esto, Viktor... esta panza que tanto burlaste.
Murmuró, traviesa, pellizcando su propia carne blanda y dejando que un jadeo escapara de sus labios.
—¿Te gusta ahora? ¿Te pone duro verte sufrir por no tocarla?
Viktor gruñó, sus manos grandes cerrándose en puños a los lados, el bulto en sus pantalones creciendo visiblemente, tenso y doloroso.
Intentó acercarse, pero ella lo empujó de vuelta con una mano en su pecho, sintiendo su corazón latiendo como un tambor salvaje.
—No –ordenó, su tono juguetón pero firme, esa gana de dominar bullendo dulce en su interior.
—Tú solo observa. Mira cómo me quito esto... despacito.
Se levantó la camisa holgada por completo, revelando su torso cuadrado en toda su gloria: hombros anchos como un lienzo para besos, panza redonda temblando con cada respiración, rollitos laterales que invitaban a morder.
Sus pechos, plenos y suaves, se liberaron, y ella los acunó con sus manos, pellizcando su suavidad con un gemido provocativo, arqueando la espalda para que él viera todo.
Viktor jadeó, su mandíbula tensa, el dolor abajo volviéndose insoportable, podía ver cómo su miembro latía contra la tela, rogando por alivio.
—Sofía... por favor —suplicó, su voz ronca rompiéndose, lágrimas de frustración asomando en sus ojos grises—. Me estás matando... te necesito tocar.
Ella rió bajo, un sonido travieso que lo hizo temblar, y bajó sus manos por su panza, trazando líneas lentas hasta el borde del chándal.
—¿Duele, verdad? —susurró, inclinándose para rozar sus labios contra su oreja, su aliento cálido enviando escalofríos por su espina—. Ese dolor rico ahí abajo... por mí. Porque yo lo digo. Mírame bien, Viktor... soy tu reina ahora.
Bajó el chándal despacio, revelando sus piernas flacas y el centro de su deseo, húmedo y listo, pero no para él aún. Se tocó allí, un dedo deslizándose con lentitud torturante, gimiendo su nombre como una plegaria invertida.
—Viktor... oh, Viktor... ¿ves lo mojada que estoy? Todo por verte sufrir.
—Sus movimientos se aceleraron un poquito, su panza redonda subiendo y bajando con cada jadeo, rollitos temblando, y él no aguantó más, un gemido gutural escapó de su garganta, sus manos yendo a su propio pantalón para liberarse, pero ella lo detuvo de nuevo, tomándolo por la barbilla para que la mirara.
—No toques, —ordenó, sus ojos oscuros ardiendo con ese control nuevo que la hacía sentir poderosa, invencible.
—Es mío. Todo tuyo es mío esta noche.
Y entonces, cuando vio las lágrimas reales rodando por sus mejillas esculpidas, el dolor de su arousal volviéndose agonía dulce, Sofía sintió que le gustaba... oh, cómo le gustaba esa dominación.
Bullía por dentro como un fuego líquido, haciendo que su propio deseo explotara. Lo empujó sobre la cama, montándose a horcajadas sobre él, su cuerpo cuadrado envolviéndolo por completo.
Lo desvistió con prisa ahora, sus manos ansiosas pero mandonas, revelando su miembro como el hierro, latiendo sonrojado y dolorido.
—Ahora sí, –susurró, guiándolo dentro de ella con un movimiento lento, torturante, sintiendo cómo la llenaba por completo, estirándola de esa forma que la hacía arquearse.
—Muévete solo cuando yo diga, Viktor. Sé mío... rómpete por mí.
Él obedeció, sus caderas quietas al principio, lágrimas cayendo mientras ella cabalgaba despacio, sus rollitos rebotando contra su abdomen, panza redonda presionando su pecho con cada bajada.
Sofía gemía alto, sus manos en sus hombros anchos, clavando uñas para marcarlo, dominándolo con cada embestida.
—Más rápido ahora —ordenó, acelerando, sintiendo el placer construir como una ola, su control absoluto haciendo que todo fuera más intenso, más rico. Viktor sollozaba de placer, sus manos finalmente permitidas para agarrar sus caderas cuadradas, pellizcando rollitos con desesperación, pero era ella quien mandaba, quien lo llevaba al borde.
–Sofía... mi reina... –lloró él, lágrimas mezclándose con sudor, su cuerpo temblando bajo ella mientras explotaba dentro, un grito ronco escapando de su garganta. Pero ella no paró, siguió moviéndose, dominándolo hasta que su propio orgasmo la golpeó como un trueno, lágrimas rodando por sus mejillas de lo rico, de lo intenso, sollozando su nombre mientras se rompía sobre él, su panza redonda temblando, rollitos vibrando con cada espasmo.
Se colapsaron juntos, exhaustos y llorosos, abrazados en la cama, el placer tan abrumador que les robaba el aliento. Sofía, con la cabeza en su pecho, sintió esa dominación bullir aún, dulce y adictiva. No era maldad; era su nuevo poder. Y Viktor, roto y satisfecho, besó sus lágrimas.
—Tuya... siempre tuya.—logró murmurar.
La noche se extendió, con más rondas de dominio juguetón, hasta que el amanecer trajo promesas de llamadas a su madre y capturas de traidores. Pero en esa cama, Sofía había ganado una batalla interna, el gusto por controlarla todo... empezando por él.