Mundo ficciónIniciar sesiónÉl gruñó bajo, su mano subiendo a su cintura, pellizcando con cuidado un rollito lateral, no para herir, sino para anclarse a ella.
—Los Kuznetsov están con nosotros. Reforzaremos los almacenes. Pero tu padre... reapareció. Vendiendo información a los chechenos. Lo manejaré. Te protegeré. Sofía sintió un frío que le subió por la espalda, pero no lo mostró. En cambio, se inclinó un poco, rozando sus labios contra su mandíbula en un beso fugaz, un medio de poder nuevo. —Hazlo –dijo–. Pero recuerda: soy tu aliada ahora. No tu juguete. Viktor jadeó levemente ante el toque, su ardor quemando más fuerte, pero flaqueó de nuevo, asintiendo. La guerra chechena rugía afuera, con traiciones familiares como nubes oscuras, pero en esa glorieta, entre flores y galletas olvidadas, algo nuevo florecía, un equilibrio precario, donde Sofía bullía por dentro, lista para tomar más sin romper del todo. Pasaron minutos en silencio, Viktor abrazándola con cuidado, su cabeza en su hombro ancho, como si buscara refugio en su forma singular. Sofía dejó que lo hiciera, sus dedos enredándose en su cabello, sintiendo el poder bullir dulce. No era maldad, era justicia poética. Después de aquel atardecer en la glorieta, donde el sol se había hundido como una promesa rota tiñendo el jardín de tonos rojizos y dorados, Sofía sintió un escalofrío sutil recorrer su panza redonda, no de frío, sino de esa burbuja interna que bullía cada vez más fuerte. No era maldad, no del todo; era un deseo creciente de tomar control, de mover las piezas en este juego que Viktor había empezado pero que ahora ella empezaba a entender. Se apartó un poco de su abrazo. Lo miró, su lunar coqueto sobre el labio curvándose en una sonrisa pequeña, y susurró, —Entremos a tu oficina, Viktor. Necesitamos hablar de los planes... sobre mi padre. Viktor levantó la vista, sus ojos grises aún cargados de ese ardor rico que había confesado momentos antes, pero ahora mezclado con una tensión palpable. Asintió despacio, su mano grande deslizándose por su cintura cuadrada, pellizcando con cuidado un rollito lateral no para herir, sino para anclarse a ella como si temiera que se evaporara. —Bien —murmuró, su voz ronca y baja, cargada de un deseo reprimido que le erizaba la piel a Sofía—. Vamos. Pero recuerda, Sofía... esto es nuestro ahora. Tú y yo contra el mundo. Caminaron juntos por el jardín nevado, el crujido de la nieve bajo sus pies como un recordatorio de lo frágil que era todo. La mansión se erguía imponente, sus paredes de piedra guardando secretos que Sofía empezaba a desentrañar. Entraron por la puerta trasera, pasando por pasillos iluminados por lámparas tenues que proyectaban sombras alargadas, como dedos acusadores. Viktor la guió hasta su oficina, una habitación amplia en el ala este, con un escritorio de caoba macizo. Cerró la puerta tras ellos con un click suave, aislándolos del mundo exterior. Sofía se sentó en el sofá de cuero negro frente al escritorio, su camisa holgada arrugándose contra su panza redonda, mientras Viktor se acomodaba en su silla alta, como un rey en su trono, pero con grietas visibles en su armadura. Encendió una lámpara de escritorio, bañando la habitación en una luz cálida que acentuaba las ojeras bajo sus ojos grises. —Tu padre... –empezó él, su voz ronca rompiéndose un poco, como si las palabras le costaran—. Sabes que fue él quien te vendió a mí desde el principio, Sofía. Para pagar esa deuda que arrastraba por sus errores. No por ti. Sofía asintió lentamente, no odiaba a su padre, no del todo; era un hombre roto por la vida, un latino emigrado que había caído en malas compañías, apostando lo que no tenía. Pero sentía un resentimiento profundo, bullendo en su interior como esas ganas de dominar, la había vendido por algo en lo que ella no tenía nada que ver, como si fuera un objeto en un trueque sucio. —Lo sé –susurró, su tono calmado pero con un filo sutil—. No lo odio, Viktor. Es mi padre. Pero... me resiento. Me vendió como si no valiera nada, por deudas que él acumuló. Y ahora reaparece, vendiendo información sobre mí a los chechenos. ¿Por qué? ¿Para qué? Viktor se inclinó hacia adelante, sus manos grandes entrelazadas sobre el escritorio, los nudillos blancos por la tensión. Sentía un poco de culpa, un peso que no admitiría fácilmente, él había aceptado el trato, comprándola como un juguete de talla grande, humillándola al principio con comparaciones crueles a Anastasia. Pero ya no se podía hacer nada; el contrato estaba hecho, firmado en sangre mafiosa. Ella era suya ahora, no por fuerza, sino por algo más profundo que empezaba a enraizarse. —Fue un error mío aceptarlo así —confesó, su voz baja y ronca, cargada de arrepentimiento genuino. —Pero eres mía, Sofía. No por ese papel, sino porque... te necesito. Sus ojos bajaron a su cuerpo, deteniéndose en la curva de su panza redonda bajo la camisa, no con burla, sino con un deseo crudo que lo hacía tragar saliva. Ella sintió un calor traicionero subir por sus rollitos laterales, esa burbuja bullendo más fuerte, tentándola a dominar un poquito más. Cruzó sus piernas flacas, inclinándose hacia él, su lunar temblando con una sonrisa interna. —¿Y qué planes tienes para él? preguntó, su voz sugestiva, probando el agua. —No quiero que lo mates, Viktor. No todavía. Es mi familia, por rota que esté. Él gruñó bajo, un sonido que le erizó la piel a Sofía, y se levantó para rodear el escritorio, arrodillándose a su lado como en la mañana. Sus manos subieron por sus piernas flacas, rozando la tela del chándal con toques posesivos pero suaves. —Lo capturaremos vivo —murmuró, su aliento cálido contra su cuello. —Dimitri ya tiene hombres rastreándolo en la ciudad. Lo traeremos aquí, a la mansión. Podrás hablar con él si quieres. O... con tu madre. Llevas tiempo sin hablar con ninguno de los dos, Sofía. Tu madre está enferma, ¿verdad? Puedo arreglar una llamada segura, por teléfono. Para que sepas que estás bien... que estamos bien. Sofía jadeó levemente ante el toque, su panza redonda temblando bajo la camisa. La idea de hablar con su madre, esa mujer frágil, postrada en una cama, luchando contra una enfermedad que devoraba sus fuerzas, la hizo flaquear un segundo. Hacía meses que no oía su voz, desde que su padre la había vendido para pagar deudas médicas y de juego. El resentimiento bullía, pero también el amor filial, un nudo en su garganta. —Sí... quiero hablar con ella —susurró, su mano enredándose en el cabello de Viktor, tirando un poco para que la mirara. —Pero no con él. Aún no. Déjame decidir cuándo. Viktor asintió, sus ojos grises ardiendo con ese ardor rico, su boca rozando su mandíbula en un beso fugaz que la hizo arquearse. —Como quieras, mi reina —gruñó, su voz cargada de deseo—. Tú decides ahora. Pero hay más en este tablero, Sofía. El padre de Anastasia... Volkov. Es un aliado clave, controla rutas en Moscú que necesitamos para la guerra chechena. Pero cuando se entere de que rechacé a su hija, de que la eché por ti... podrían venirse varias torres abajo en este juego de ajedrez. Sofía sintió un escalofrío de excitación, no por miedo, sino por el poder que implicaba. Anastasia, esa víbora rubia perfecta, había sido su sombra, pero ahora era historia. Fredrik, El padre de ella, un mafioso viejo y astuto, vería el rechazo como una afrenta, posiblemente rompiendo alianzas que Viktor había construido con sangre. —¿Qué harás? —preguntó, su voz baja y traviesa, sus dedos trazando líneas en su pecho musculoso—. ¿Lo confrontarás? ¿O me usarás como pieza para negociar? Él se rio bajo, un sonido ronco que vibró contra su piel, sus manos subiendo por sus hombros anchos, masajeando con cuidado. —No te usaré, Sofía. Te protegeré. Llamaré a Volkov esta noche, le explicaré que Anastasia fue un error, que tú eres mi futuro. Si se enoja... que se enoje. Perderemos rutas, quizás almacenes, pero ganaré algo mejor: a ti sin sombras. La besó entonces, no en la frente, sino en los labios, un beso profundo y posesivo que la hizo gemir suavemente, su panza redonda presionando contra su torso. Ella respondió al beso, sus manos explorando su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. La burbuja bullía fuerte ahora, tentándola a dominar, lo empujó un poco, rompiendo el beso, y se levantó, caminando alrededor del escritorio para sentarse en su silla, como si reclamara el trono. —Bien —susurró, traviesa, mirándolo desde arriba. —Muéstrame el mapa, Viktor. Dime dónde está mi padre ahora. Quiero ver el tablero completo. Él parpadeó, sorprendido pero excitado por su audacia, y obedeció, desplegando un mapa digital en la pantalla del escritorio. Puntos rojos marcaban posiciones chechenas, aliados como los Kuznetsov en verde, y un marcador parpadeante para el padre de Sofía en las afueras de Nueva York.






