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Capítulo 35: Voces del pasado y fuego en la noche.

El amanecer se filtraba por las cortinas pesadas del dormitorio, tiñendo la habitación de un tono rosado suave que contrastaba con las sombras de la noche anterior.

Sofía se despertó lentamente, su cuerpo cuadrado envuelto en las sábanas revueltas, hombros anchos relajados por primera vez en mucho tiempo, panza redonda subiendo y bajando con respiraciones calmadas, rollitos laterales marcados por el roce de la tela, piernas flacas enredadas con las de Viktor.

Estaba en sus brazos, su torso musculoso presionando contra su espalda como un ancla posesiva, pero ya no opresiva. Por dentro, esa burbuja de poder bullía sutil, un gustito nuevo por el control que la hacía sonreír interna: no era maldad, solo un deseo dulce de mover las piezas a su antojo.

Viktor murmuró algo en ruso contra su cuello, su aliento cálido erizándole la piel, y abrió los ojos grises, aún cargados de esa vulnerabilidad fresca de la noche.

—Buenos días, mi reina.

susurró, su voz ronca como un ronroneo bajo, plantando un beso suave en su hombro ancho.

—¿Dormiste bien? Después de... anoche.

Sofía se giró despacio en sus brazos, su lunar coqueto temblando con una sonrisa pequeña, traviesa. Rozó sus labios contra su mandíbula en un toque sugerente, recordándole sin palabras quién había mandado al final.

—Mejor que nunca, confesó, su mano trazando una línea perezosa por su pecho cicatrizado.

—Pero hoy... la llamada. A mi madre. ¿Lo arreglaste?

Él asintió, sentándose en la cama con un gruñido bajo, su cuerpo desnudo revelando músculos tensos por la anticipación del día. Se levantó para tomar su teléfono de la mesita, marcando a Dimitri con eficiencia mafiosa.

—Sí, es segura. Línea encriptada, nadie rastreará. Tu madre está lista en Colombia; Dimitri lo coordinó anoche. —La miró, sus ojos grises suavizándose con un arrepentimiento genuino—. Habla todo lo que quieras, Sofía. Es tu familia... lo que queda de ella.

Sofía se incorporó, cubriéndose con la sábana, su panza redonda temblando levemente de nervios. Tomó el teléfono que él le ofrecía, marcando el número con dedos que apenas temblaban. El tono sonó una, dos veces, y luego la voz frágil de su madre llenó la línea.

—¿Sofía? ¿Mi niña? ¿Eres tú?

Las lágrimas picaron en los ojos de Sofía al instante, un nudo en su garganta por los meses de silencio forzado.

—Mamá... sí, soy yo. ¿Cómo estás? ¿La enfermedad...?

Su madre suspiró, su voz débil pero cargada de amor.

—Sigo luchando, mija. Los doctores dicen que necesito más tratamientos, pero tu padre... él ha estado desesperado, vendiendo todo para pagar. Te extraña, Sofía. Nosotros te extrañamos. ¿Estás bien allá, con ese hombre?

Sofía miró a Viktor, que se había vestido en pantalones y camisa abierta, observándola desde el pie de la cama con brazos cruzados. El resentimiento por su padre bullía sutil, no lo odiaba del todo, era un hombre roto por deudas y errores, pero la había vendido como si no importara, por algo en lo que ella no tenía nada que ver.

—Estoy... adaptándome, mamá —susurró, una lágrima rodando por su mejilla—. Viktor me cuida. Pero dile a papá que deje de vender información. Es peligroso.

Su madre tosió suavemente, un sonido que le partió el corazón a Sofía.

—Él está desesperado, mija. Las deudas médicas... pero prométeme que vendrás pronto. Te quiero.

–Yo también, mamá. Pronto –mintió Sofía, colgando con el pecho apretado.

Las lágrimas fluyeron libres ahora, y Viktor se acercó de inmediato, arrodillándose para abrazarla, sus manos grandes rodeando su cintura cuadrada con cuidado, besando sus lágrimas con labios posesivos pero tiernos.

—Lo siento, Sofía –murmuró contra su piel, su voz ronca cargada de culpa latente—. Tu familia... no se merecía esto. Pero te protegeré de todo.

Ella lo dejó consolarla, su mano enredándose en su cabello, sintiendo esa burbuja bullir: un toquecito de control en cómo lo atraía más cerca, provocándolo con un roce sutil de su panza contra su abdomen.

—Solo... no lo mates aún —susurró, traviesa en medio del dolor—. Es mi decisión ahora.

Viktor gruñó bajo, un sonido que le erizó la piel, pero antes de que el momento se calentara más, su teléfono vibró con urgencia. Lo tomó, su expresión endureciéndose al instante. Era Dimitri, "Jefe, ataque checheno en el almacén del puerto. Dos volados, tres hombres muertos. Están escalando."

Viktor se levantó de golpe, su rostro convirtiéndose en hielo puro, el rey mafioso volviendo con crueldad renovada.

—Quédate aquí —ordenó, vistiéndose con prisa, enfundando su pistola—. No salgas. Irina y Olga te vigilarán.

Salió furioso, la puerta cerrándose como un portazo al pasado suave.

Pasaron horas tensas para Sofía, paseando por la mansión como una leona enjaulada, su chándal gris arrugado por la inquietud. El resentimiento bullía, Viktor protegiéndola con crueldad, pero ¿a qué costo? Finalmente, él volvió al atardecer, cubierto de hollín y sangre ajena, sus ojos grises ardiendo con furia. Traía a un hombre atado, un traidor interno, un guardia que había vendido info a los chechenos por dinero rápido.

Lo arrastró al salón principal, donde Sofía esperaba, y sin preámbulos, sacó su pistola.

—Este bastardo nos vendió —gruñó Viktor, su voz ronca y cruel, apuntando a la cabeza del hombre que suplicaba.

—Por ti, Sofía. Para protegerte.

El disparo resonó como un trueno, sangre salpicando el suelo y un poco el chándal de Sofía, simbólico como una marca de su nueva realidad. Ella jadeó, el horror mezclándose con resentimiento, no por el traidor, sino por Viktor volviendo a su versión cruel, rompiendo la vulnerabilidad que ella había empezado a disfrutar.

Se acercó a él, sus ojos oscuros desafiantes, y rozó su brazo con dedos sugerentes, provocándolo en medio del caos.

—¿Esto es protección? –susurró, su lunar temblando–. O solo excusa para ser el monstruo de siempre.

Viktor tragó saliva, su pistola aún humeante, pero flaqueó un segundo ante su toque.

—Es por ti —repitió, pero su voz ronca rompiéndose un poco—. No dejaré que te toquen.

Sofía sintió la burbuja bullir fuerte, decidió esa noche espiar sus planes en la oficina, robando miradas a mapas y mensajes, su poder creciendo en las sombras. La guerra chechena acababa de encenderse de verdad, y ella, con resentimiento latiendo, estaba lista para jugar su parte.

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