Mundo ficciónIniciar sesiónLa noche cayó. Viktor seguía en sus reuniones con los de la mafia, y mientras todo eso pasaba, Sofía decidió ducharse.
Entró al baño y dejó caer la ropa al suelo, el agua caliente le cayó como lluvia, el vapor llenando el espacio, las paredes de vidrio se nublan con el calor, se lava lentamente, como si saboreara cada segundo como si fuera el último, el jabón tan caro con un aroma a flores Sakura, que se desliza por su piel morena, por los rollitos laterales, por los pechos pesados, por los muslos que se rozaban. Después de unos momentos, salió envuelta en la bata blanca, cabello húmedo goteando en la espalda, las luces de la Suite iluminando las gotitas brillantes de sus hombros y el cabello alborotado ahora plano. Desnuda bajo el foco cálido de la habitación. Caminó hasta el espejo de cuerpo entero, tomó el secador. El aire caliente movió sus ondas oscuras, frizz natural expandiéndose como halo rebelde. ____ Mientras pasaba el tiempo, fuera de la Suite, estaba Viktor saliendo de la reunión, se despidió de cada uno de sus camaradas y prefirió no tomar esta vez, se montó al ascensor y llegó hasta el último piso, Viktor había llegado sin avisar. Entró silencioso y cerró la puerta con seguro, se quedó en la sombra del pasillo. Quería ver qué hacía cuando creía estar sola. Nunca la había visto así, sin órdenes, sin miedo. Solo existir. Y ahí la vio. Desnuda. Los gorditos a los costados brillando con gotas de agua, lonjas suaves que se marcaban al moverse. El trasero pequeño, que él siempre llamó plano, ahora parecía un malvavisco de caramelo en esa piel morena, redondo y firme cuando se agachaba. Las piernas delgadas pero muslos carnosos que se rozaban, que daban ganas de morder hasta dejar marca. El vientre redondo, suave, pechos pesados que la gravedad llevaba hacia abajo, pero que él, por primera vez, imaginó estando Sofía encima de él con ellos rebotando de felicidad. El traje le apretó de repente, sentía asfixia de la nada, se puso duro como roca, sintió que la sangre se fue bajando toda al sur. Se puso rojo hasta las orejas, hasta el cuello, y su respiración se agitó, no solo se sorprendió de sí mismo, sino que gira la cabeza y nota que la cortina del ventanal estaba abierta, y sintió celos de la cuidad oscura abajo. "Que nadie la vea así. Nadie." pensó, claro, por supuesto que no quería que nadie más viera aquella mercancía exclusiva. Un ruido cortó su trance, fue Sofía, que mientras se peinaba el cabello, se le cayó el peine y se deslizó bajo la cama, lo cual ella suspiró en cansancio. Sofía se agachó a buscar el peine que se le había caído bajo la cama, estirando el brazo, espalda arqueada, trasero arriba, muslos abiertos apenas. A Viktor casi se le cae la mandíbula y se le salen los ojos al ver tremendo espectáculo, le estaba viendo hasta lo más profundo de su alma en esa pose, y ya no pudo soportar. En ese momento, en el que aún Sofía no sabía de su presencia, ella seguía esforzándose por recuperar el peine bajo la cama, hasta que de repente siente una estocada repentina, fuerte, desde atrás, Viktor le palmea, dándole una nalgada que resuena en la habitación. Sofía suelta un jadeo sorpresivo, y su cuerpo tiembla y responde, giró la cabeza por encima del hombro. Los ojos de Viktor encuentra los de ella. Él se enterró en ella de un solo empujón, profundo, urgente, sin aviso. Sofía jadeó fuerte, su cuerpo tembló, ella volteó la cabeza por encima del hombro, ojos grandes por la sorpresa un vez más. —¿Qué… qué estás haciendo? —preguntó, voz ronca, mezcla de miedo y calor. Viktor gruñó, su mano se posa en su cintura rollosa, embistiendo una vez más por instinto, por deseo... y quizá, porque no lo puede controlar, no cuando está frente a ella. —Te necesito —dijo, voz rota de deseo—. Ahora. Aquí. No aguanto más. Le dio otra nalgada seca, admirando cómo ese trasero pequeño temblaba como malvavisco bajo su palma. —Joder, mira cómo tiembla —susurró, casi riendo, casi llorando—. Eres perfecta así. Sofía jadeó otra vez, su mejilla se apoya contra el suelo de madera blanca y elegante. —Viktor… Él se detuvo de golpe recordando algo, levanta la cabeza, las luces de la ciudad entrando por... salió de ella repentinamente, corrió al ventanal y cerró las cortinas de un tirón, como si alguien pudiera verla desde la calle treinta pisos abajo. —Nadie —gruñó, volviendo a ella, ojos oscuros—. Nadie te ve así. Solo yo. ¿Entendiste? ¿Por qué estabas desnuda ahí, ah, Sofía? ¿Querías que me volviera loco? Ella lo miró, con la respiración agitada, su cuerpo temblando y a la vez respondiendo. —Solo… me estaba secando, luego se me cayó el peine y... no presté mucha atención a la ventana. Él la tomó de nuevo, la agarra y la levanta del suelo, la empujó contra la cama. —Pues ahora me tienes loco —dijo, voz ronca—. Y no voy a parar. Sofía se sorprende, nunca lo había visto sonrojado estando sobrio, todas las veces lo veía rojo por el vodka, pero esta vez estaba colorado porque ella le hizo sentir este efecto, y no, no pensaba que podía sentir miedo de él en estos momentos, no, casi sentía como una especie de orgullo, orgullo de saber que ella lo ha puesto así, después de todas las veces que él se burló de su cuerpo. Viktor la empujó contra la cama, la bata ya en el suelo, su cuerpo desnudo temblando bajo la luz cálida del último piso. —Desnúdame —ordenó él con voz ronca, sus ojos oscuros devorándola centímetro a centímetro—. Ahora. Sofía jadeó, sus manos temblando al tocar la camisa. Botón por botón, lentamente cediendo, sus dedos rozando la piel caliente de él, cicatrices antiguas, la telaraña tatuada que siempre le recordaba quién era, era la primera vez que ella se tomaba el tiempo de conocer su cuerpo en detenimiento.






