Mundo ficciónIniciar sesiónEl jet surcaba el cielo a treinta y cinco mil pies, con un zumbido constante y suave que arrullaba como una nana mecánica. Dentro de la cabina, todo parecía perfecto: luces tenues, asientos de cuero crema reclinados, mantas suaves sobre las piernas de las mujeres y una mesita central con vasos de jugo y agua. Nadie corría. Nadie gritaba. Solo se respiraba esa calma aparente que precede a las tormentas que nadie ve venir.
Doña María se había convertido en el alma del vuelo. Con su delantal todavía puesto (porque “una madre no se quita el delantal ni en avión”), repartía golosinas caseras que había guardado en una cesta de mimbre: arequipes envueltos en papel celofán, galletas de cuajada con un toque de canela, trocitos de bocadillo que se deshacían en la boca. —Para que no se me desmayen de hambre, mis amores— decía con esa voz ronca y cálida que hacía que todos se sintieran niños otra vez. Le dio una galleta a Sofía con una caricia en la mejilla. —Toma, mi reina, come despacio y con cuidado, que la princesita necesita fuerza. Sofía sonrió, aunque sus ojos seguían cansados, y mordió un pedacito. —Gracias, mamá… está delicioso. Elena, sentada al lado, también tomó una, y por primera vez en mucho tiempo se permitió relajarse de verdad. Miró a Sofía y le susurró: —¿Cómo te sientes ahora? ¿El vuelo te está sentando bien? Sofía asintió, apoyando la mano en la barriga. —Mejor que en tierra. El movimiento me calma. Y el aire acondicionado no huele a nada raro. Gracias por venir… significa mucho tenerte aquí. Elena le apretó la mano. —A mí también. Misha está feliz, y yo también. Ana se mantenía cerca, con la pequeña Sofía dormida en su regazo. Hablaba bajito con Sofía y Elena, cambiando de tema cada vez que la conversación se acercaba a lo médico: nombres de bebé, colores para las habitaciones, anécdotas graciosas de cuando la pequeña Sofía empezó a gatear y casi se come un cable. Las tres reían suavecito, como si el avión fuera un capullo que las protegía del mundo de abajo. Los niños estaban sentados en la zona trasera del jet, en una alfombra que habían improvisado con mantas. Alexei, Misha y Nikolai jugaban a los dragones… pero en bajito y con cuidado, manteniendo un suave juego, sin nada de carreras, ni gritos alocados, solo susurros emocionados y movimientos de manos. —Este es el dragón rojo… ¡es Alexei!— decía Alexei en voz muy baja, moviendo un muñequito de plástico. —Y este el azul… ¡es Misha!— respondía Misha, chocando los muñecos con cuidado. Nikolai solo observaba, con un dragón verde en la mano, y de vez en cuando señalaba a la pequeña Sofía que dormía en la cuna portátil. —Bebé… dragón— decía bajito, como si le estuviera asignando un rol en el juego. En la zona delantera, los tres hombres se sentaron en asientos separados pero lo suficientemente cerca para hablar sin que las mujeres oyeran. Viktor, Dimitri y Carl, no decían mucho, realmente no hacía falta, pero cada vez que se lanzaban miradas, entre ellos se entendían, un entendimiento táctico, silencioso, y pesado. Viktor tenía la mandíbula apretada, los ojos fijos en Sofía que reía bajito con Elena y Ana. Dimitri tamborileaba los dedos en el reposabrazos, mirando de reojo a su hija dormida. Carl mantenía la vista en la ventanilla, pero cada tanto giraba la cabeza hacia Elena, que acariciaba la barriga con una mano protectora. No hablaban de Krasnova, ni de la cabeza de paloma o de gato, tampoco de la extorsión ni del plan. Solo se miraban. Y en cada mirada había lo mismo: preocupación. Preocupación por las mujeres que amaban. Por los niños que jugaban, por los nuevos bebés que estaban por nacer. Viktor rompió el silencio primero, voz baja. —Cuando aterricemos… las dejamos instaladas. Doña María, Irina y Olga se quedarán con ellas. Ana también. Nosotros tres… volveremos en el mismo jet, el piloto ya tiene instrucciones. Nadie se enterará y adie pregunta. Dimitri asintió. —Mis hombres ya están en la cabaña, como dije antes, hay seguridad activa, todas las cámaras bien puestas, con sensores. Nadie entra sin que lo sepamos. Y si alguien intenta… lo saben antes de tocar la puerta. Carl habló por fin, voz ronca. —Elena cree que es solo reposo. Misha está emocionado por la nieve. No saben nada. Y prefiero que siga así. Hasta que terminemos con esto. Viktor miró hacia Sofía otra vez. —Lo terminaremos, rápido, limpio y volveremos antes de que ellas se den cuenta de que nos fuimos. Los tres se quedaron en silencio otra vez. Solo miradas. Solo comprensión. Solo la certeza de que, aunque el avión los llevara lejos… ellos no iban a huir, ya se estaban preparando en silencio, sus cuerpos estaban aquí, pero sus mentes y voluntad se quedaron en Moscú. Y cuando volvieran… la bruja Volkov iba a desear no haber salido nunca de su escondite. El jet siguió volando hacia Nueva York, hacia la cabaña segura que es su refugio, y los tres hombres siguieron mirando hacia adelante. Viktor, quien era el que se sentía más afectado, aún tenía miedo de lo que pudiera pasar, de que Sofía y las demás se enteren de lo que estaba pasando realmente, él quería protegerla a toda costa y lo hará aunque le toque arrancarse las uñas de un mordisco. Pase lo que pase, estará listo.






