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Capítulo 25: El primer viaje sin cadenas.

Al día siguiente, Sofía despertó todavía con la mejilla latiendo como fuego lento. La habitación estaba en penumbra, la luz del amanecer filtrándose por las cortinas. Se levantó, se vistió con pantalón negro y suéter gris largo, cabello recogido en una trenza floja. Bajó a la cocina. Irina la vio y abrió la boca para preguntar, pero Sofía negó suave con la cabeza. No quería palabras.

Viktor entró entonces, su abrigo negro que brilla como azabache, olor a café y pólvora y su distintiva colonia con olor a dinero. Anastasia ya estaba sentada, con el camisón de seda rojo, y su sonrisa felina.

—Buenos días, cariño —dijo ella, levantándose para besarlo en la comisura—. Dormiste poco, ¿eh?

Viktor la detuvo con una mano en el hombro, suave pero con firmeza.

—Anastasia —dijo, voz fría como hielo—. Cuando regrese de Chicago, no quiero verte en esta casa. Eso o no habrá más negocios con tu padre, ya sabes.

El silencio cayó pesado. Anastasia parpadeó, sonrisa viperina se congela y se tambalea por unos segundos.

—¿Qué... Qu- disculpa?

—Te vas hoy —repitió él, sin alzar la voz—. Dimitri te llevará de vuelta, te estará esperando afuera, ya le ordené. Tus cosas ya están listas en la habitación, solo debes buscarlas e irte.

Ella se rió nerviosa, pero los ojos brillaban de rabia, celos y una pizca de envidia. —¿Por ella? ¿Por la gordita que te tiene loco?

Viktor la miró fijo. —Por mí —dijo—. Porque ya no te quiero aquí.

Anastasia miró a Sofía, su mirada molesta y matadora como si estuviera viendo lo peor del mundo, como si su felicidad se estuviera yendo por la borda. —Tú ganaste esta ronda —susurró—. Pero no la guerra.

Viktor la tomó del brazo, la llevó a la puerta.

—Dimitri —llamó a su compañero de armas—. Te está esperando, no tardes.

Dimitri apareció, tomó las maletas. Anastasia salió sin mirar atrás, con los tacones resonando en el mármol con cada paso.

La puerta se cerró. Viktor se volvió a Sofía.

—Chicago —dijo—. No iremos por tres días, y tú vienes conmigo, sin excusas ni quejas.

Ella lo miró, corazón latiendo fuertemente. —¿Por qué debería?

—Porque quiero que veas que puedo cambiar —respondió él, voz baja—. Que no soy solo el que te golpea. Que puedo ser... más.

Sofía respiró hondo, duda y esperanza mezcladas. —¿Estás seguro de que puedes?

Él se acercó, su mano roza la mejilla hinchada con cuidado, su tacto es suave y delicado por primera vez. —No lo sé —admitió—. Pero quiero intentarlo. Con todas mis fuerzas.

Ella cerró los ojos un segundo, nunca se imaginó saborear un momento así con el monstruo que la ha tratado tan mal desde que la conoció. —Está bien, nténtalo —dijo—. Pero si fallas... me voy. De verdad.

Él asintió. —Trato.

Una hora después, el jet privado despegó. Están sentados frente a frente. Viktor como siempre destapando una botella de vodka con la práctica, y Sofía solamente bebe una botella de agua.

Después de unos momentos él habló primero. —Sé que no confías en mí—dijo—. Y tienes razón. Te hice daño. Mucho daño...

Ella miró las nubes por la ventana, una a una libres de todo pronóstico y problemas, claro. —El daño no se borra con palabras. —murmura con serenidad sin molestarse, solo seguir tranquila, quería paz.

—Lo sé —respondió él—. Pero puedo empezar a curarlo. Poco a poco, si me lo permites.

Sofía lo miró. —¿Y cómo vas a hacer eso? Después de todo...

—Escuchándote —dijo—. Dejando que hables. Que me digas cuándo me equivoco. Que me cortes cuando sea cruel, que me ayudes... a dejar de escuchar los demonios que me zumban en la cabeza.

Ella sonrió levemente, entre amargo y diversión.

—¿Y si te corto demasiado, o si digo algo que no logres soportar? Él tomó su mano con suavidad, parecía ablandarse con cada minuto que pasaba. —Me lo merezco.— susurró solo para ella.

Él se la queda viendo, su mano agarrando la de ella—Anastasia se fue —dijo él—. Para siempre.

Sofía asintió. —Sí, lo vi, cuando llamaste a Dimitri y él la ayudó a salir de tu casa.

—Fue por ti —admitió con voz casi apagada, sin poder verla a los ojos en ese momento—. Porque cuando te vi correr... sentí que te perdía. Y no puedo, no pude...

Ella miró la mano de él sobre la suya. —No soy tuya para perder —dijo suave—. Soy mía. —sin embargo, algo en su mente dió vueltas, pero no supo que fue, ni tampoco pensaba decirlo, mucho menos admitirlo.

Viktor apretó levemente. —Sí, entiendo. Pero quiero ganarte. De verdad, poder cumplir, verte florecer.

Sofía miró la ventana. —Gánate primero a ti mismo.

El vuelo siguió.

Había tensión, pero esta vez se sentía diferente.

_____

En Chicago, llegaron a un hotel de lujo, la mejor suite doble del edificio. Viktor salió a reuniones, y Sofía se quedó sola sola, quizá planificando, pero aún con la duda.

Porque por primera vez... él había dicho la verdad.

Sofía se quedó sola en la suite, la puerta cerrándose con un clic suave tras Viktor.

Nunca había viajado tanto. Nunca había visto algo así: paredes de cristal que daban a Chicago iluminada como un mar de estrellas, cama king que parecía tragarse la habitación, baño de mármol negro con ducha de lluvia y luces que cambiaban de color. Tocó la encimera, fría y perfecta. Abrió el armario: batas de seda, zapatillas mullidas, amenities que olían a vainilla y jazmín caro.

Demasiado.

Demasiado grande, demasiado lujoso, demasiado irreal para alguien que creció compartiendo cuarto con dos hermanos y comiendo arroz con huevo en platos rotos.

Pero era hermoso.

Se acercó al ventanal, apoyó la frente en el cristal frío. Abajo, la ciudad palpitaba. Luces rojas y blancas moviéndose como sangre en venas. Por primera vez en semanas, sintió algo parecido a paz.

"Podría acostumbrarme", pensó. "Podría quedarme. Si él cambia de verdad…"

La duda la pinchó fuerte.

Sacudió la cabeza. No. El plan seguía. El dinero escondido, el mensaje enviado. Libertad.

Pero la duda quedó ahí, como semilla.

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