Mundo ficciónIniciar sesiónSofía entró en su habitación y cerró la puerta con un clic que sonó demasiado definitivo. El plato de galletas tembló en su mano; lo dejó sobre la mesita sin probar ni una más. El olor a chocolate se mezclaba con el perfume de Anastasia que parecía haberse pegado a su piel como una segunda humillación.
Se quedó de pie en medio de la alfombra, respirando despacio, contando hasta diez para no derrumbarse. Luego abrió el pequeño refrigerador del rincón y guardó el plato entero. Mañana quizá tuviera hambre de algo que no supiera a lágrimas. Caminó hasta baño, abrió la ducha y dejó que el agua cayera tan caliente que le quemaba la piel. Se frotó fuertemente, como si pudiera borrar el olor de Viktor que no estaba pero se sentía en cada poro. El agua corrió caliente y un poco roja por un momento: la herida de la espalda había vuelto a abrirse con el forcejeo. No le importó. Dejó que sangrara. Después de unos cuantos minutos salió, se envolvió en una toalla, se paró frente al espejo empañado. Limpió el vidrio con la mano y se miró. Sus ojos están hinchados, aún vidriosos y la nariz congestionada, su lunar marcado sobre el labio, cabello alborotado, marcas rojas en la piel. —Se acabó —dijo en voz alta, voz temblando pero firme—. Ya no más. Mañana empiezo a salir de aquí. Las lágrimas cayeron, pero esta vez no las enjuagó. En la habitación contigua, Viktor empujó a Anastasia contra la puerta en cuanto cerró. —Vete —dijo bajo, voz helada—. Ahora. Ella rió, bata de seda negra cayendo de un hombro. —¿Después de lo que acabamos de hacer? No me eches, cariño. Todavía estoy caliente. Él la tomó de los hombros, empujándola al pasillo. —He dicho que te vayas. Anastasia se soltó, ojos brillando de furia y placer. —¿Es por ella? ¿Por la gordita que nos vio? ¿Te da pena ahora, Viktor? ¿Después de cogerme como animal mientras ella miraba? Él apretó los puños. —No es pena —mintió—. Es cansancio. Vete. Ella se acercó, dedo en su pecho. —Mientes fatal. Te conozco. Te vi mirarla cuando cerró la puerta. Por un segundo pensaste en parar. En ir tras ella. En disculparte. Viktor la miró, voz ronca. —Nunca me disculpo. Anastasia sonrió cruelmente. —Pues empieza a practicar. Porque la estás perdiendo. Y cuando se vaya de verdad… vas a arrodillarte como nunca. Él la empujó fuera, cerró de un portazo. Se quedó solo, agarra la botella de Vodka y comienza a beber, trago tras trago hasta que se emborrachó de verdad por primera vez en años. La mirada de Sofía en la puerta de la oficina lo perseguía. No era odio. No era miedo. Era vacío. Y eso lo rompía más que cualquier grito. Al día siguiente, el desayuno empezó tenso. Sofía bajó con su vestido sencillo hasta las rodillas, su cabello recogido en un moño algo alborotado, algunos mechones rebeldes que se le salen a los lados, y una mirada que ya no bajaba, pero se reserva. Anastasia llega en bata de seda y se sienta al lado de Viktor, él aparece con ojeras y ojos rojos que dicen por sí mismo que no pudo dormir, toma una taza de café negro y bebe apenas. —Buenos días —dijo Anastasia con voz cantarina—. ¿Dormiste bien, Sofía? Pareces... descansada. Sofía tomó un poco de agua, su mirada es serena, como si lo de ayer nunca hubiera pasado, como un sueño olvidado. —Estoy... perfectamente —logra murmurar manteniendo la calma. Anastasia sonrió, tanto su sonrisa como su mirada era viperina. —Qué raro. Anoche hubo tanto ruido... pensé que nadie durmió. Viktor apretó la taza, con la mandíbula tensa, incapaz de mirar a Sofía. Sofía no dice nada, se queda en silencio por unos momentos, como si no importara lo que dijera aquella mujer. —Dormí profundamente —dijo calmada—. Como si no existiera. Anastasia se inclinó hacia Viktor. —¿Ves? Qué fuerte. Yo apenas pegué ojo. Alguien me dejó... insatisfecha. Viktor tomó otro trago largo sin soplar, la lengua y la garganta le quemaron, pero no fue lo suficiente como para calmar sus demonios. —Anastasia —advirtió él en voz baja y tranquila. Ella ignoró. —Aunque supongo que tú tampoco dormiste mucho, cariño. Esa carita de culpa... Dimitri entró de golpe. —Jefe. Los chechenos. Quemaron el almacén del puerto. Tres muertos. Ni un minuto más, nos vamos. Viktor salió con los hombres antes del mediodía, el Mercedes rugiendo por el camino de grava, Anastasia sentada a su lado, voz cantarina hablando de estrategias y venganza. Sofía los vio irse desde la ventana de su habitación, el vestido blanco doblado en la cama como un recuerdo que quemaba. _____ Pasaron las horas. Sofía no se movió al principio. Se quedó sentada en la cama, sus manos en el regazo, mirando su vestido, el que tiene puesto, el mismo que llevaba la primera noche, cuando él la tomó sin piedad, sin mirarla a los ojos, solo usándola. Lo tocó con dedos temblorosos. "Si me voy ahora, nadie me verá." "Si me quedo, me romperá otra vez." Y dudó al principio. Caminó por la habitación, abrió el armario, sacó una maleta pequeña, la volvió a cerrar. Se sentó. Se levantó. Miró el reloj. Pasaron tres horas. Cuatro. El sol cayó. La mansión vacía, solo Irina y Olga abajo preparando cena. Sofía respiró hondo. Se puso los zapatos, se suelta el cabello y se mira por última vez, su mirada está llena de determinación. Bajó las escaleras despacio, corazón latiendo fuerte pero pasos firmes. Irina la vio en la cocina. —¿Señorita? ¿Va a algún lado? Sofía sonrió leve. —A caminar —mintió—. Necesito aire, así que daré un paseo por la glorieta. Irina asintió, preocupada, pero no preguntó más. Sofía salió por la puerta lateral, hay nooche fría y luna llena. Caminó por el jardín, luego por el camino de grava hacia la reja principal. Las luces del Mercedes aparecieron en la distancia. Viktor volvía. Sofía aceleró. Las rejas eléctricas se abrieron lentas para el coche. Viktor, al volante esta vez, la vio. En cámara lenta. Cabello oscuro ondeando con el viento, vestido blanco brillando bajo las farolas, piernas flacas moviéndose rápido, rollitos temblando bajo la tela, mirada de determinación que cortaba la noche. Ella corría. Hacia la libertad.






