Mundo ficciónIniciar sesiónSofía se quedó inmóvil en el pasillo, la mano apoyada en la pared fría, el corazón latiendo tan fuerte que parecía querer salir del pecho. La puerta entreabierta dejaba escapar los gemidos, las palabras, el olor a sexo y perfume caro.
Y entonces lo vio. A través de la rendija, Viktor encima de Anastasia, espalda arqueada, embestidas brutales, manos agarrando esa cintura de avispa que tanto alababa. Anastasia reía entre jadeos, uñas clavándose en su espalda, cabeza echada atrás, cabello rubio desparramado sobre el escritorio como una bandera de victoria. Sofía no se movió. No gritó. Solo abrió la puerta un poco más, lo justo para que ellos la vieran si quisieran. Y Viktor la vio. Sus ojos grises se encontraron con los de ella un segundo eterno. No había sorpresa. No había culpa. Solo deseo crudo, animal, mientras seguía moviéndose dentro de Anastasia. Anastasia también la vio. Sonrisa triunfal, lenta, cruel. —Uy, la gordita vino a mirar —susurró entre gemidos, voz ronca de placer—. ¿Te gusta el espectáculo, cielo? Sofía no respondió. No tenía palabras. Solo sintió que algo dentro de ella se rompía otra vez, como la primera noche, cuando él le quitó la virginidad sin piedad, sin mirarla a los ojos, solo usándola. Y ahora... ahora era una más de la lista. Nada especial. Nada importante. Sus ojos se quedaron fijos en Viktor, buscando... algo. Una disculpa. Un arrepentimiento. Un “para”. Pero él no paró. Solo la miró, respiración agitada, y siguió, más fuerte, como si su presencia lo encendiera aún más. Sofía cerró la puerta con un clic suave. Ni una lágrima. Se dio la vuelta y bajó las escaleras despacio, como si cada paso pesara una tonelada. Llegó a la cocina, Irina y Olga ya habían terminado, el lugar vacío y silencioso. Encendió el horno, sacó harina, azúcar, mantequilla. Sus manos temblaban, pero trabajaban. Amasó. Golpeó la masa contra la encimera una, dos, tres veces. Más fuerte. Lágrimas cayeron sobre la masa, saladas. Hizo galletas de chocolate. Pequeñas. Perfectas. Las puso en la bandeja, las metió al horno. Se sentó en el taburete, cabeza entre las manos, respirando hondo. El olor a chocolate llenó la cocina. Consuelo. Pequeño. Pero suyo. Y mientras las galletas se horneaban, Sofía comenzó a pensar en posibilidades, huídas, escapes, inventar mentiras... para alejarse de esta terrible situación. El temporizador sonó como un latigazo. Sacó la bandeja con manos temblorosas, el olor a chocolate caliente llenando la cocina vacía. Tomó un plato pequeño de porcelana, puso seis galletas perfectas, redondas, doradas. Salió por la puerta trasera sin mirar atrás. El jardín estaba oscuro, solo iluminado por la luna y los faroles antiguos que bordeaban el camino. Caminó descalza sobre el césped helado hasta la glorieta victoriana que Viktor había mandado restaurar años atrás: columnas blancas torneadas, enredaderas de hiedra seca trepando, un banco circular acolchado de terciopelo azul oscuro, techo de hierro forjado con forma de corona. Era hermosa, casi irreal, como sacada de un cuento que ya no creía. Se sentó, el frío de la noche colándose por el vestido gris. Tomó una galleta. El primer mordisco fue salado. Lágrimas que no sabía que seguían cayendo habían mojado la masa. Mantequilla y sal, casi nada de azúcar. Intentó otra mordida, pero la garganta se cerró. El plato tembló en su regazo. Las lágrimas cayeron en silencio, sorbió mocos sin vergüenza, el frío del jardín metiéndosele en los huesos. "Podría irme ahora", pensó. "La puerta lateral nunca está cerrada del todo. Correr hasta la avenida, tomar un taxi, desaparecer antes de que amanezca." Imaginó la cara de Viktor al despertar y no encontrarla. Imaginó la libertad. Se levantó de golpe, servilleta volando de su regazo con el viento. Dio un paso hacia la salida del jardín. Desde la ventana de su habitación, Viktor la vio. Estaba desnudo de cintura para arriba, vaso de vodka en mano, mirando la noche sin poder dormir. La vio salir, la vio sentarse, la vio llorar. Vio el plato, las galletas, la servilleta volando. Vio cómo se levantaba y daba ese paso hacia la oscuridad. El corazón le dio un vuelco. "Se va." El vaso cayó al suelo, vodka derramándose. Corrió a la ventana, mano en el cristal frío. "Se va y no la detengo." Alivio y pánico al mismo tiempo. Alivio porque quizá sería mejor. Pánico porque la idea de la mansión vacía sin ella le apretaba el pecho como nunca. Pero Sofía no corrió. Se agachó, recogió la servilleta con calma, la dobló y volvió a sentarse. Viktor soltó el aire que no sabía que retenía. Desde atrás, brazos suaves lo rodearon. Anastasia, en bata de seda negra, cuerpo pegado a su espalda, labios en su hombro. —¿La estás mirando llorar? —susurró, voz ronca de sueño y placer—. Qué tierno, cariño. ¿Te da pena la gordita? Viktor no se movió. —Vete a dormir —dijo en voz baja. Ella rió contra su piel, sus manos bajando por su abdomen. —No. Me gusta verte así. Inquieto. Como cuando éramos jóvenes y no podías tener suficiente de mí. Sus dedos rozaron más abajo, encontrándolo firme todavía. —Todavía piensas en mí —susurró—. En esto. En lo que fuimos. Viktor cerró los ojos, su mano apretando más el marco de la ventana, su nudillos se pusieron blanco hueso. —Anastasia… Ella mordió su hombro suave. —Dime que la echas —susurró—. Dime que mañana la mandas de vuelta y nos quedamos nosotros. Como antes. Abajo, Sofía se levantó otra vez, con el plato en la mano, y caminó despacio de regreso a la casa, ella entra y guarda las galletas en la nevera, no mira a nadie, ni siquiera a las sirvientas Irina y Olga, ella sigue caminando, sube las escaleras y se va a su habitación sin mirar a nadie, sin importarle si Viktor preguntó por ella, pero igual, ¿de qué iba a preguntar? si ya se sabe quién era Viktor. Él no sabe si salir de la habitación, si despegarse de Anastasia y enfrentar lo que hizo, pero lucha internamente contra su orgullosos demonios que lo tienen atado, contra la misma Anastasia que se lo queda viendo como una ficha en un juego divertido.






