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Capítulo 186: El refugio en Castkills.

El jet tocó pista en el aeropuerto privado de Westchester con un suspiro suave, casi discreto, como si supiera que no debía hacer ruido. Eran las cuatro de la tarde en Nueva York, pero el cielo estaba gris y pesado, con nubes bajas que parecían querer abrazar la tierra. El frío entró de golpe cuando abrieron la puerta: un aire limpio, cortante, con olor a pino y a libertad que Sofía inhaló profundo, cerrando los ojos un segundo.

—Esto huele a paz, mi rey…— murmuró contra el pecho de Viktor mientras él la ayudaba a bajar la escalerilla, sosteniéndola por la cintura con esa mezcla de ternura y posesión que nunca dejaba de hacerla temblar.

Viktor le besó la sien, sin soltarla.

—Paz es lo que vas a tener aquí, reina mía. Nada más que paz. Y nieve. Y niños corriendo y yo cuidándote cada segundo.

El transporte ya esperaba: dos SUVs negros con vidrios tintados y placas que no decían nada.

Los hombres de confianza de Viktor, cuatro en total, discretos, armados pero sin mostrarlo, cargaron las maletas, la cuna portátil, el arenero de Dragón Gris y las bolsas de comida que Doña María había insistido en traer.

Los niños bajaron emocionados: Alexei y Misha gritando —¡nieve! ¡nieve!— mientras Nikolai gateaba detrás, curioso, y la pequeña Sofía se despertaba en brazos de Ana, parpadeando confundida ante el frío nuevo.

Elena bajó con cuidado, con Carl a su lado todo el tiempo, una mano en su espalda baja como si temiera que se rompiera. Misha corrió hacia Alexei y Nikolai, los tres abrazándose como si llevaran meses sin verse.

Doña María miró alrededor, respirando hondo.

—¡Ay, qué frío tan rico! Esto sí es aire puro, mis amores. Aquí la princesita va a crecer fuerte.

Irina y Olga ayudaron a acomodar todo en los SUVs, susurrando entre ellas sobre cómo “la señora Sofía necesita una chimenea encendida ya”.

El trayecto a la cabaña en Catskills duró una hora: carreteras serpenteantes, árboles altos cubiertos de nieve reciente, silencio roto solo por las risas de los niños y el ronroneo de Dragón Gris dentro de su jaula portátil.

La cabaña apareció al final de un camino privado: madera oscura, techo inclinado, chimenea humeando ya (los hombres de Viktor habían llegado antes para preparar todo).

Lago congelado al fondo. Bosque alrededor.

Seguridad invisible: cámaras, sensores, hombres en puntos estratégicos que nadie vería.

Sofía bajó del SUV apoyada en Viktor, respiró hondo y cerró los ojos.

—Esto es… perfecto. Gracias, mi rey.

Viktor la abrazó por detrás, besándole el cuello y dejando el beso tibio y húmedo en su piel.

—Todo para ti. Para nuestra niña. Para que descanses de verdad.

Dentro, el calor de la chimenea los recibió como un abrazo. Madera crepitando. Olor a pino y a café recién hecho. Habitaciones amplias, camas con edredones gruesos, una cocina grande donde Doña María ya se sentía en casa.

Los niños corrieron a explorar: Alexei y Misha gritando “¡es como una fortaleza de dragones!”, Nikolai gateando detrás, la pequeña Sofía en brazos de Ana mirando todo con ojos enormes e inocentes.

Elena se acercó a Sofía, tímida pero cálida.

—Es hermoso… gracias por invitarnos, de verdad que nunca había estado en un lugar así. (Y eso que Carl es adinerado para ir a unas vacaciones de este nivel, pero nunca lo hizo.)

Sofía le tomó la mano.

—No es invitación, es tiempo de calidad en familia, y aquí estamos seguras, todas.

Elena asintió, casi con lágrimas contenidas y cristalinas en las comisura de los ojos, y aguantó para no derramarla.

—Sí… seguras.

Mientras las mujeres acomodaban a los niños y preparaban chocolate caliente, Viktor, Dimitri y Carl se reunieron en el porche trasero, mirando el lago congelado y el bosque oscuro que los rodeaba.

Viktor habló primero, voz baja.

—Estamos aquí. Fuera del radar. Nadie sabe que vinimos. Nadie sabe dónde está la cabaña. Pero no actuamos todavía. Esperamos. Dejamos que Krasnova crea que nos fuimos por miedo. Que nos escondimos. Que cedimos. Y cuando baje la guardia… cuando crea que ganó… volvemos. Los tres. Y terminamos con ella.

Dimitri asintió, con los ojos fijos en el bosque.

—Mis contactos en Israel ya están rastreando sus movimientos incluso antes de tiempo, tiene un círculo pequeño pero leal. Gente que no habla. Pero todos tienen un precio o un miedo, encontraremos el eslabón débil.

Carl miró hacia la casa, donde Elena reía bajito con Sofía mientras acomodaban mantas.

—No quiero que Elena sepa todavía, ni siquiera sé si pueda contarle lo que está pasando realmente, quiero que el bebé nazca sano, así que no... no hasta que sea seguro, hasta que esté completamente tranquila y feliz, no quiero romper eso... la felicidad que está sintiendo en estos momentos, nunca la había visto tan... sonriente.

Viktor puso una mano en su hombro.

—No lo romperemos, tranquilo Carl, por ahora… ellas descansan, los niños están bien y juegan, nosotros vigilaremos, y planearemos todo, que cuando llegue el momento… actuaremos rápido y limpio, volveremos antes de que se den cuenta de que nos fuimos, todo está completamente calculado.

Dimitri miró a los dos.

—Entonces esperamos. Pero no dormimos. No bajamos la guardia. Porque Krasnova no va a esperar eternamente.

Viktor asintió, mirando el lago.

—No. Pero nosotros… nosotros tampoco.

Los tres se quedaron en silencio, mirando el bosque.

Con la casa detrás, llena de risas suaves, de niños jugando, de mujeres que creían estar en vacaciones. Por ahora ellos se quedan en silencio, esperando el momento para desaparecer en las sombras mientras que sus familias están a salvo en este lugar por ahora.

Y mientras tanto, Sofía, y las demás, eran inconscientes de lo que estaba pasando en la cabeza de los hombre, pero era mejor no saber, por el bien de los niños, de ellas y de los bebé nonato.

Ana es quien sabía todo... y sentía preocupación, pero se mordió la lengua para no decir nada, para no soltar el miedo que tiene guardado dentro.

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