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Capítulo 22: ¿Arrepentimiento?

Viktor pisó el freno con brusquedad, el Mercedes derrapando.

—¡Sofía! —gritó, bajando del auto a toda velocidad.

Ella no miró atrás. Corrió más rápido, sus zapatos golpeando la grava en cada paso brusco. Él corrió detrás, sus zancadas son más largas, y su abrigo se ondea con el viento.

Él la alcanzó en unos pocos segundos, su brazo logra rodear su cintura, tirándola al suelo de piedritas. —¡Suéltame! —gritó ella, forcejeando por primera vez con toda su fuerza. Sofía sin querer le rasguña la mejilla.

—No —gruñó él, su peso la aplasta, una línea de sangre en la mejilla donde ella le había rasguñado—. El contrato, recuérdalo, eres mía.

Ella arañó más fuerte, uñas clavándose. —¡Nunca más, no quiero ser un juguete! —gritó, voz rompiéndose.

Viktor sin poder aguantar, la abofeteó, fuerte, or instinto, Dimitri lo ve y llegó corriendo, dudando sin saber si intervenir o no, vio la escena, se quedó helado. Sofía jadeaba debajo, mejilla ardiendo, ojos llenos de fuego y lágrimas.

Viktor la miró, la línea del rasguño cada vez más rojo, su respiración es agitada y pesada.

Y por primera vez... no supo qué decir. Los tres se quedaron mirando.

La nieve caía lenta, copos grandes que se pegaban al cabello de Sofía y se derretían al tocar la sangre de la mejilla de Viktor. El aire era tan frío que dolía respirar, pero ninguno se movía.

Dimitri dio un paso, su voz baja.

—Jefe… suéltela.

Viktor no escuchó. Seguía encima de ella, peso aplastante, mano todavía levantada del golpe. La mejilla de Sofía ardía roja, marca perfecta de sus dedos. Los ojos de ella, llenos de fuego y lágrimas, lo miraban sin parpadear.

—Suéltame —repitió Sofía, voz ronca pero firme—. Ahora.

Viktor apretó más, por instinto puro. —No —gruñó, voz rompiéndose—. Eres mía.

Ella forcejeó de nuevo, uñas arañando.

—¡Suéltame! ¡No soy tuya! ¡Nunca lo fui!

Él apretó más fuerte, respiración agitada.

—¡Cállate!

—¡No! ¡Suéltame, Viktor! ¡Suéltame!

Y entonces perdió.

El revés salió seco, fuerte, sus nudillos golpearon la mejilla con un sonido que resonó en la noche. La cabeza de Sofía se volteó violentamente, el cabello se agitó cubriéndole el rostro, su cabeza estrellándose contra las piedritas. Una gota de sangre oscura brotó de su nariz, rodando lenta.

Dimitri corrió, agarró a Viktor por los hombros y lo levantó con fuerza.

—¡Basta, jefe! ¡Basta ya!

Viktor se sacudió, sus ojos desorbitados por la locura.

—¡Suéltame o te disparo! ¡Suéltame, Dimitri!

Forcejeó, sus puños cerrados, la respiración animal y agitada.

Dimitri lo sujetó más fuerte, con voz grave.

—No, jefe. No.

Los dos se quedaron así, jadeando, hasta que vieron que Sofía no se movía. Quedó tendida, con vestido emarañado, sangre en la cara, ojos cerrados, respiración débil.

Dimitri soltó lentamente los brazos. Viktor se quedó quieto, mirando. Luego caminó despacio, se agachó a su lado. Tocó la mejilla marcada, sangre en sus dedos.

—Sofía… —susurró, voz rota—. Sofía…

Ella parecía un ángel dormido. Inocente. Sufriendo. Y él… él era el monstruo que la había roto.

Viktor se quedó arrodillado en la grava, la sangre en la mejilla ya se había secado un poco, su respiración sigue entrecortada. Sofía sigue debajo de él, inmóvil, vestido blanco manchado de tierra y arrugado, un hilo rojo oscuro saliendo lento de su nariz.

Dimitri llegó en unas cuantas zancadas, y se agachó, tocó el cuello de ella con dos dedos para revisar sus signos vitales. —Está viva —dijo en voz baja y aliviada—, pero desmayada. El golpe fue fuerte...

Viktor no respondió. La miró un segundo más, luego, de repente como si el viento le hubiera susurrado, la tomó en brazos como si fuera de cristal y plomo al mismo tiempo. Pesaba más que nunca, la gordita que no pensó en cargar jamás.

—Llama al médico —ordenó, voz ronca, casi quebrada—. Ahora.

Dimitri sacó el teléfono mientras corría delante, abriendo las puertas de la mansión.

Viktor caminó con ella en brazos hasta la entrada principal, pasos pesados sobre la grava. La nieve seguía cayendo, pegándose al cabello oscuro de Sofía, derritiéndose en sus pestañas cerradas.

Anastasia salió al vestíbulo en ese momento, bata de seda negra, y una sonrisa lista en los labios rojos. La vio llegar y aquella sonrisa se congeló, vaciló por un momento.

—¿Qué… qué le pasó? —preguntó, voz entre curiosidad y alarma.

Viktor no la miró. Pasó a su lado como si no existiera. —Fuera de mi camino —gruñó.

Irina apareció corriendo desde la cocina, manos en la boca al ver a Sofía inconsciente. —¡Señorita! —casi gritó, abriendo la puerta de la habitación de Sofía—. ¡Aquí, rápido!

Viktor la llevó dentro, la depositó en la cama con cuidado que nadie esperaba de él. Sofía quedó tendida, con la mejilla hinchada, el pómulo oscuro ya morado, sangre en la nariz, vestido blanco arrugado y manchado.

Irina corrió por hielo y toallas. Dimitri entró detrás, teléfono en la oreja. —El doctor Cohen viene en diez minutos.

Anastasia se asomó a la puerta, sonrisa forzada.

—Viktor, cariño, ¿qué pasó? Parecía… una discusión fuerte.

Él se volvió, ojos grises encendidos. —Fuera —dijo bajo, voz que no admitía réplica—. Ahora.

Anastasia parpadeó, pero retrocedió. —Claro… estaré abajo si necesitas… consuelo.

Viktor cerró la puerta en su cara.

Se quedó solo con Sofía.

Se sentó al borde de la cama, tomó una toalla húmeda de Irina y limpió la sangre de su nariz con cuidado, como si temiera romperla más. Los dedos le temblaban apenas. La mejilla hinchada, el rasguño en su propia cara, la respiración débil de ella.

—Lo siento —susurró, voz tan baja que casi no salió—. Lo siento, Sofía.

Ella no respondió.

Después de unos minutos el doctor llegó, revisó, limpió, vendó y comenzó a dar el informe médico.

—Tiene la nariz rota pero nada grave, solo leve, una pequeña conmoción, pero despertará en unas horas, un poco de hielo en el golpe y reposo, mucho reposo... por el trauma.

Viktor asintió, sin apartar la mano de la de ella. Cuando todos se fueron, se quedó ahí, sentado en la oscuridad, mirando a la mujer que había roto. Y por primera vez, el rey sintió que el trono se tambaleaba.

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