ALBA
La mesa está dispuesta como un campo de batalla.
Cubiertos alineados al milímetro. Tazas de fina porcelana, demasiado blancas para ser honestas. Servilletas bordadas con el escudo de los De Santis. Y en el centro, pasteles aún tibios, como si un poco de azúcar pudiera desactivar lo que se presenta como una detonación.
Estoy allí, con la espalda recta, las manos cruzadas sobre mis rodillas. Permanezco en silencio.
Sandro ya está instalado, en su eterno y calculado calma. Aún no ha tocado su