SANAA
No necesito abrir los ojos para saber que todavía está ahí.
Su brazo me rodea como una atadura suave.
Su torso contra mi espalda es cálido, firme.
Y entre mis muslos, aún siento las huellas de él.
No duerme.
Siento su aliento cálido contra mi nuca.
Y ese peso, ahí, contra mis nalgas: Vivo, despierto, hambriento.
Me muevo ligeramente, solo lo suficiente para provocarlo, para que se presione un poco más.
Su mano se desliza sobre mi vientre.
Sus dedos descienden.
— ¿Quieres volver