Mundo ficciónIniciar sesiónNueva York: balas, traiciones, pasión prohibida. Bella Rossi, heredera mafiosa, salva a Luca Moretti, enemigo mortal. Odio vira a deseo ardiente. Tiros, besos robados, guerra total. ¿Amor o ruina? Acción non-stop, romance que quema.
Leer másEl mundo olía a hierro, gasolina y miedo.Bella no recordaba cómo habían salido del amasijo de hierro que solía ser el Maserati. Solo recordaba el calor de las llamas lamiendo el asfalto, el peso muerto de Luca sobre su hombro y el sonido de las sirenas —o tal vez eran sus propios gritos— perdiéndose en la oscuridad del bosque. Habían caminado kilómetros bajo la lluvia, evitando las carreteras principales, hasta que Luca, tambaleándose y con una mano presionando un agujero de bala en su costado, la guió hacia un edificio decrépito en la zona industrial de la ciudad.El "piso franco" no era más que un estudio polvoriento con una cama de muelles vencidos, una mesa de madera astillada y una ventana reforzada con barras de acero. No había mármol, ni sábanas de seda, ni criados. Solo el zumbido de una bombilla desnuda que oscilaba sobre sus cabezas.—Cierra la puerta —gruñó Luca, dejándose caer en la única silla de la habitación. Su rostro estaba pálido, casi gris, y el sudor le pegaba el
El olor a cera de abejas y polvo antiguo en la biblioteca de la mansión Moretti siempre había sido reconfortante para Bella. Pero esta noche, el aire pesaba como el plomo. Mientras los gritos de la fiesta de compromiso de su prima resonaban débilmente desde el salón principal, Bella deslizaba los dedos por el falso fondo del escritorio de Dante, su propio padre.Sus dedos tropezaron con una carpeta de cuero desgastado. Al abrirla, el mundo pareció detenerse.No eran solo registros de apuestas o rutas de contrabando. Eran fotos. Pruebas forenses de hace diez años. El "accidente" que había matado a los padres de Luca no fue un error mecánico ni un golpe de una banda rival. Había una orden firmada, un sello que Bella reconocería en cualquier lugar: el anillo de sigilo de los Moretti.—No puede ser —susurró, sintiendo que la bilis subía por su garganta.Luca no era el monstruo que buscaba venganza por capricho; Luca era la víctima de una purga orquestada por el hombre que ella llamaba "pa
El salón de baile del Hotel Imperiale parecía un palacio sumergido en oro y sangre contenida. Candelabros de cristal tallado arrojaban miles de reflejos sobre máscaras venecianas, plumas negras, encajes carmesí y esmóquines impecables. La orquesta tocaba un vals lento, casi fúnebre, mientras copas de champán circulaban como promesas que nadie pretendía cumplir.Bella Rossi permanecía de pie junto a Dante Moretti, su mano izquierda atrapada en la de él como si fuera una esposa de plomo. Llevaba un vestido negro de terciopelo que se adhería a su cuerpo como una segunda piel, escote profundo en la espalda, falda con una abertura que subía peligrosamente cada vez que daba un paso. La máscara plateada cubría la mitad de su rostro, pero no podía ocultar el hematoma apenas disimulado bajo el maquillaje en su pómulo izquierdo. Dante lo había puesto ahí dos noches atrás, cuando ella se atrevió a preguntar cuánto tiempo más duraría “esta farsa”.—Sonríe, principessa —murmuró él contra su oído,
La mansión Valverde olía a jazmín marchito y a mentiras viejas.Bella entró por la puerta principal a las siete cincuenta y ocho de la noche siguiente, con el rifle envuelto en una manta debajo del brazo como si fuera un regalo de cumpleaños retrasado. Los guardias de su padre la miraron de reojo, pero nadie se atrevió a registrarla. Sabían que Anselmo la había convocado. Sabían que negarle la entrada sería peor que dejarla pasar armada.El salón principal estaba iluminado con candelabros de cristal que parecían gotas de sangre congeladas. Mesa larga de caoba, vajilla de porcelana china, copas de cristal tallado. Y en el centro, su padre sentado a la cabecera como un rey que ya había ganado la guerra antes de que empezara.A su derecha, Javier Salazar. Treinta y cinco años, traje gris perla, sonrisa de político que ha practicado frente al espejo. El hijo del viejo Salazar, el que controlaba los puertos del Pacífico y las rutas de cocaína que llegaban desde Colombia. El hombre que Anse
Bella tardó cuatro días en encontrar la primera pista.No fue casualidad. Fue un descuido deliberado de alguien que quería que ella lo viera.Estaba revisando el teléfono desechable que usaba para comunicarse con su contacto en el taller mecánico de la colonia Doctores —un lugar donde su padre guardaba autos que nunca salían a la calle— cuando encontró el mensaje. Un solo texto, sin remitente identificado:“El italiano sabe dónde duermes. Cuidado con las sombras en la azotea.”Bella borró el mensaje de inmediato, pero las palabras se le quedaron clavadas como astillas. Subió a la azotea esa misma noche, con una linterna pequeña y el cuchillo que siempre llevaba en la bota. Encontró la cámara. Pequeña, negra, adherida al borde de la chimenea con cinta industrial. Apuntaba directo a su ventana. La arrancó con furia, la aplastó contra el concreto y la pisoteó hasta que solo quedaron pedazos irreconocibles.No era paranoia.Era Luca.Al día siguiente, decidió ir al almacén de la avenida R
Tres días después de la bala que no mató a nadie importante.Bella se había escondido en un departamento prestado en la colonia Roma, uno de esos edificios viejos con balcones de hierro forjado y paredes que olían a humedad eterna. Nadie sabía que estaba ahí. Ni su padre, ni sus medio hermanos, ni los perros guardianes que Anselmo pagaba para que la vigilaran cuando fingía que le importaba. Había cambiado el vestido negro por jeans gastados, una sudadera gris con capucha y botas que no hacían ruido. El cabello recogido en una coleta baja, sin maquillaje. Quería desaparecer. Quería que el mundo la olvidara por unas horas.No funcionó.La primera noche soñó con sangre azul marino y ojos que no parpadeaban. Despertó con el nombre de Luca Moretti quemándole la lengua.La segunda noche escuchó pasos en el pasillo del edificio. Se quedó quieta, con la espalda pegada a la puerta, el cuchillo de cocina en la mano derecha. Nadie llamó. Nadie forzó la cerradura. Solo pasos. Lentos. Deliberados.
Último capítulo